El Vícam de mis recuerdos


Por Mirna Márquez Urías

Recibí en diciembre una carta de Mirna Márquez Urías y en cuanto la leí me dije: “Esta mujer tiene que escribir en el Vícam Switch“. Quedamos en eso, pero por desgracia la edición impresa del Vícam Switch tuvo que desaparecer. Así que aquí le presentamos ese recuerdo maravillosos y esperamos contar con más artículos de Mirna. La carta que me mandó dice así:

Sr. Alejandro Valenzuela, Director de Vícam Switch, espero me recuerdes, soy Mirna Márquez, la hermana de Daniel Castro Urías e hija de don Ramiro Márquez, el carpintero, y Sofía Urías, la enfermera. Una de las memorias muy claras que tengo es la imagen de tu papá, don Ramón Valenzuela, quien nos hizo la casa. Como has de saber, él y mi padre fueron muy amigos. El verlos tomar café, fumar y contar sus anécdotas y sus sueños, son parte de los recuerdos que hasta hoy me acompañan.
Tu casa la visité varias veces, pues mi mamá visitaba mucho a doña Gloria, tu madre. En mi mente está vivo el recuerdo de una señora que, cuando nos veía llegar, siempre se dirigía a mí, dándome un fuerte abrazo, siempre platicadora y sonriente, y me encantaban sus tortillas de harina. En una ocasión me caí al canal que pasaba frente a tu casa, afortunadamente llevaba poco agua. Recuerdo a doña Gloria gritando por ayuda, y llegó Roberto Ruiz y alguien más que no recuerdo. Afortunadamente no pasó de un susto y una cortada en el talón izquierdo.
A ti te ubico como uno de los amigos más allegados a mi querido hermano Daniel. Tú, como Rodrigo Gómez, Marcos y algunos de tus colaboradores, son parte, aunque no lo sepan de estos gratos recuerdos que conservo de mi niñez.
Por cierto, me dio mucha tristeza, enterarme a través de la versión virtual de tu periódico, de la muerte de Neftalí Osuna, el Neffy, a quien encontré por azares del destino a través de Facebook y pude saludarlo unos meses atrás, cuando ya su salud estaba muy minada. Me hubiera gustado permanecer más en contacto e intercambiar impresiones y recuerdos, pero la vida dispuso otra cosa.
Vícam para mí fue un lugar donde viví feliz y con mucha libertad. Mis pies aprendieron a recorrer las vías del tren, sin perder equilibrio, y aun puedo sentir la vibración que en los rieles provocaba la mole de hierro, mientras su pitido espantaba las aves desde el rumbo de Oroz. Recuerdo el depósito de sal que estaba atrás de las vías y donde una colonia de ardillas habían hecho su hábitat y donde esperábamos ansiosamente que llegara la carreta de Juan el Lechero, a cuyo paso nos trepábamos y la que dejó, a más de los recuerdos, algunas cicatrices.
Los hijos de Teodoro Montiel sabrán perfectamente quién fue Juan el Lechero. Hace muchos años estoy radicada en Arizona, con mi familia, donde también me he dedicado al periodismo y se lo emocionante y satisfactorio que es esa actividad. A Vícam Switch, desde que le encontré en la Red, lo devoro con avidez cada ocasión que sale a luz, sobre todo en su sección de imágenes del recuerdo. Allí permanecen algunos familiares muy queridos, que aunque hace tiempo que no los veo, viven en mis recuerdos y sentimientos, como lo son los Márquez, los Piña Quintero, extraño los “tacos de nada”, y parece que oigo resonar la matizada voz del Naylo, de quien llegué a pensar que había caído de bruces en la mitología aunque veo que por ahí anda, aunque haya cambiado la carrucha por unas muletas.
Que grato fuera tener oportunidad de colaborar en tu periódico, el cual me causó gran orgullo, desde el primer ejemplar que pude leer; me recordó aquel otro esfuerzo que durante muchos años sentó “Presencia”.
Un abrazo, enhorabuena y muchas felicidades por tu proyecto.

Vícam de mis recuerdos

De pronto sentí que caminaba por los senderos de cemento que ahora forman un sol opaco en la plaza de Vícam, y como ráfagas de viento, comenzaron a llegar recuerdos de mi infancia y adolescencia… Aquella plaza que vimos nacer, cuando una cuadrilla de trabajadores inició las mediciones, los diseños, los trazos, el círculo central que los fines de semana se convertía en pista de baile, donde el resto de la semana jugábamos o paseábamos en bicicleta y donde, como palomas enamoradas, las parejas se encontraban para arrullar sus besos con la complicidad del atardecer.
Desde la refresquería “Los carrizos”, las voces de Camilo Sesto, Leo Dan, Roberto Carlos, y hasta Los Ases de Durango amenizaban las reuniones crepusculares. Recuerdo las bancas de granito blanco, que tenían grabados los nombres de quienes en aquel tiempo las donaron, dejando constancia en aquellas letras cinceladas de sus deseos de progreso para el pueblo. De los nombres de aquellos benefactores, asentados en los respaldos de las bancas, recuerdo los de Severiano Puertas Quintero, Bardomiano Galindo López, Vicente Padilla Hernández, Ignacio Osuna, Ignacio Martínez Tadeo y otros que ya se ocultan en las sombras del tiempo. Me pregunto ¿cómo fue que aquel centro de reunión de generaciones fue quedando abandonado?, ¿Cómo pudo deteriorarse sin que alguien hiciera algo por evitarlo?, ¿O es acaso que dejamos en el olvido las alegrías, los sueños, los romances, los juegos infantiles que allí vivimos?
Recuerdo el trajinar de los labradores que, de amanecida, cruzaban aquella plaza camino a sus trabajos, y el ir y venir de los militares camino al cuartel que en aquel tiempo se encontraba justo a un lado de la plaza. Los militares a las órdenes del Capitán Chiapas imponían respeto.
Aquella plaza fue testigo de nuestras correrías infantiles. En ella nos dábamos cita Martín el Pachuco, Lourdes Guerrero, Florencia Limón, Marco Antonio el Venado, Gilberto el Tolé, La Negra de la Coti, mi hermana Déborah y siempre, como un ángel guardián, Juanita Quintero, mi prima.
Eran tiempos de lluvia y en los jardines de la plaza y debajo del tinaco se acumulaban charcos donde pululaban los renacuajos que días después se convertirían en ranas de curioso verdor y que para nosotros eran pescaditos entretenidos.
No todos disfrutábamos por igual de su captura. Deborah y la Pachuca se montaban en el respaldo de las bancas, aterradas frente a los diminutos batracios, aunque a su modo, ellas también disfrutaban la explosión de adrenalina que aquellos juegos “terroríficos” les producían.
Aquellas reuniones de la pandilla infantil eran el regocijo de doña Ramona la Huesitos ya que tenía una cenaduría contra esquina de la plaza y con el desgaste de energía que aquellos juegos, terminábamos haciendo cooperacha o vacunando a Ramiro Márquez, mi padre, que acostumbraba “dispararnos” los tacos. En mis recuerdos no logro hurgar unas enchiladas de queso más suculentas que aquellas, y como era costumbre, pasadas las ocho de la noche, aparecía un gendarme, manguera en mano y con cara de pocos amigos, que rompía el encanto. Era mi madre que venía por nosotros y que nos hacía enfilar para la casa, no sin antes llegar de pasadita y darlas buenas noches a la Profe Lola.