José Woldenberg. La discriminación en México


El episodio es más que conocido. El 8 de julio de 2011, en la Torre Altus en Paseo de Las Lomas, un hombre enfebrecido, fuera de sí, insulta y golpea a un empleado. Gracias a You Tube, miles de personas pudimos observar como Miguel Sacal, empresario textil, arremetía contra el señor Hugo Enrique Vega, empleado del conjunto residencial. Al parecer, el embate se desata porque Hugo Enrique Vega no puede resolver una solicitud de Miguel Sacal, por no poder abandonar su puesto de trabajo, tras lo cual, el empresario le grita pendejo, hijo de tú puta madre, no sabes con quien te metes, pinche gato, pinches indios. Y de la agresión verbal pasa a la física. Golpea a Hugo Enrique hasta que le tumba dos dientes y le sangra la boca.
El primer desenlace de esa agresión alevosa fue que el empleado perdió su trabajo y además requirió de dos férulas dentales por los golpes recibidos.
El segundo episodio es el de una denuncia de carácter penal contra Miguel Sacal que se encuentra en curso.
El episodio es tristemente inmejorable porque ilustra los resortes discriminatorios que palpitan en más de uno. No se trata solo de una riña, no es muestra solamente de un carácter exaltado, es sobre todo expresión de un racismo y un clasismo profundamente arraigados. No sé si el agresor tenga además agudos trastornos psicológicos, pero lo que no cabe duda es que se siente por encima de un trabajador, al que desprecia de manera inercial. Se trata de una relación que el agresor solo puede vivir de manera asimétrica, como de mando y obediencia, porque no reconoce en el empleado a un semejante, sino que, para él, empleado es sinónimo de inferioridad, de servidumbre.
Los epítetos “gato” e “indio” denotan la idea de una superioridad, la que supuestamente deriva del dinero por un lado y de una presunta adscripción “racial”. Son insultos marcados por un prejuicio: el que postula que unos hombres son superiores por su status o ingreso, y los otros no son más que sirvientes, gatos.
Cualquier observador distraído de la vida social sabe que la misma se reproduce en medio de marcadas diferencias: físicas, educativas, religiosas, de ingreso, sexuales, de edades, etcétera. Pero constatar que ellas existen no necesariamente genera discriminación. Incluso, es posible que a partir de esas diferencias, algunos se revelen contra las mismas –cuando no son innatas- o por lo menos traten de auxiliar a los más débiles. Las diferencias se vuelven discriminación, cuando a partir de ellas se establece una relación de superior/inferior, y se cree que los “superiores” tienen derecho a “dominar, someter, utilizar, maltratar y hasta exterminar a los pretendidamente inferiores”.[1]
Y no es fácil saber por qué un grupo de personas, una comunidad o incluso constelaciones más grandes generan discursos y actitudes abiertamente discriminatorios. ¿Cómo llegan a la convicción de que ellos son superiores? ¿Qué los lleva a tratar con desprecio a los diferentes? ¿De dónde proviene la fuerza de la pulsión discriminatoria?
Luis Salazar nos ofrece una respuesta a la persistencia de prejuicios más que arraigados. Escribe: “Los prejuicios se caracterizan por oponer una fuerte resistencia no sólo a ser reconocidos como tales sino a modificarse cuando se muestra, con argumentos o con datos empíricos, su falsedad o su irracionalidad. Se trata en verdad de creencias bien atrincheradas, derivadas de las opiniones generalizadas en nuestro entorno, de experiencias singulares falazmente generalizadas o, en el peor de los casos, del impacto de ideologías políticas y/o religiosas que apelan a la irracionalidad de los individuos para promover visiones maniqueas y explicaciones simplistas de los problemas. En todos los casos, sin embargo, su tenacidad –como señala Bobbio- sólo puede entenderse como consecuencia de los deseos, pasiones e intereses que satisfacen”.[2]
Es decir, los prejuicios son tales porque cumplen varias funciones. Alimentan el sentido de pertenencia, la adscripción a un grupo que supuestamente es superior a los otros. Nutren también “el orgullo, la vanidad”, “el dudoso aunque generalizado placer de sentirnos mejores, superiores, y el perverso goce de utilizar, humillar y ofender a los débiles”. Pero además de las pasiones, los prejuicios esconden y recrean intereses. “El machismo, la intolerancia religiosa, la homofobia, etc., también son sentidos por interesados en sacar ventaja, en términos de poder o riqueza”. Pero, concluye Salazar, “la condición de posibilidad última de todas las prácticas y actitudes discriminatorias son las desigualdades que de hecho existen en todas las sociedades. Desigualdades económicas, políticas, culturales que permiten a los fuertes, los poderosos, oprimir y/o discriminar a los débiles e impotentes”.[3]
