La Economía de la otra independencia


Alejandro Valenzuela

En una opinión reciente (https://bit.ly/2ZaxsqE), dije que si los estados Unidos nos imponen un arancel, “México debe imponer uno peor a los Estados Unidos, sobre todo a los productos que son columna vertebral de regiones con voto mayoritario por el energúmeno (es decir, Trump). En última instancia, la disyuntiva es esta: seguimos aguantando los golpes al ego nacional o prescindimos de la relación comercial con ese país. La decisión no es nada fácil, pero ni los Estados Unidos son el único país en el mundo ni nos vamos a morir sin sus productos”.

Analicemos las dimensiones de ese camino. Es cierto que nadie ni nada es imprescindible en esta vida. Donald Trump acaba de decir que ellos no necesitan a México; que México los necesita a ellos. Pongamos esa opinión en perspectiva.

Las exportaciones mexicanas a los Estados Unidos son por un monto de 307 mil millones de dólares al año (2018). Para nosotros, ese monto representa el 73% de todas nuestras ventas al mundo. Para los Estados Unidos, en cambio, es tan sólo el 15% de lo que le compran al mundo.

En contrapartida, nuestras importaciones de USA son del orden de los 181 mil millones de dólares. Eso significa el 51% de todo lo que compramos en el exterior, pero solamente el 14% de lo que USA vende (y eso que somos su principal comprador).

Esos solos datos del Observatory of Economic Complexity (https://atlas.media.mit.edu/en/) muestran la asimetría de la relación comercial y la dependencia económica de México a pesar de que tenemos con USA un superávit del orden de los 126 mil millones de dólares: les vendemos más de lo que les compramos, aunque eso representa solamente el 13.8% del déficit que ellos tienen con el resto del mundo. Y aunque parezca increíble, el superávit que tenemos con USA es el 200% del que tenemos con el resto del mundo (con ellos tenemos superávit, pero con otros tenemos déficit).

Si consideramos el ingreso per cápita (el ingreso promedio) de los Estados Unidos (59,530 dólares al año), se podría decir que unos tres millones de personas viven de venderle a México. No es poco, porque esos productores tienen familias y contratan a muchos trabajadores.

Si hacemos lo mismo en México, donde el ingreso promedio (ajustado por la paridad del poder de compra) es de 18,300 dólares al año, entonces más de 16 millones de personas vivirían de venderle a aquel país. Este tópico está alineado con la asimetría que nos desfavorece en esa relación.

En un apretado resumen, ellos significan más del 50% de nuestra economía, pero nosotros representamos solamente al rededor del 14% de sus actividades económicas.

Un arancel (que es un impuesto a las importaciones) es un instrumento de política económica que se usa para tratar de encarecer las compras al extranjero para que los consumidores locales incremente su consumo de bienes nacionales. (A veces se usa también con fines recaudatorios). Eso significa que si los USA ponen un impuesto a las importaciones mexicanas, quienes pagarán el incremento de precios son los consumidores de aquel país. Otra consecuencia del arancel es que los consumidores de allá van a reducir su consumo de productos de acá. Como México debe responder de una manera similar, el resultado general de esa guerra comercial será precios más altos aquí y allá y demanda insuficiente para los productos de ambos lados. Las consecuencias son evidentes: todos pierden.

Desde luego que los bienes que se venden en los USA son, unos de demanda elástica y, otros, inelástica, la Secretaría de Economía deberá tener un catálogo de esos bienes por regiones y elasticidades. La elasticidad de la demanda significa qué tanto reacciona la demanda en términos relativos ante un cambio proporcional del precio del bien (ambos se mueven en sentido contrario). Así que se deben poner aranceles, primero, a los bienes inelásticos, es decir, aquellos que, aunque el precio cambie, se siguen consumiendo casi en la misma magnitud. Eso solamente hace que las acciones de México sean más contundentes, pero a la larga no disminuye el costo que tendríamos que pagar por nuestra nueva independencia.

¿Qué tan dispuestos estamos a romper con la dependencia respecto a los Estados Unidos? El costo será muy alto, pero la dignidad herida puede ser acicate para que volteemos hacia el mercado interno y hacia la diversificación de nuestro comercio internacional.