Sonora y sus hígados negros


Por Marcial Guerrero Tosalcawi

Reseña del libro Yaquis, de Paco Ignacio Taibo II. Editorial Planeta, 2013.

Yaquis Paco

Si yo fuera Paco Ignacio Taibo II, la mera neta es que en el libro Yaquis le hubiera dado mole a casi todos los capítulos (o hubiera hecho un resumen de ellos) y hubiera dejado solamente los capítulos 1, 2, 3 y el 35, además del epílogo. Lo demás está, por decirlo así, bastante malón; está repleto de pequeñas batallas, escaramuzas, persecuciones y recuentos de frases que con todo cinismo dijeron los perpetradores del genocidio a que fueron sometidos los yaquis. Lo único que queda claro de todos los capítulos intermedios es que Ramón Corral, Lorenzo Torres, Luis Torres y Rafael Izabal eran unos verdaderos hijos de la chingada, malvivientes, asesinos y rateros en toda la extensión de la palabra.
Esos cuatro capítulos tienen la virtud de que en muy pocas páginas dejan en claro de dónde viene la guerra en contra de los yaquis y el propósito del gobierno (federal y estatal) de exterminar a nuestra tribu a como diera lugar; deja claro, además, que la deportación fue en realidad la instauración del esclavismo en México y no deja duda de la tremenda deuda que Sonora tiene con los yaquis porque “para llegar esta etapa de desarrollo, en Sonora se había cometido un genocidio”. Contando aquí y allá, Taibo llega a la conclusión de que el sistema “asesinó al 62 por ciento” del pueblo yaqui.
Los errores que yo, un simple lector muy eventual, encontré son bastante serios, de esos que cuesta trabajo entender cómo puede cometerlos una persona que se dedica al negocio de escribir. Tan emocionados que estaban mis compañeros del Vícam Switch cuando lo recibieron en Vícam, aunque no estuvo mal porque al final el historiador incluyo a nuestro periódico entre la bibliografía con un artículo del profe Franqui.

