LA IZQUIERDA EN EL 2006 Y AHORA


Por ALEJANDRO VALENZUELA

RECONOCIMIENTOS

Estoy muy agradecido por la invitación que me han hecho para hablar con ustedes. Quiero aclarar que sostengo, respecto a los asuntos de la economía y la política, una posición liberal. Pero como en todo hay matices, lo que mejor resume mi posición, es la respuesta de Frank Knight a Miltón Friedman, ambos fundadores de la famosa escuela de Chicago, cuando este último (Friedman) dijo que la democracia liberal y el sistema de mercado eran lo mejor que tenemos. Knight, oportuno, le contestó: “No, Milton. La democracia liberal y el sistema de mercado son, por desgracia, lo mejor que tenemos.” El matiz es pertinente y lo suscribo.

He criticado al PRD con la convicción aquella con que las madres de antes nos daban de chicotazos: “Te pego porque te quiero y lo hago por tu bien.” De verdad me importa este partido porque no me imagino, ni quiero, un mundo regido por una derecha sin límites; lo mismo que no me imagino al mundo regido por una izquierda sin contrapesos. Haré, si ustedes me lo permiten, una crítica mesurada y de buena fe del PRD (que para eso me invitaron) y trataré de ser constructivo.

Hay que reconocer que la principal contribución a la democracia mexicana la hizo la gente de izquierda. Los que vienen del PRI, perdón por decirlo, pero son personas cuya máxima contribución ha consistido en arrepentirse de ser tan malos. En el proceso de construcción de la democracia mexicana, la izquierda puso los muertos.

Tenemos en México todavía una democracia que, además de cara, es muy imperfecta, pero lo que tenemos es el paraíso en comparación con el páramo político que existía en el priísmo profundo. No debería subestimar el PRD la posibilidad de convertirse en la izquierda moderna que México necesita. Yo sé que eso no es fácil porque para ello hay que admitir con convicción que la libertad individual, que la democracia representativa y que el sistema de mercado, constituyen la plataforma desde donde mejor se puede construir una sociedad justa, plural e incluyente. Nunca lo he planteado, pero ¿Porqué no tener la imaginación de construir un socialismo liberal?… Me dijo un día un perredista cercano a mi corazón que izquierda moderna significaba entreguismo al gran capital. Perdía de vista este querido luchador social, como seguramente lo pierden de vista muchos buenos militantes, que los logros de la liberad y de la democracia no son patrimonio de los poderosos.

EL TRASTORNO BIPOLAR

Padece el PRD una especie de trastorno bipolar porque en muchas circunstancias detesta aquello por lo que lucha. Un ejemplo paradigmático es la democracia y lo que conlleva en términos de institucionalidad y legalidad. La izquierda, siendo la fuerza social que más ha contribuido a la democracia, siempre ha desconfiando de ella. Cuando ha podido, ha regresado con júbilo a esa democracia de la mano alzada que llaman directa y que tanto ha costado a la humanidad por la vena autoritaria que la anima.

Allá en los tiempos inmediatamente posteriores a la clandestinidad, la participación de la izquierda en las elecciones se evaluaba no como un fin en sí mismo, sino como el medio para llegar a las masas, a las que querían agitar y conducir a la toma del poder. Ahora ya es de mal gusto hablar de revolución, y mucho más de revolución violenta, pero aún tiene corazón de masa y permanece en el alma izquierdista el rechazo instintivo de lo que de buen gusto llamarían “la democracia burguesa”.

Otra muestra fehaciente del trastorno bipolar es la actitud de la izquierda ante el corporativismo. Siempre creí que la lucha contra el “charrismo” sindical estaba animada por un auténtico deseo de libertad para los trabajadores. Pero ahora, en la era moderna, vemos que allí donde el PRD alcanza el poder no resiste la tentación de organizar corporativamente a los pobres y a los gremios, como sucede en el DF con los taxistas, los ambulantes, los invasores de tierra urbana y todos aquellos que promueven mejor sus intereses no por medio de las leyes, sino por medio de la presión callejera. Ya se sabe que el sistema de justicia en México anda en la calle de la amargura, pero el sentido común diría que no se trata de demoler lo poco que tenemos en ese sentido, sino de construirlo de tal manera que sea un medio apropiado para promover los legítimos intereses de los ciudadanos.

Quiero referirme a un síntoma más del trastorno bipolar del PRD. Se trata de lo que podríamos llamar la “aritmética partidaria”. Consiste ésta en que siempre que los resultados favorezcan al partido, la contabilidad es aceptable, pero si los resultados son adversos se debe con toda seguridad al fraude de los contrincantes y a la mala fe de los árbitros. La gente común ya sabe que, de perder el PRD, habrá conflicto postelectoral.

