¡Honorable Cantina de la Unión!


Por Alejandro Valenzuela

 

En diciembre del 2006, muchos de los que ahora gobiernan protagonizaron un vergonzoso zafarrancho en la Cámara de Diputados para protestar por un sonado fraude electoral. Entonces, los que gobernaban, les dijeron a los facinerosos que eran vándalos, violentos y mal educados… Pasan los años, los muchos años, y los que entonces gobernaban se embarcan en otro vergonzoso motín motivado por otro fraude, el de la elección de la presidencia de la CNDH, y los que gobiernan ahora, amotinados de antes, les dicen a los de ahora que son cobardes, vándalos y mal educados… Es decir, lo mismo. El zafarrancho del 2006 me llevó a escribir en El Imparcial, el 3 de diciembre de 2006, el artículo que aquí comparto. Los de ahora, son los mismos que los de antes y los de antes son los mismos que los de ahora.

El Eslabón perdido entre el hombre primitivo y el hombre civilizado, son los diputados. El lamentable espectáculo que dieron este primero de diciembre, nos coloca a años luz de ser una Nación civilizada. Lo que vimos es lo más alejado de una actitud republicana.

Hay mucho que lamentar: El descubrimiento de que esos señores y señoras pueden sorprendernos cada día con alguna bajeza más; el reforzamiento de las ideas negativas que el mundo pudiera tener de los mexicanos y la certeza de que pertenecemos, sin lugar a dudas, al Tercer Mundo.

Con lo del tercer mundo no me refiero al hecho de que seamos un País pobre. En última instancia, en la pobreza caben, como lo prueban los actos de millones de mexicanos, la honorabilidad y la dignidad. Me refiero a los actos reprobables.

El Congreso mexicano no es un ámbito en el que se ejerza la política (que quiere decir, pero los diputados lo ignoran, el arte de negociar para conciliar intereses encontrados), sino una cantina donde, además de golpes y mentadas de madre, hay cantos, payasadas, falta de educación, indecencia y todo aquello que deja salir el espíritu ínfimo de la vulgaridad.

Por desgracia no existe en nuestra Constitución ninguna base legal para la disolución del Congreso, pero debería de haberla. Que nuestros representantes nos hagan quedar ante el mundo como gente incapaz de arreglar sus diferencias por medios civilizados es, a todas luces, una traición a la patria y un desacato a la voluntad popular que (con tanta ceguera) los eligió para que legislaran, no para que actuaran como pandilleros. Aquí no importa quién empezó, sino cómo se comportaron.

Debería haber un mecanismo constitucional para disolver a un órgano del Estado que, teniendo la obligación de ser honorable, retuerce con su actitud los fines por los que existe.

No estoy proponiendo un golpe de Estado, pero dentro de los marcos de la democracia que estamos construyendo, deberíamos tener un mecanismo para defendernos de los llamados (con tal mal tino) representantes populares. Uno puede defenderse (teóricamente) de cualquier miembro del poder Ejecutivo e, incluso, de las decisiones del poder Judicial, pero no hay nada que nos defienda de los diputados. El fuero, para ellos, es sinónimo de impunidad.

La desgracia es que estamos ante un círculo vicioso. Una reforma así, sería como si los borrachos acordaran portarse con honorabilidad, con respeto y tolerancia o, de lo contrario, ser expulsados de la cantina.