REUNIÓN DE LA PRIMERA GENERACIÓN DEL CETA 26 DE VÍCAM


El pasado 7 de septiembre, 41 años después de la ceremonia de graduación, se reunieron por primera vez los egresados de la primera generación del CETA 26 (hoy CBTA). Muchos de ellos no se habían visto en todo ese tiempo y al momento del encuentro tuvieron que re-presentarse de nuevo, reconocerse, ver por entre las canas a los muchachos que hace cuatro décadas fundaron lo que por mucho tiempo fue la máxima casa de estudios de Vícam. En aquellos años, mediados de los setentas, los egresados de la secundaria federal Lázaro Cárdenas, encontraban muy pocas opciones. Los que tenían familias con nivel de vida suficiente para enviarlos fuera, se iban a estudiar la preparatoria en alguna ciudad cercana, como Obregón o Hermosillo. Otros se metían al ejército aprovechando que entonces estaba estacionada en Vícam la Compañía Fina del Río Yaqui. Los más se metían a chiveros, tractoristas, peones de campo o, los más afortunados, al comercio.

        

En esas estaban cuando llegó Luis Echeverría, el Presidente de México. El tipo era hiperactivo, megalomaniaco y populista. Vino a Vícam a entregarla a los yaquis una central de maquinaria, y a los de la secundaria los llevaron de acarreados, para hacer bola. Un grupo de profesores los habían instruido para que gritaran a coro que querían una preparatoria, pero nadie lo hizo cuando vieron pasar frente a ellos al primer hombre de la nación (así se le llamaba entonces, con exquisita ridiculez). Entonces, para sorpresa de todos, la Paty Corvera se desprendió del grupo, se acercó al Presidente, lo agarró de la corbata y le dijo: “Echeverría, queremos una preparatoria”. El mandatario, que no desaprovechaba ninguna oportunidad, le dijo que así le gustaba que le dijera el pueblo, de tú. Volteó a ver a un solícito ayudante que no se le despegaba y le dijo que quería en Vícam una preparatoria. Y la quiero para septiembre, dijo. Era mayo o junio.

     

La preparatoria fue inaugurada el 2 de septiembre de 1974, pero no tenía mesabancos, ni pizarrones, ni nada. Los alumnos se sentaban en el suelo y escribían como podían lo que les enseñaban un puñado de heroicos profesores que eran todólogos.

         

La escuela tenía cien hectáreas que le dieron las autoridades yaquis, pero estaban enmontadas con un mezquital macizo y tupido. Los alumnos emprendieron la tarea de convertir aquel monte en tierras de cultivo. Antes llegaron también unas vacas traídas de Wisconsin. Llegaron en la madrugada de un día de diciembre y los traileros las bajaron y hubo que corretearlas entre el monte para encorralarlas.

         

Al finalizar el primero año, los estudiantes hicieron una huelga y corrieron a José Camilo Reyes Pérez, el primer director, que además de echar a andar la escuela, trajo a Vícam una guangochada de sinaloenses que le dieron vida y folklore al pueblo… Llegó el día de la graduación, el baile se realizó en la plaza amenizado por un grupo de rock local llamado La Marina y por la madrugada, el padrino, Ignacio (el Indio) Osuna, pagó dos horas más de banda. La fiesta, dicen, acabó a las 6 de la mañana, y desde entonces algunos nunca se volvieron a ver… Hasta este 7 de septiembre.