EL REINO DE NUNCA JAMÁS

La gente de mala leche suele llamar al PRD “el partido del no”. Pero lo peor es que el PRD ha dado sobrados motivos para que se tenga de él esa percepción. La efervescencia de las masas era como una droga para la izquierda. Un mitin multitudinario estimulaba la secreción de más adrenalina y de más serotoninas que cualquiera de las drogas naturales y sintéticas que ahora son el pan de cada día.

 

Hoy que la lucha debe darse dentro de los causes de la institucionalidad, nunca falta ocasión en que los representantes del PRD en todos los órganos, principalmente en el Congreso, tiren al monte. Las tomas de tribuna, los bloqueos, los enfrentamientos callejeros y la defensa de gente que, por lo menos, no descarta la violencia de sus métodos para promover sus intereses, deja al PRD muy mal parado frente a la sociedad.

No debería atenerse el partido a que el pueblo mexicano siempre ha sido revolucionario. No se nos olvide que también siempre ha sido católico y guadalupano y ya vemos el poco apoyo que los hombres de las sotanas han recibido cuando han querido meterse en asuntos del gobierno o con la vida privada de las personas.

Aquella tarde de junio de 1988, que ahora nos parece tan remota, cuando Heberto Castillo abdicó a favor del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, nos parecía a muchos, o al menos me parecía a mí, que ese acto de generosidad perfilaba una izquierda moderna, sensata, con un proyecto de país.

Era una izquierda prometedora, no en el sentido en que lo es ahora, cuyos candidatos prometen y prometen, sino una izquierda que prometía luchar por un país al mismo tiempo libre y justo… Pero llegó al poder.

El poder, que todo lo echa a perder, echó a perder también al PRD. Unos se echaron a perder tirándose al corporativismo, a la lucha clientelar, a la organización de cotos de poder e incluso a la corrupción. Otros, los románticos de alma pura, se tiraron al radicalismo.

El criterio de clasificación de los políticos es si un determinado acto conviene o no conviene. Sin embargo, no parece claro porqué le conviene al PRD dejar la impresión de que dice siempre no a todo, de que es una izquierda contestataria.

Nótese que dije “dejar la impresión” porque en la realidad no dice siempre no. El partido suele hacer mucho ruido cuando su posición es en contra de algo y actúa con sigilo cuando llega a acuerdos con las otras fuerzas. Sólo por traer a colación dos casos, no olvidemos la ley Televisa ni el presupuesto de este año. En el primer caso, la ley de medios de comunicación (que tanto favorece al duopolio de la televisión privada) se aprobó por el acuerdo de todos los partidos. En cuanto al presupuesto de este año, el PRD había dicho que jamás reconocerían a Felipe Calderón como presidente. Efectivamente, no ha sacado ningún comunicado donde lo reconozca, pero la aprobación por unanimidad del presupuesto de egresos y la ley de ingresos son, véase como se vea, un reconocimiento no tan tácito del gobierno encabezado por el panista.

Estoy convencido de que el proyecto del PRD es lograr una sociedad más justa que trascienda la lacerante pobreza que es ahora el paisaje más conspicuo de la nación mexicana. Sin embargo, el partido se ha opuesto a proyectos que en mi opinión mucho hubieran contribuido al logro de ese objetivo.

LA ORGANIZACIÓN AFRICANA

El PRD se estructura en torno a lo que podríamos llamar una “organización africana”. Yo sé que en todos los partidos hay corrientes (y no me refiero a la calidad de la gente), y sé que la lucha entre ellas suele ser ruda. Nomás para que no nos digan, ahí tienen ustedes a Manuel Espino haciendo su jueguito en contra del Presidente Calderón. Ahí está Manlio Fabio Beltrones, que hace que no es, pero que en realidad sí es el jefe del PRI. Y ahí está Beatriz Paredes, que hace que sí es, pero en realidad no lo es.

Sin embargo, en el PRD a las fracciones les llaman tribus quizá con justa razón. En África muchas tribus comparten el continente y no lo pueden abandonar porque dejarían de ser tribus. Esas tribus se organizan en torno a un río, que es el equivalente a la riqueza, según una estructura muy estratificada. Los lugares junto al río lo ocupan los jefes y sus familias. Después le siguen sus cercanos colaboradores; luego, en los montes, están los aborígenes rasos y allá mero atrás, en los llanos, los ajenos pero neutrales (los que no pertenecen a ninguna tribu). Una tribu puede coexistir con otra, pero la posibilidad de cruentas guerras surge a cada paso. De vez en cuando se enfrentan sangrientamente, pero los que caen en campaña son los aborígenes rasos y los que sufren las consecuencias son los neutrales. Los jefes siempre salen ganando.

