La (siempre conflictiva) libertad de expresión


Por Alejandro Valenzuela

La Secretaría de la Función Pública, a cargo de Eréndira Sandoval (la que dijo que el pueblo era más sabio que todos los doctores del mundo y que pagó una conferencia a su suegra en la secretaría), le envió una carta a Carlos Loret de Mola para que “en un plazo de siete días hábiles, presente copia certificada de toda la información con la que cuenta sobre el asunto de corrupción en Pemex y su relación con la campaña electoral del expresidente Enrique Peña Nieto”.

El Universal, periódico donde se publicó la nota de Loret, dijo que “resulta que ahora, además de hacer el trabajo que las autoridades no realizan, los periodistas también tienen que entregar los resultados de sus investigaciones a las autoridades y, más aún, contratar los servicios de un notario público para certificarlas”.

El periódico no dice en la nota que interpondrá una denuncia por esa violación a la libertad de expresión, pero debería hacerlo porque quizá el entuerto no prospere, pero muy bien puede ser un intento de controlar el trabajo de la prensa que, con todo derecho, critica al actual gobierno.

Es probable, también, que la sentencia de un juez (en claro conflicto de interés: es hermano del beneficiado con una notaría por el gobierno de Moreira en Coahuila) al investigador Sergio Aguayo (que escribió sobre “el tufo corrupto de los Moreira”), se enmarque también en ese intento de amordazar a la prensa.

Muchos fanáticos del actual gobierno se desclochan (se les rompe el clutch del razonamiento) en insultos contra los periodistas que critican a gobierno actual. Hay quienes en la prensa que criticaban a los gobiernos pasados, pero no critican a este (y está bien, están en su derecho); otros no criticaban a los gobiernos anteriores, y son muy críticos del actual (y también tienen derecho); están los que cobran por criticar o por alabar a quién les ordenan (costal este en el que los mexicanos metemos a todos los periodistas que escriben cosas distintas a lo que pensamos, aunque no tengamos ni una sola prueba de ello), y están los que siempre han criticado a los de antes y a los de ahora, atenidos al principio de que no hay un solo gobierno en el mundo que tenga puros aciertos o puros errores, y convencidos de que la obligación de los periodistas es criticar, no aplaudir a los poderosos.

La mera verdad, ¿qué sería de este mundo sin prensa crítica?