Yaquis Libro
Cuando terminé de leerlo, me llevé una gran decepción porque yo pensaba que iba a encontrar allí el chuqui de la cuestión y lo que encontré fue lo que todos aquí sabemos: que los yaquis nunca se quisieron rendir a los españoles y después a los mexicanos, que eran guerreros que mejor se morían que dar el brazo a torcer, que todos los gobiernos, desde la Colonia hasta que llegó Lázaro Cárdenas querían exterminarlos, que muchos fueron llevados a Valle Nacional en Oaxaca y a Yucatán como esclavos y que por fin tuvieron que reconocerles lo que siempre había sido de ellos, el territorio. La única idea nueva es el uso de la palabra genocidio, que aquí nadie quiere usar.
Para empezar, creo que a la escritura le falta, digamos, pulimiento porque hasta yo pude ver que a veces usa una coma donde va un punto o que la redacción se vuelve media desparpajada.
Luego, me quedé con una cosa así como que quiso meter a wilson un lenguaje muy de moda entre los nacionalistas que ahora se la quieren dar de revolucionarios. La cosa es que para un conflicto del siglo diecinueve-veinte, las palabras “guerrillero” (en lugar de guerrero), “estructura democrática” (en lugar de autoridades tradicionales), “alcaldes que imparten justicia” (para referirse a quién sabe quién, pero los menciona en la página 36 como parte de las autoridades tradicionales), “civilización” (en lugar de tribu bien organizada), etc., es como tratar de vestir a alguien de entonces con trapos de ahora. Yo creo que la sociedad yaqui del siglo diecinueve era más bien de tipo tribal, aunque aclaro que eso no le daba derecho a nadie de tratar de robarse las tierras.
Luego, a la larga defensa de los guerreros yaquis le llama la “guerra popular prolongada” (p. 163) y me quedé pensando si no era esa una manera de llamarle a algunos movimientos guerrilleros. Quise preguntar a alguien que supiera y el destino me llevó al Pablo Plascencia, que yo no conocía, pero que es muy famoso entre los que estudiaron la preparatoria en el CETA 26 en los setentas. Un amigo del Campo 30 me puso en contacto con él, quedamos de vernos en Providencia y ahí te voy a preguntarle. A la hora de la hora estaba muy arrepentido de haber ido porque habiendo empezado la plática a las 4 de la tarde, eran los ocho y no sabía cómo hacerle para que el Pablo se callara. Se vino desde Mao-Tze Tung, pasó por el Beto Mendoza y el Ronco Jara, habló del Sendero Luminoso y de un tal José Carlos Mariateguí, de Carlos Marx y del Che Guevara, del Nano Galindo, de Alesio Cinco Moroyoqui y del Tavo Montiel, pero sobre todo habló de él mismo. Lo que saqué en claro es que lo de guerra popular prolongada es un concepto maoísta.
Lo que sí hace muy bien en su libro el Paco Taibo es ajustar cuentas a los que les caen gordos, como a Enrique Krauze y a Hector Aguilar Camín. Yo no he leído a Krauze, pero leí la Frontera nómada, de Aguilar Camín y la neta es que el Paco se sale. Dice (P. 17) que no le sorprende “la admiración que le causan los barones sonorenses a Héctor Aguilar Camín, tan cerca habitualmente del poder y tan lejos del pueblo llano” como si él no hubiera estado nunca cerca del poder… salvo que para él los que están en el gobierno del DF no sean poderosos. Esto es nada más para empezar, como para predisponer al lector contra alguien del que hablará mal muchas veces, incluso haciéndose jaraquiri. En la página 77 dice: “Aguilar Camín, como si lo gozara, verá en el combate del Watachive la acción militar federal que quebró el espinazo del cacicazgo de Cajeme”. Pero luego, él mismo, Taibo, dice en la página 116: “En los primeros meses de 1896 el ejército… releva a los batallones 14 y 24 por el 12 y 17. Mal asunto, porque si bien el desgaste es muy grande, la experiencia perdida es invaluable”. Uno, si actuara de mala leche podría preguntar: ¿ese “mal asunto” significa que lamenta que el ejército porfirista haya perdido con el relevo experiencia en la lucha contra los yaquis? Yo ya sé que no, pero si uno fuera como él, podría hacer eso.
Todo lo anterior es, digamos, irrelevante. Lo sustancioso son las incoherencias que son como una pista de que el libro fue escrito un tanto al madrazo. Esas cosas tienen que ver con asuntos meramente cronológicos y con asuntos geográficos.
En la página 41 dice que en 1875 había crecido el número de residentes no indios en Cócorit, pero luego en la página 114 dice que en 1894 (casi 20 años después) en Cócorit residían unas cuantas familias no yaquis. Uno se pregunta, si en 1875 habían crecido las familias yoris y luego veinte años después eran unas cuantas, entonces ¿crecieron o se redujeron?
En la página 150 dice: “El 1 de septiembre el General Torres anuncia en Pótam que no proseguirá la campaña hasta que lleguen dos mil refuerzos y el tiempo frío aminore, porque ha variado de los tremendos calores de hace días.” ¿Cuándo se ha visto aquí que haga frío a principios de septiembre?, ¿y desde cuándo los tremendos calores se convierten en frío en cosa de días? Además, en la página 64 había dicho que Lorenzo Torres tenía una tremenda resistencia a los fríos extremos y entonces uno se pregunta cómo es que le tiemblan las corvas por el fresco de septiembre (y eso pues aceptando que antes septiembre era un poco más freco que ahora).
En la página 147 dice que en 1899 la Estación “Don Lencho” (no sabe que aquí nadie le dice don Lencho) era una estación del ferrocarril usada para deportar a los yaquis. Dice también que en la Casa de Piedra hay un sótano donde encerraban a los prisioneros mientras que los mandaban al sur. Lo primero es que en 1899 no pudo haber allí ninguna estación porque el ferrocarril pasó por Vícam en 1905. De hecho en la página 204 dice algo sobre la “inexistente vía férrea”, pero nueve renglones adelante se refiere otra vez a la “estación Don Lencho” del tren como si la estación hubiera existido años antes que las vías. Sin embargo, en la página 212, en el capítulo 32 fechado en 1905, dice que las compañías ferroviarias se oponían a la deportación de yaquis (la mano de obra barata) porque “en esos momentos terminaban el tendido del riel de Guaymas a Estación Esperanza”.
Lo del sótano en la casa de piedra nomás despierta en mí unas preguntas: ¿alguien ha visto que en la casa de piedra haya un sótano?, ¿lo tenía?
En el asunto geográfico, Taibo nunca distingue entre Vícam y Pueblo Vícam, ni entre Bácum y la la Loma de Bácum, ni Loma de Guamuchil y Cócorit. El punto es crucial porque esos pueblos simbolizan el despojo del territorio y la invasión de yoris en el territorio.
Así mismo, tampoco distingue al territorio yaqui del valle del yaqui. Para él son la misma cosa. Desde luego que ignora que el territorio yaqui (hoy las comunidades yaquis) son un subconjunto del valle.
Aunque tampoco ubica bien otras partes porque en la página 209 dice que unas personas iban rumbo a la minera de la Colorada, “en las montañas al oeste de Hermosillo” cuando la Colorada está rumbo al este. Al oeste de Hermosillo está el desierto. Y está bien que él no sepa, pero pues allí está el mapa.
Hay otros detalles menores que hablan de descuido en la escritura (o que andaba muy apurado queriendo terminar el libro antes de que terminara la fama del bloqueo de la carretera internacional).
Yo la neta creí que era un descuidito cuando en la página 119 leí que la partida yaqui “pierde diez muertos”, pero luego cuando vuelvo a leer en la página 183 que según información oficial “los yaquis pierden 78 muertos”, allí sí que dije, este cuate nomás se la lleva viendo televisa donde dicen sin agüitarse que “encontraron tantos cuerpos sin vida” (si los cuerpos tienen vida, no son cuerpos, son personas). Pues resulta que aquí me quedé pensando si los yaquis andaban por los montes cargando a sus muertos y luego en las batallas los perdían, o qué. Y lo peor es que eso viene de alguien que no hace otra cosa más que escribir.
No deja de haber humor en este libro (que se agradece porque pone a nuestra tribu otra vez en la discusión actual). En la página 96 se refiere a Izabal, que era un verdadero criminal y un raterazo (eso lo digo yo) como “ese personaje regordete y bufonesco”. Uno se queda pensando si el libro Yaquis fue escrito por un hombre esbelto o por lo menos flaco. Pero no, porque Taibo es un gordito no muy alto que hace reír mucho a su público en las presentaciones.