También en el PRD las tribus se organizan en torno a los recursos. El río sería para ellos el presupuesto, las actividades informales, como los ambulantes y los taxistas, o los puestos de elección popular. Coexisten entre ellos, pero con mucha frecuencia mandan a sus huestes a guerras tribales que se desarrollan en la calle. El ciudadano común y corriente, el equivalente a los neutrales de las tribus africanas, juega aquí un papel más raso todavía que las masas enviadas al combate.

Yo no sé qué tanto diverjan los proyectos de nación de cada una de esas tribus, pero creo que sería muy sano para el país que los militantes buscaran la manera de dirimir sus controversias en función de los intereses de la nación.

Yo sé que son políticos, pero me encantaría que fueran políticos de un cuño distinto, es decir, de aquellos para los que primero está la nación, luego el partido y por último ellos. ¿Estoy soñando? ¿Es mucho pedir? Pueden responderme que sí, que estoy fuera de la realidad, pero entonces no habrá valido de nada la sangre derramada.

DIME CON QUIEN ANDAS Y TE DIRÉ QUIEN ERES

Eso dice el sabio adagio popular. Viene a cuento este adagio porque hay una fama pública, muy mala, por cierto, según la cual el PRD es un partido que recoge todo lo que sale de otros partidos. No me refiero a los priístas que de pronto se arrepintieron de ser tan malos, esos que la marginación que sufrieron en el PRI los llevó a salirse de él y entender que el viejo régimen, de partido prácticamente único, era ya una forma muy ineficiente para el reparto de los puestos públicos. Me refiero a aquellos que llegaron al PRD cuando éste ya había pasado por el peor momento de la persecución, cuando ser candidato de él prometía con una probabilidad alta de salir victorioso y convertirse en gobernador, en senador o, al menos, en diputado local.

Hay en este asunto una especie de desmemoria muy perniciosa que ha orillado a los auténticos militantes a aceptar a gente que no hace mucho encabezaba la agresión contra el PRD. Y no me refiero a casos menores, que en última instancia hay un trasiego de votantes entre todos los partidos según los vientos que meneaban a la voluble ciudadanía. Me refiero a casos verdaderamente granados de amnesia.

  1. Los impresentables

Hay un grupo de personajes que hicieron carrera política en lo peor del priísmo y que por ignotas razones cayeron de la gracia de los repartidores de prebendas en el otrora partido invencible. Esos políticos hicieron carrera agrediendo a perredistas (y no me refiero a que les mentaron la madre, lo cual es una cosa menor, sino a que de verdad los agredieron física y violentamente). Pues ¡Sorpresa! Ahora esos personajes aparecen como muy revolucionarios y muy democráticos. La lista es larga, pero basta mencionar a unos cuantos. Un tal Guadarrama, de Hidalgo él, famoso por la virulencia de sus ataques a la gente de izquierda. Arturo Nuñez, de Tabasco, que no sé de verdad de dónde puede sacar ni la más mínima pizca de calidad moral para estar en un partido que busca la transformación de México. ¿Recuerdan ustedes los encendidos discursos de Ricardo Monreal denostando a los miembros del Sol Azteca? No se fue al PRD porque se hubiera arrepentido de sus habladas. Se fue porque en el PRI no le dieron la candidatura al gobierno de Zacatecas. ¿Y un tal Galina o Gallina? Este sujeto ha medrado por décadas de los trabajadores del Seguro Social y de pronto, cuando la pandilla de Roberto Madrazo le negó una candidatura, se volvió tan demócrata-revolucionario que durante la pasada campaña se le podía ver en las principales filas del perredismo. Eso es un asunto de las más altas cúpulas del PRD porque nunca he oído a un militante de base del partido, de los muchos que conozco, hablar bien de semejante gangster sindical. Afortunadamente a nadie se le ha ocurrido llamar a Francisco Hernández Juárez a formar filas con la revolución democrática, pero si sigue placeándose al lado de la izquierda, junto a los líderes nacionales, muy pronto lo vamos a ver en el senado despotricando contra el neoliberalismo a la mexicana, del que tanto se ha beneficiado.

