Son chingaderas que hagan este desmadre


VISITA DEL PRESIDENTE A HERMOSILLO

Alejandro Valenzuela

Peña en Hillo 2

Son chingaderas que hagan este desmadre nomás porque vino ese pendejo. El señor tenía la cara contrahecha por la ira que le causaba el tremendo embotellamiento que causaba el cierre de tres carriles de la importante avenida García Morales, la que va al aeropuerto. ¿A quién se refiere? Preguntó el soldado. ¿Cómo que a quién? –contestó el hombre– a Enrique Peña Nieto. Si no respeta el operativo –reviró el soldado– no lo dejaré pasar. No –dijo el hombre al borde de la ira–, no me dejarás pasar por eso, sino porque estoy protestando.

Me fui más adelante y me encontré otra escena exactamente igual que la anterior, pero con matices inesperados. Esta vez otro furibundo ciudadano (y por lo que se vio, apurado, porque como quiera que sea hay gente que sí tiene que trabajar) increpaba a un policía federal y aun soldado. Otra cosa que vi es que de pendejo no bajaban al presidente. Es que nosotros –dijo el federal con una sonrisa– estamos totalmente de acuerdo con lo que usted dice (y cómo lo dice), esto no debería ser, ¿verdad? –dijo dirigiéndose al soldado. Afirmativo, dijo el de verde olivo, y esbozo una levísima sonrisa.

Peña en Hillo 1

Frente a la base aérea había una pequeña manifestación de profesores inconformes con lo que el gobierno llama reforma educativa. Adentro del perímetro de las instalaciones castrenses había una pequeña multitud de acarreados. De pronto se hizo un pequeño tumulto porque tres muchachas preparatorianas cayeron desmayadas, abatidas por los inclementes rayos de sol. Me acerqué a una profesora y empecé la plática para que soltara la sopa. No necesitó mucho. Es un abuso –dijo la mujer. Estos pendejos viven en su pinchi mundo. Ya ve, puras pendejadas, que la economía está sólida, que la caída del peso no nos afecta, es más hasta nos beneficia, que las finanzas están fuertes, que el empleo va para arriba, la pobreza para abajo. Y como sus gatos en Los Pinos no quieren ni imaginarse que este wey fuera a llegar y que no hubiera nadie para recibirlo, pues ya me imagino: oye Claudia, ahora que llegue el presidente, como no queriendo la cosa, asegúrate de que el pueblo entusiasta lo vaya a recibir. Pero como el pueblo está hasta la madre, pues aquí están sus pendejos de las escuelas públicas del estado. A nosotros nos ordenaron venir de acarreados con alumnos y quesque nos iban a dar de comer. Una pinchi torta mal hecha nos dieron, mientras en una pantallita que pusieron afuera se veían ellos tragando a gusto en el aire acondicionado. Eso sí, hoy por la noche los locutores de Televisa y TV Azteca se les va ir el hocico chueco hablando del entusiasmo con que recibimos al menso ese.

La verdad oiga es que todos los políticos son iguales –dijo un policía de tránsito que sudaba a chorros cuidando una cerca portátil para que no pasara la gente. Un hombre ya viejo se quejaba porque viene ese pendejo (cero y van tres) y se apropian de la ciudad. Ellos a toda madre y uno aquí rodeando hasta la quinta chingada para poder llegar a donde va uno. Pues sí, tiene razón –replicó el policía–, pero yo no tengo la culpa; yo nomás cumplo órdenes. Ya mirándome a mí, dijo, todos son iguales. Yo tengo 23 años como policía y por aquí han pasado todos los partidos. Todos quieren dinero (los mismo jefes lo obligan a uno a morder); los gobernadores y los presidentes hacen su desmadre por donde andan y nosotros tenemos que cuidar los operativos de acarreo. Usted qué mensaje le mandaría al presidente Peña Nieto –le pregunté hasta con ingenuidad. Pues nada más que vaya y chingue a su madre.