De tal suerte que cuando una sociedad está profundamente marcada por desigualdades, la discriminación, por desgracia, tiende a aparecer como su correlato. Desigualdades abismales y prejuicios discriminatorios parecen alimentarse mutuamente.
Al conocerse el video, en las redes sociales se expandió una ola de indignación en contra de la conducta del empresario textil. Con absoluta razón, decenas de personas no solo expresaron su repudio a los epítetos y golpes lanzados por Sacal, sino externaron su solidaridad con el joven agredido injustamente. Hubo quien llamó a boicotear los productos de las empresas del energúmeno, también quien reflexionó sobre la impunidad que rodea a esas conductas, e incluso quien llamó a unir fuerzas contra la prepotencia y la corrupción no solo en ese caso, sino contra cualquier manifestación discriminatoria.[4]
Se trató de los resortes solidarios y anti-discriminatorios que afortunadamente existen en nuestra sociedad. Se trata de la indignación que es fruto de contemplar como una persona que se cree superior a otra y asume que tiene derecho a maltratarla, ofenderla, injuriarla, golpearla. Una reserva moral, que sin duda está presente en nuestra comunidad, reacciona indignada, ofendida, contra esa conducta y lenguaje racista y clasista. Es, sin duda, una buena noticia.
Sin embargo, junto a esa sana indignación, se expresaron también agresiones, ofensas, injurias contra la comunidad judía, como si ésta hubiese sido responsable de los actos de uno de sus miembros.
Aparecieron en la red todos y cada uno de los tópicos clásicos del lenguaje antisemita, que ve o quiere ver en los judíos un bloque homogéneo portador de todos los males habidos y por haber. Raúl Trejo Delarbre, en un reflexivo y pertinente artículo, escribió que “una sociedad que es capaz de indignarse (ente agresiones como la descrita), demuestra vitalidad”, pero se lamentaba que “en demasiados casos”, “las reacciones contra el abusivo personaje estuvieron”, acompañadas de “expresiones de intolerancia e ignorancia”.
Y con su habitual escrúpulo contó las veces que las reacciones portaban esa pulsión bárbara, que consiste en atribuir a una comunidad masiva, compleja, diferenciada, donde cabe de todo, los atributos de uno solo de sus componentes. Escribe: “los internautas que miraron el atropello de Miguel Moisés Sacal dejaron 1766 comentarios”, en 441 de ellos se mencionaba la palabra judío, y “la mayoría se refirió a “el judío”, o incluso a “los judíos” de manera despectiva. De las 441 menciones, 73 fueron en contra de tales descalificaciones pero 368 estaban teñidas de resentimiento y prejuicios racistas”.[5]
En este caso lo más preocupante es que quienes se sienten agredidos –justamente- por la conducta racista y violenta de un sujeto, sin el menor rubor se convierten también en racistas al atribuirle a un conjunto variado de personas características negativas que en todo caso trascienden las adscripciones religiosas. Como señala Raúl Trejo Delarbre, “la irritación contra el golpeador Sacal mostró el flanco virtuoso de una sociedad que se indigna ante la prepotencia. Las expresiones racistas, nos obligan a no olvidar el rostro persecutorio y mentecato de esa misma sociedad”. Y lo peor, agrego yo, es que una misma persona puede ser portadora de ambas pulsiones, como lo vimos en el multimencionado caso.
¿Cuándo entonces se construyen los resortes discriminatorios? Cuando a partir de una diferencia –racial, religiosa, sexual, etc.- se edifica un “nosotros” que no solamente se diferencia de los “otros”, sino que pregona la superioridad de unos sobre aquellos.
La sola existencia de “blancos” y “negros” en sí misma no debería ser fuente de prejuicios; es la creencia en la superioridad de unos u otros lo que introduce la discriminación. De igual forma la coexistencia de diferentes religiones, judía, católica, evangélica, etc., en sí misma puede verse como “natural”, pero es la construcción de un nosotros superior en relación a los otros lo que ha desencadenado espirales de agresiones y estelas de sangre. Y lo mismo podría decirse entre hombres y mujeres; heterosexuales y homosexuales; indígenas y no indígenas, y súmele usted.
Estamos condenados a vivir con “los otros”. La diversidad es parte de la condición humana –aunque ésta sea una- y en ella radica la riqueza de la especie. Intentar que la diversidad no sea sinónimo de desigualdad y comprender que “los otros” tienen los mismos derechos que “nosotros”, pueden ser los pilares de un programa estratégico para hacer del planeta un lugar medianamente habitable.

[1]Luis Salazar Carrión. “Democracia y discriminación”, en Varios. Discriminación, democracia, lenguaje y género. CDHDF, CONAPRED. México. 2010. P. 45.
[2]Ibid.
[3] Ibid.
[4]“Promueven boicotear al golpeador del Bosque”, Reforma, 12 de enero de 2012.

[5]“Sacal en You Tube. De la solidaridad, al racismo”, Columna: Sociedad y poder. 12 de enero de 2012.
El texto apareció en un libro publicado por el CONAPRED en 2012: “Miradas a la discriminación”.