El Debate del TLC a 20 años


Hemos retomado estas dos visiones del TLC porque a 20 años de ese tratado la polémica sigue siendo intensa. Pretendemos aquí darle a nuestros lectores algunos elementos generales de juicio para normar la opinión propia.

SOLEDAD LOAEZA
La tierra que nos tienen prometida
Periódico La Jornada del 3 de enero.

En 2014 cumple 20 años el Tratado, o, para ser más precisos, el Acuerdo, trilateral de libre comercio de América del Norte. Sus promotores mexicanos insistían en que nos traería riqueza y prosperidad; sin embargo, en el lapso transcurrido la tasa promedio de crecimiento de la economía mexicana ha sido particularmente baja; incluso ahora, se estima que la tasa de crecimiento para 2013 será 1.3 por ciento. En algunos casos esta debilidad fue resultado de su vulnerabilidad frente a la economía de Estados Unidos, como ocurrió en 2008.
Contrariamente a lo que nos habían prometido, no sólo no hubo una prosperidad generalizada, tampoco hubo riqueza, más que para unos cuantos; como lo prueba el incremento de la proporción de la población que vive por debajo de la línea de pobreza, a un poco más de 50 por ciento.
Así que, si bien es cierto que en el marco del TLC los intercambios comerciales de México con sus socios al norte se han multiplicado, el acuerdo comercial no ha sido el detonador de tasas altas y constantes de crecimiento económico, como nos dijeron que sería. Cuando mucho, el TLC ha introducido orden y reglas en una relación comercial que ya existía y que mostraba una marcada tendencia al alza.
Ahora de nuevo, el gobierno nos promete un futuro de miel y rosas en el país que está construyendo con la reforma energética, la reforma hacendaria y tantas iniciativas que ha presentado con el fin de transformar una estructura económica que tiene todavía muchos arcaísmos que, según nos dicen, nos restan competitividad.
Puedo entender que es apremiante tirar el lastre de soluciones pasadas a problemas, que quizá ya ni siquiera existen, y que aminora la velocidad del cambio económico; no obstante, mientras el gobierno no nos explique su diagnóstico del porqué del deficiente crecimiento de la economía, me cuesta trabajo comprender la obsesión de los reformadores con la inversión extranjera. Han cifrado de tal manera el éxito de su proyecto en ese factor, que parecen haber olvidado sus implicaciones en términos de los objetivos nacionales, por ejemplo, la definición de las prioridades de inversión, o la capacidad de influencia que están atribuyendo a inversionistas extranjeros enclavados en sectores estratégicos de la economía.
Se requiere mucha audacia para poner el éxito de un gobierno a la merced del subibaja de los intereses extranjeros. Hoy, como hace dos décadas, para promover el apoyo ciudadano a sus políticas, nos dicen los promotores que las reformas van a precipitar una cascada de recursos del exterior cuyos beneficios van a alcanzar a toda la economía, para transformarla, y también que van a impulsar todo tipo de actividades. No obstante, la experiencia nos enseña que con el paso del tiempo esas promesas aparecen como lo que son, simple propaganda, publicidad que refleja sólo vagamente la realidad. Recordemos solamente el fracaso rotundo de las privatizaciones que nos dejaron, por ejemplo, un solo banco mexicano.
Me pregunto si mi desconfianza frente a la inversión extranjera es de orden generacional. Fui educada en los tiempos del desarrollo estabilizador y del nacionalismo económico, tal vez por eso me resulta difícil aceptar sin cuestionamientos los presuntos beneficios de la inversión extranjera, como lo hacen nuestros jóvenes gobernantes.
Me gustaría que en lugar de que nos prometieran más capitales del exterior, nos ofrecieran una política industrial articulada, asociada, una política de empleo de amplio alcance; quisiera que la tierra del futuro fuera una donde prevaleciera una distribución del ingreso más equitativa; un lugar del que la pobreza hubiera sido desterrada.
Preferiría que quienes gobiernan fueran más ambiciosos, pero no para ellos mismos, sino para el país. Si lo fueran, nos prometerían mucho más que inversión extranjera, porque la verían no como un objetivo, sino como un instrumento para alcanzar la transformación del país.
Hace más de 20 años los gobiernos, del PRI y del PAN, nos vienen prometiendo un país inspirado más en sus limitaciones que en objetivos de largo alcance. Esa tierra me es ajena, prefiero que mi país ofrezca oportunidades a todos los mexicanos, que nos haga creer nuevamente en nosotros mismos, en nuestra capacidad para imaginar algo mejor de lo que nos propone un gobierno de poca fe.