2. Los insurrectos

A los militantes más jóvenes ya les habrán contado que aquella tarde del 6 de julio de 1988 de todos los rincones del país llegaban los resultados donde el Ingeniero Cárdenas estaba ganando por un margen considerable al candidato del PRI. A esas horas hubo reunión urgente en los pinos y aquella pandilla (a la que ahora ustedes les hacen el favor de llamarlos neoliberales) tomó una decisión arriesgada. De pronto las computadoras se apagaron y salió el que estaba llamado a orquestar uno de los fraudes más escandalosos en un país donde los fraudes escandalosos eran cosa de todos los días. “Se cayó el sistema” dijo impávido Manuel Bartlet, el Secretario de Gobernación, ese dinosaurio de la era de las máquinas, y lo dijo sin gota de rubor. No sé si haya versión escrita de aquel suceso, pero lo dijo queriendo hacer creer que el sistema se había caído cuando en realidad lo habían callado. Allí en la intimidad de su guarida contaron los votos a mano y cuando apareció de nuevo traía la increíble y cándida noticia de que los resultados se habían revertido y que ahora, ya sin las molestias del sistema de cómputo, los votos favorecían a Carlos Salinas de Gortari.

Esta es una anécdota más del talante de la pandilla que dominó a México por décadas. Eso ya no nos causaba sorpresa. Lo que sí me sorprendió, por lo menos a mi, fue ver a Manuel Bartlet, quince años después, al lado de los prohombres de la izquierda, como un adalid de la democracia, de los trabajadores, de la nación y del antiimperialismo.

3. Los innombrables

Pregunten a los militantes fundadores del PRD cuántos muertos tiene el partido sólo en el sexenio salinista. Ellos lo saben muy: son centenas. Yo no creo que Salinas los haya mandado a matar, ni siquiera a Obando y a Gil, pero el número habla de una permisividad para que señores de horca y cuchillo actuaran con toda impunidad. Nuestro país es un lugar propicio para la tragedia y así como existen “las muertas de Juárez”, podríamos haber hablado en aquella época de “los muertos del PRD”. La impunidad no provenía solo desde la Presidencia de la República, sino de todos los círculos del poder. Y en los círculos del poder salinista estaban muchos que ahora veo en el cuartel general del perredismo: Manuel Camacho, Ricardo Monreal, Leonel Cota, Marcelo Ebrard y muchos otros ahora prominentes revolucionarios. Yo me pregunto: ¿Qué hace esa gente en un partido que aspira a ser un partido decente?

Aprovecharé el foro que con tanta amabilidad me han brindado para advertirles que el PRD corre el riesgo de convertirse en una agencia de lavado de políticos.

CONCLUSIÓN Y PROPUESTA

Retomo aquí, a manera de conclusión, el llamado que hice antes acerca de que el PRD debería evaluar seriamente la posibilidad de convertirse en una izquierda moderna, respetuosa de las libertades individuales y de la democracia representativa, que luche por reducir de manera estructural la pobreza atroz que es el rasgo social distintivo del país. Debería ensayar, (¿porqué no?) una especie de socialismo liberal.

Para ello, el PRD debe actuar de una manera más racional que instintiva. En muchas ocasiones, el partido se opone a proyectos que evalúa como intentos de la burguesía por acrecentar su poder. Muchas otras veces, el partido apoya proyectos que solo en apariencia son revolucionarios.

  1. Las apariencias engañan

Las reformas estructurales (fiscal, laboral y energética) solo en apariencia perjudican a las mayorías. En realidad, esas reformas son la única manera de darle viabilidad al país en un concierto del que no se puede salir, el de la globalización.

Pondré solo un ejemplo de cómo las apariencias engañan: dicen los enterados que por cada peso que se ahorra una familia del decil de ingresos más bajo por no pagar IVA en alimentos y medicinas, una familia del decil más alto se ahorra 21 pesos. Dicho de otra manera, las excepciones financian a los que más tienen. La medida de política económica que el PRD podría sostener es cobrar el IVA parejo a todos los bienes y decretar un aumento del 10% a los ingresos salariales de dos salarios mínimos o menos.

