Mi hermano Teodoro


Mi hermano Teodoro

Por Cristina Montiel de Félix

 

En los años cuarenta llegaban a Vícam los periódicos de la capital de México, el Excelsior, Novedades, etc. En ellos venían tiras cómicas y ¿quién las leía primero? Pues Teodoro. Siempre, como niño chiquito, le gustaron y ya con la tele, siendo ya de padre, las veía junto con sus hijos.

 

En ese año de 1940 también llegaban otras revistas, y todas las comprábamos. Entre ellas llegaba Confidencias. ¿Y quién creen que la leía primero? Pues Teodoro. Sacaba el pan del horno a la vitrina y yo lo acomodaba. Mientras tanto, él enrollaba la revista y se la ponía en la bolsa trasera del pantalón.

 

A los dieciocho años fue conscripto junto con cuatro muchachos más de Vícam. Resulta que salieron sorteados y tuvieron que irse a Guadalajara. Durante un año, mi mama y yo le escribíamos y regresó de allá muy gallardo, con su traje y su gorra de cabo. Un día a Nacho, mi hermano más chico, se le ocurrió ponérsela y Teodoro le dijo: “Ve y gánatela”.

 

Por años mi mama guardó en su petaca todo el ajuar de soldadito. Sus compañeros de Vícam fueron José Sóstenes Rivero (que le decían el Pepón, por grandote, que fue mi condiscípulo en la escuela, junto con su hermano Sergio y, dicho sea de paso, falleció ahogado en el río, por el rumbo de Tórim, por andar tomando); otro muchacho al que le decían el Mongo (en realidad se llamaba Francisco) y Ramón Madueño (al que le decían el Chiva Güera porque era güero y que era hijo de doña Elodia, buena amiga de nosotros).

 

En los pueblos nadie se escapa. Lorenia, ¿tú los conociste a todos, no? Bueno, ya idos todos. Que en paz descansen y hasta la próxima. Mi cariño para todos mis sobrinos. Roberto Mendoza Montiel, felicidades por tu nueva y bonita nieta. Saludos a Carmen y a sus bonitas hijas.

 

Atentamente: la tía Quitina, de Vícam.