Los Rollos de Nerón (Diciembre de 2007)


 

Este fin de año, el Vícam Switch les desea una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo, y qué mejor que aquellos Rollos de Nerón que publicó nuestro fallecido amigo, Neftaly Osuna Reyna, en diciembre del 2007, a unos meses del nacimiento de este medio de comunicación que de alguna manera sigue presente en la vida de las comunidades yaquis. 

NEFY

Con esta séptima edición del Vícam Switch le decimos adiós al 2007 esperando que la Navidad y Año Nuevo la pasen de lo mejor con sus seres queridos. Esta época, llena de melancolía para unos y de entusiasmo para otros, se conjugan tristezas y alegrías en una amalgama de humanos sentimientos que giran en torno del nacimiento de Jesucristo. Hay gente que cree y gente que no cree en Él, pero Él es como el sol que sale para todos. Vino a la tierra para ocuparse de todos por igual, de materialistas y de idealistas, sin importar si se tiene uno o mil títulos académicos, si se tiene un peso o se tienen millones, si se vive en un palacio o en una humilde choza. Se le podrá implorar o no, pero Él está ahí por los siglos de los siglos.

La Biblia dice que Dios envió a su hijo para que fuéramos salvados. Pero de nosotros depende recibir su gracia. En ésta época de avances tecnológicos sin par, adelantos científicos nunca imaginados, se palpa en el mundo la falta de amor en el prójimo, ese amor que Jesús el Cristo mostró en la Cruz del Calvario, que ofreció su vida por ti y por mí  sin ser merecedores de ese sacrificio. Ese amor del que carecen gobernantes asesinos que masacran miles de vidas en el mundo so pretexto de limpias raciales y étnicas, como allá en Darfur (un lugar en África), donde doscientas mil personas fueron cruelmente asesinadas para saciar las ansias de venganza y sed de sangre que un criminal ordenó desde el gobierno, masacre que es el peor genocidio de los últimos 25 años. Niños y ancianos por igual, condenados al cadalso por falta del amor del que adolece al mundo.

Modernos Hitlers para los que la vida humana está a la altura del betún, se apoyan en las arcas nacionales, llenas de dólares, para bombardear países pobres sin defensa, donde la población civil paga los errores de puntería de los pilotos que navegan en imponentes  naves que después de destruir al hombre, la máxima obra del Creador, vuelven a sus portaviones con la satisfacción del deber cumplido, rodando sus aeronaves sobre pistas lavadas con la sangre derramada. Hemos llegado al grado de usar el libre albedrío para dañar, lastimar, burlar al prójimo, pero rara vez lo usamos para confortar, perdonar y amar a nuestros semejantes, según dicta el designio divino.

Ejemplos hay de sobra. Voltaire, en su obra Cándido, describe cómo después de una batalla nuestro optimista personaje se encuentra por el camino viejo con el cuerpo acribillado, mirando a su mujer degollada, a los hijos mamando los ensangrentados pechos y a una jovencita con el vientre abierto después de haber sido objeto de vejaciones. Una revista de circulación nacional muestra en su portada cómo después de un bombardeo quirúrgico sobre Afganistán, un desolado e impotente padre carga en sus brazos a su pequeña hija con los brazos y piernas destrozados. El hombre camina mirando al cielo con gesto de un profundo dolor, seguramente implorando compasión. Lo que Voltairé prescribió en 1739 no era una profecía sino un profundo conocimiento  sobre la oscura condición humana que, al igual que el cuerpo de Gregorio Samsa, el personaje de la Metamorfosis de Franz Kafka, se transforma para aniquilar al hombre.

En esta época, cuando confundimos el amor con el consumismo, debemos darnos un tiempo para reflexionar sobre el verdadero, único y genuino amor, que es el que proviene del Crucificado. Si sólo tratáramos de imitar su bondad y mansedumbre, sea cual fuere la idea que se tenga de Él, si fuéramos capaces de pedir perdón al que hemos injuriado, de restaurar los lazos de afecto que hubiéramos roto con el amigo, si besáramos la frente de nuestros padres e hijos, si enjuagáramos nuestra alma con llanto, si tendiéramos la mano al necesitado, al desvalido y al pobre, entonces y solo entonces la Navidad cobraría su real dimensión y mensaje, que es el amor de Dios para con sus hijos.

No es mi intención convertir esta columna en púlpito ni ser portavoz de religión alguna. Sólo pretendo no olvidarnos que el verdadero origen de la Navidad deriva de la llegada a esta tierra de Jesucristo, el hijo de Dios.

Desde esta columna le deseamos que todas sus metas se cumplan, que los sueños se conviertan en realidad. Que Dios bendiga a mis compañeros en este esfuerzo periodístico: Alejandro, Eusebio, Octavio, Panchito, Fabián, Armando y Miguel. También a Gerardo, Julián y Moisés Valenzuela. A los socios del Cópiz. Al Barry y al Cooper. A mis hermanos Hiram, Miguel Ángel, Jorge Aarón, Dan y a mis cuñadas y sobrinos. Mención aparte deseo hacer de mi hermano Noel que inicia una nueva etapa en su vida al lado de mi cuñada Diana Valdez. Deseo lo mejor para María de Jesús (Blanca), mi madre que Dios nos la conserve muchísimo y le dé salud. Ojalá sus oraciones le traigan gracia y perdón para mí por las lágrimas que le he hecho derramar. Pido por mis corazones, Altayra y Oliver, mis hijos, mi orgullo y mi razón de ser y por esa maravillosa mujer que Dios les dio como madre. Ruego al altísimo por mi gatito, Bryan, para que Dios lo lleve por buen camino  y que mis errores nunca lo alcancen. Le deseo lo mejor a Rodolfo, siempre en el recuerdo de sus amigos de siempre, Jesús y Fausto; a mi abuela Trini, que siempre espera  la venida de Cristo para volver a la vida; ruego también por mi padre, que predicaba la palabra de Dios  y a pesar de que la fiebre lo calcinaba murió con los ojos puestos en su Redentor.

Para los habitantes de Vícam pido que ese manto divino que es el amor de Dios los bendiga esta Navidad y Año Nuevo; que el creador nos permita vivir. Ojalá hiciéramos de nuestra vida una Navidad Eterna.