2. No todo lo que brilla es oro

Muchas causas son defendidas por el PRD por la apariencia de causas revolucionarias cuando en realidad no lo son. Aquí pondré también un solo ejemplo. La consigna de la izquierda es defender la educación gratuita. Desde luego que todo intento por modificar el caduco sistema de las universidades públicas es echado abajo como la peor conjura del gran capital. Pero la realidad es muy diferente. Los estudiantes de la UNAM, por citar el caso más patético, pagan 20 centavos de colegiatura al año. Un cigarro cuesta cinco veces más que la colegiatura de esa universidad. Pero si uno analiza quienes van a esa universidad encuentra que no son precisamente las clases populares. Información de la dirección de escolares de esa universidad indican que sólo el 4% de los alumnos de la UNAM proviene de familias con ingresos iguales o inferiores a dos salarios mínimos. Y la proporción se congestiona no en los más altos, pero sí en los muy altos ingresos (todo en parámetros mexicanos). La política de la izquierda en este tópico ha sido la defensa de viejos privilegios que en nada ayudan a las clases trabajadoras.

3. La propuesta

Propongo que el PRD luche por elevar a rango de política de Estado al menos las siguientes áreas. No propongo que se conviertan en áreas de participación exclusivamente estatal. Que haya, si es posible, participación privada, pero que el Estado tenga la obligación de proporcionar esos bienes y servicios:

  • La creación, mantenimiento y mejora de la infraestructura pública nacional. Tres son las áreas en las que la sociedad (de manera pública y privada) y Estado deben trabajar:
  1. Un sistema de autopistas y ferrocarriles cuya iniciativa de creación no puede venir del sector privado porque se trata de esos proyectos con plazos de maduración muy largos.
  2. El rostro de las ciudades y los pueblos está cacarizo por el mal estado de sus lugares públicos. Se trata de que en la medida en que el país avance hacia el desarrollo, se le vaya notando. Se requiere de dotar a los pueblos y ciudades de servicios básicos como pavimentación, drenaje y agua potable con obras duraderas que no tengan que estarse rehaciendo cada temporada de lluvias.
  3. Los parques industriales necesarios para atraer inversiones y para fortalecer el mercado interno (que deberá ser, el mercado interno) el principal pivote del desarrollo).
  • La protección del medio ambiente. Reforestar, descontaminar y limpiar al país, las ciudades, los bosques y las aguas (mares, ríos, lagos y lagunas). Debe haber una fuerte penalización con cero tolerancia para los que actúen en sentido contrario.
  • La alimentación, salud y educación a la niñez, desde la concepción hasta los 18 años. Esos servicios deberán ser de muy alta calidad. Un país no puede construir su futuro sobre la base de una niñez cuyo máximo proyecto consiste en saber si va a comer mañana. La niñez es la parte más débil de la sociedad y necesita de protección. Por tanto, es inconcebible que su desarrollo se deje a la lógica atroz del mercado. Además, esta política sentaría las bases para revertir para siempre el círculo vicioso de la pobreza.
  • El desarrollo científico y tecnológico del país. La educación superior debe ofrecerse de manera gratuita (con un sistema nacional de becas) sólo a quienes lo merezcan, quienes por sus altos rendimientos e inquietudes intelectuales sean una promesa para el avance científico y cultural del país. Esos estudiantes excepcionales podrán optar, con cargo al Estado, por cualquier universidad pública o privada, nacional o extranjera.
  • Solo un partido que mire por encima del presente podría encabezar una campaña nacional para transformar la parte de la cultura del pueblo mexicano que es refractaria al desarrollo. Podría empezarse con un compromiso de todos los que simpatizan con el PRD con la lucha contra la corrupción, la simulación, los hábitos destructivos y autodenigrantes de la población. Podríamos decir, dejando de lado la reminiscencia a aquella frase que tanto emocionó a muchos izquierdistas, que México necesita una verdadera revolución cultural.
  • Una reforma del estado que tenga como centro la simplificación de todas las áreas de gobierno a todos los niveles. Tres aspectos son cruciales aquí:
  1. La simplificación hará que las empresas nuevas enfrentes menos restricciones para establecerse, lo que redundará en la creación de empleos. Esto también es una política contra la pobreza porque más empleos y mejor pagados revierte el círculo vicioso de la pobreza.
  2. Reducción sustancial de la burocracia. No desempleando a los que ahora trabajan en el gobierno, sino cancelando las plazas que se vayan desocupando. Lo que sí se puede hacer desde ya es la reducción de los altos funcionarios, cuya manutención es una carga onerosa para la nación.
  3. Eliminación del presupuesto a los partidos (y fiscalización escrupulosa de sus ingresos) y reducción de los recursos dedicados al sistema democrático por medio de la reducción de las cámaras locales y federales y de la cámara de senadores.
  • Que el estado cumpla cabalmente con sus obligaciones primigenias: la protección de los ciudadanos (la seguridad pública) y la impartición de justicia.

Esta es lo que yo llamaría una política de izquierda moderna.