La transición a la barbarie


Por Alejandro Valenzuela

Mientras el país se desgarra por la violencia, la clase política mexicana está (como siempre) alegremente montada en un vulgar sainete en el que todos fingen que les preocupa la nación con el único propósito de cubrir sus verdaderos intereses: el poder y sus privilegios. Lo que antes les parecía mal, ahora les parece bien o magnífico; lo que antes estaba bien, ahora es deleznable. El Presidente se dedica a perder el tiempo denostando a los opositores ante la complacencia de sus incondicionales; la oposición partidaria y sus huestes, cegados por la pérdida de algunos privilegios (no todos, porque lo principal sigue intacto), se dedican a atacar al Presidente.

El vulgar sainete sería un teatro de vodevil (ligero, divertido y relajiento), si no fuera trágico. Por desgracia, al final tendremos el mismo país de siempre: ricos riquísimos y pobres pobrísimos; millones de niños desnutridos condenados a la marginalidad y élites hartas de todo, menos de dinero y de poder. Mientras tanto, la sangre seguirá corriendo a raudales.

La barbarie se está normalizando entre los mexicanos. Tomo un párrafo de Jesús Silva Herzog Márquez (Reforma, 11 de noviembre) que le sirve de introducción al desgarrador poema que David Huerta escribió para Ayotzinapa, pero que ilustra el virtual holocausto en el que está el país.

Dice Silva Herzog Márquez: “El siglo XXI ha sido para México una transición a la barbarie. El estrangulamiento de los espacios de convivencia, una renuncia a la comprensión del otro. Y la violencia en el centro. No cualquier violencia. Una violencia horrenda, brutal, casi inconcebible. La crueldad se ha convertido en un espectáculo, en un rito, en un mensaje. Aquí se escribe con cadáveres. Esa es la siniestra caligrafía de nuestro tiempo. Los avisos aparecen en huesos dispersos y en cenizas; en cuerpos colgados, en muertos sin cabeza, en las sombras de los desaparecidos, en las fosas escondidas. La violencia es más que un instrumento. No se trata simplemente de eliminar al otro, se trata de convertir un cuerpo triturado en símbolo de un reino. Más que un rudo medio para lograr un fin, la violencia mexicana de este tiempo impone su locura como lógica. Lo atroz no se subordina a lo rentabilidad. Por eso no se avanza mucho si se piensa en la mecánica empresarial de los violentos que utilizan las armas para desarrollar un negocio. La violencia ha dejado de ser un medio para convertirse en la afirmación misma”.

 

Ayotzinapa

David Huerta

2 de noviembre de 2014. Oaxaca.

Mordemos la sombra

Y en la sombra

Aparecen los muertos

Como luces y frutos

Como vasos de sangre

Como piedras de abismo

Como ramas y frondas

De dulces vísceras

Los muertos tienen manos

Empapadas de angustia

Y gestos inclinados

En el sudario del viento

Los muertos llevan consigo

Un dolor insaciable

Esto es el país de las fosas

Señoras y señores

Este es el país de los aullidos

Este es el país de los niños en llamas

Este es el país de las mujeres martirizadas

Este es el país que ayer apenas existía

Y ahora no se sabe dónde quedó

Estamos perdidos entre bocanadas

De azufre maldito

Y fogatas arrasadoras

Estamos con los ojos abiertos

Y los ojos los tenemos llenos

De cristales punzantes

Estamos tratando de dar

Nuestras manos de vivos

A los muertos y a los desaparecidos

Pero se alejan y nos abandonan

Con un gesto de infinita lejanía

El pan se quema

Los rostros se queman arrancados

De la vida y no hay manos

Ni hay rostros

Ni hay país

Solamente hay una vibración

Tupida de lágrimas

Un largo grito

Donde nos hemos confundido

Los vivos y los muertos

Quien esto lea debe saber

Que fue lanzado al mar de humo

De las ciudades

Como una señal del espíritu roto

Quien esto lea debe saber también

Que a pesar de todo

Los muertos no se han ido

Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos

Está en el amanecer y en la cuchara

En el pie y en los maizales

En los dibujos y en el río

Demos a esta magia

La plata templada

De la brisa

Entreguemos a los muertos

A nuestros muertos jóvenes

El pan del cielo

La espiga de las aguas

El esplendor de toda tristeza

La blancura de nuestra condena

El olvido del mundo

Y la memoria quebrantada

De todos los vivos

Ahora mejor callarse

Hermanos

Y abrir las manos y la mente

Para poder recoger del suelo maldito

Los corazones despedazados

De todos los que son

Y de todos

Los que han sido.