Neftaly Osuna Reyna – Historia del perro Chi-guau


De la Sección La Carreta del Vícam Switch impreso - Marzo del 2013

     

Chi-Guau Como ustedes recordaran, mis ochenta mil lectores, hace un tiempo les conté la historia de un pobre perro que feamente fue masacrado por un temerario cobrador mientras que el can pretendía morderlo; claro que en esta aventura no iba solo; un perro cuchiliador lo lanzó a esta aventura donde fue despellejado con una vara de palo fierro mientras el cuchiliador huyo como buen cobarde. Como muchas personas nos dimos cuenta de la felpa, y atendiendo mi espíritu investigador –dijo el mitotero–, me di cuenta que el perro después de la felpa quedó muy mal de sus emociones porque la zurra que le dieron le rompió todos sus esquemas perrunos. Lo seguí por días y pude descubrir dos cosas: que el chucho en mención es propiedad del Malas Rachas y que después del varejoneo, al ladrar se orina, razón por la que se llama Chi-guau (para los despistados, chi es igual a orinarse y guau es la onomatopeya del ladrido). En sus cuatro extremidades el Chi-guau se para y mirando al suelo inicia un singular ladrido mientras se balancea de adelante hacia atrás: rete guau guau guau, rete guau guau guau, repitiéndolo en varias ocasiones, lo que lo hace orinar profusamente. Deja algo porque también se tira al suelo y levantando sus patas vuelve a ladrar: guau guau guau, rete guau, guau guau guau, rete guau, mientras se orina todo el cuerpecito y la bola de perros desdichados se burla miserablemente del pobre Chiguau. Tal actitud y desvió emocional no pasó desapercibido para su amo, el Malas Rachas, que se dispuso a corregir tan absurda conducta. Mucha gente que no conoce el pasado inmediato del Chi-guau creía firmemente que el can al orinar se ocultaba tras una sabana oscura que siempre portaba, con lo que recibía la admiración del populacho que emitía exclamaciones como: hay que perro tan recatado, que educado animal, se oculta para que no lo miremos hacer pipí. No señores, nada de eso; la realidad es que el Malas Rachas lo ponía tras la sabana para cintarearlo después de cada crisis orinatoria del Chi-guau y para que la gente no se diera cuenta. El caso, por su singularidad, fue turnado a la Comisión Internacional de Perros Cintareados, organismo que ya busca al abusivo cobrador. Pero no todo es negativo en el Chi-guau. Después del martirio que padeció, se convirtió en fiero lector de psicología animal para ayudar a otros canes que como él fueron machacados por un cobrador. Cada fin de semana se le puede ver vestido con blanca túnica enseñando por la plaza de la localidad, en las orillas y en el puente peatonal. Su filosofía consiste en no dejarse embaucar por perros cuchiliadores y analizar bien a los cobradores que tengan cara de bondad, porque esos son los peores, les dice el Chi-guau. “Soy perro, pero quisiera ser guajolote”. Esa frase le dio la vuelta al mundo porque es la frase con que el Chi-guau inicia sus discursos En toda esa confusión perruna descubrimos algo muy grave: que el Malas Rachas mirando al suelo ladra: rete guau guau guau, lo que hace pensar que seguramente fue ajusticiado por el mismo cobrador. Chutó ante, Má Cuando vino a Vícam, el Circo Rody sufrió burla y escarnio por parte de la gente carrilluda del pueblo –a ver si saben. La causa fue todo el desbarajuste que hizo ya que por principio de cuentas el trapecista se fracturó un brazo y algunas costillas cuando la mugrosa cuerda del trapecio se rompió. Después, una llama se les murió de frío, y para rematar a la jirafa se la robaron unos bandidos y sólo dejaron el cuero cerca del circo porque la carnearon ahí mismo para venderla para machacuca. La venganza del circo contra los viqueños se presentó cuando presentaron un elefante llamado El Cuate. Era un elefante feo, desgarbado, flaco de hambre y muy lagañoso. En cuanto se presentó, el conocedor público lo hizo giras por la carrilla. Un hombre que sentado en la zona dorada le gritaba “¿pa ‘qué sirve ese cochi flaco? Te voy a comprar 100 pesos de tacos de nada pa’ que engordes ilifante (no sabía decir elefante), eres cochi no paquidermo”. De por sí todos los elefantes tienen el genio muy disparejo, imagínese a este que era humillado públicamente. Cuando El Cuate intentó hacer una suerte que consistía en bailar El Mechón sobre una tarima, se resbaló y fue a caer sobre la jaula de un feroz y escuálido león que lo arañó por en medio de su jaula ante el beneplácito del respetable. El hombre de la sección dorada gritó de nuevo: “Te voy a llevar con el carnicero a ver cuándo me dan por ti, animal inútil; vitamínate primero para que bailes, cuero viejo; yo te enseño a bailar, cochi desnutrido; has de ser hijo de la vitola, cuerpo de pájaro”. El pobre animal lleno de vergüenza y coraje se lanzó contra el que lo injuriaba con tan mala suerte que la debilidad lo tiró de nuevo al suelo. “Jiu, jiu jiu –se reía el hombre– ¿pa’ qué sirves?, puerco inútil”, y demás linduras. Como el burlador vio peligro, se fue rumbo a su casa sin dejar de reír e injuriar al Cuate. Cayó la noche y con ella la venganza. El cuate no se olvidó de la ofensa recibida y se lanzó en busca del agresor. Caminó algunas cuadras hasta que se encontró con un perro mitotero que le dio santo y seña del domicilio de su burlador. Al llegar al lugar, metió la trompa por la ventana tomado el cuerpo del infeliz con su largo moco y lo estrelló contra el humilde catre y contra el techo repetidamente hasta que el pobre infeliz deyectó y miccionó en grandes cantidades. En un descuido del paquidermo se soltó y salió corriendo por la puerta vestido solamente con unas trusas lilas marca trueno. A los tres días lo encontraron en Pótam y cuando le preguntaban que si qué le había pasado, él sólo respondía: Chutó ante, má, chuto ante (traducción: me asustó el elefante, amá, me asustó el elefante).