Sobre el convenio


Jesús Silva-Herzog Márquez. Reforma del 10 de junio de 2019

Habríamos despertado en condición crítica. De haberse impuesto la amenaza del presidente Trump, el país estaría cayendo por la cascada del pánico. A las malas decisiones internas y a los preocupantes reportes que han llegado de todos lados, se habrían agregado esta mañana las hostilidades comerciales. Se habría activado un descrédito feroz e ingobernable. El escenario de lo inmediato habría cambiado de color. Los cautelosos no tendrían más remedio que volverse pesimistas, los pesimistas se volverían catastróficos. Por supuesto, los dogmáticos de ambos extremos seguirían fijos, cómodamente, en sus expectativas. Por eso puede decirse que se evitó el mal mayor. En condiciones en extremo complejas, se logró un acuerdo.

Vale reconocer el asomo en este capítulo de un Presidente pragmático y disciplinado. López Obrador lo fue, sin duda, en esta negociación. No se salió del libreto que se impuso, dio espacio amplísimo a los negociadores, no antagonizó con bravatas. Frente a Estados Unidos ha sido un Presidente moderado, dispuesto a escuchar y empeñado en conjurar cualquier conflicto. Sabe lo que importa la relación y la maneja con delicadeza extrema. Se deja entrever, así, un Presidente que, al reconocer los límites de su propia voluntad, podría cultivar un nuevo sentido de responsabilidad. Independientemente de los méritos del acuerdo obtenido, me parece importante registrar ese brote de cautela y orden porque puede ser una enseñanza para encarar las crisis que se avecinan.

El acuerdo firmado en Washington es caro para México. Es la proclamación oficial del patio trasero. México será la sala de espera de quienes buscan asilo en Estados Unidos. Quienes lo intenten serán retornados a México “sin demora”. Y aquí deberán esperar. Frente a este compromiso, lo que México gana es blablá. Logramos insertar una alusión a la “fraternidad universal” en el texto del convenio. Estados Unidos dice que cooperará para que México y Centroamérica sean zonas de prosperidad, pero, desde luego, no se obliga ni a un centavo. Algunos dirán que no solamente es un acuerdo caro sino indigno, un convenio que convierte al País en el muro de Trump, que pone al Estado mexicano al servicio de la política migratoria de Estados Unidos. Así lo promoverá seguramente el candidato Trump, festinando su victoria sobre los mexicanos. Otros dirán que el realismo y la responsabilidad obligaban a pagar cualquier precio. Dirán que, ante la amenaza de una guerra comercial, no hay lugar para pudores nacionalistas o decoros humanitarios.

El mayor problema del acuerdo es que es incumplible. Si hoy sirve al gobierno mexicano para celebrar la operación diplomática que evitó el apocalipsis, mañana será convertido por Trump en látigo para la intimidación mañanera. El convenio es, en realidad, un dulce para la retórica trumpiana. Un documento tan impreciso que permitirá en cualquier momento reanimar la amenaza. Sin definiciones, sin compromisos concretos, sin instrumentos de medición no puede ser considerada como una herramienta confiable de cooperación. El documento que firmó el canciller Ebrard es, sin duda, un respiro. También es un instrumento que prolonga la extorsión y que, tal vez, haga más caro el siguiente episodio. ¿Qué significa incrementar “significativamente” un esfuerzo de aplicación de nuestra ley migratoria? A eso se ató México. Para decirlo técnicamente, nos comprometimos formalmente a echarle ganas. La interpretación del convenio cuelga de los humores del presidente Trump, ese hombre al que López Obrador ha llamado “visionario”. Y aunque el pueblo norteamericano, como decía el Presidente en algún sermón reciente, sea noble por haber sido fundado sobre valores cristianos, dudo que alguien pueda creer en la buena fe del demagogo de la Casa Blanca. Cuando le dé la gana, el candidato Trump gritará traición. Cuando sirva a sus intereses, cuando le permita distraer la atención de la opinión pública, acusará a México de burlarse de ellos. La amenaza sigue aquí. No ha pasado una semana y el Secretario del Tesoro ya lanzó la advertencia: si México no se porta bien, impondremos aranceles. La pregunta no es si se denunciará el incumplimiento de México, sino cuándo hará Trump esa denuncia. Y qué estaremos dispuestos a darle.