SERGIO SARMIENTO
TLC de pesadilla
Periódico Reforma del 3 de enero.

“El comercio cambia el destino y el genio de las naciones”. Thomas Gray
El encabezado de La Jornada de este 31 de diciembre de 2013 afirmaba: “El TLCAN, 20 años de pesadilla, dicen ONG”. Con entrevistas con miembros de organizaciones de izquierda, el periódico argumentaba que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte ha devastado el campo mexicano, ha desmantelado la industria nacional y ha hecho que crezcan el desempleo y la precariedad laboral. En otros medios de comunicación he encontrado análisis muy similares que proclaman que el acuerdo comercial de Norteamérica ha sido un rotundo fracaso.
Es cierto que los últimos 20 años no han sido positivos para la economía nacional. Hemos tenido una tasa de crecimiento promedio del 2 por ciento anual, apenas superior al aumento de la población. Pero ¿es culpa del TLCAN? Todo lo contrario. El poco progreso en México de estas últimas dos décadas se debe en buena medida al Tratado y a otros acuerdos de libre comercio.
El comercio y las exportaciones mexicanas han crecido mucho más rápido que el resto de la ec4onomía. De los 53,262.7 millones de dólares de exportaciones no petroleras de 1994 se pasó a 317,814.1 millones de dólares en 2012 (Primer informe de gobierno, 2013). Es un aumento de casi seis veces en 19 años. El alza de las ventas totales sólo a la región de Norteamérica fue de 572% (Secretaría de Economía con datos del Banco de México). Es un avance que va más allá de lo que se habría creído posible cuando el TLCAN entró en vigor.
El propósito de un acuerdo de libre comercio no es, por supuesto, producir un superávit o un déficit para cualquiera de las partes sino aumentar el comercio entre las dos. Aun así, el TLCAN ha permitido transformar un déficit comercial de México con Estados Unidos de 1,663 millones de dólares en 1993 a un superávit de 61,638.6 millones en 2012 (www.census.gov).
Alrededor de la mitad de los empleos que se han creado en México en las últimas dos décadas están relacionados con el comercio exterior, según la ex subsecretaria de negociaciones internacionales Beatriz Leycegui. Además, los sueldos del sector exportador son significativamente mayores a los que se registran en el resto de la economía. Virtualmente todos sus empleos están inscritos en la economía formal. El mayor ingreso de importaciones ha permitido, por otra parte, que los mexicanos tengamos acceso a mejores productos con precios menores, lo cual ha permitido elevar el nivel de vida de la población.
¿Qué ha ocurrido con el campo? ¿Se desplomó la producción de maíz como se había predicho? Pues no. La de maíz de grano para alimentación humana pasó de 18.3 millones de toneladas en 1995 a 22.1 millones en 2012; la de maíz forrajero, de 4.3 millones de toneladas en 1995 a 12.1 millones en 2012 (Primer informe de gobierno, 2013). El periódico Reforma daba a conocer este 1o. de enero una tabla que muestra algunos aumentos importantes en las exportaciones mexicanas entre 1993 y 2013: aguacate, 4,543 por ciento; maíz, 3,328; carne, 2,588; frijol, 1,446… y eso que las cifras de 2013 comprenden sólo de enero a octubre.
Un tratado comercial no puede resolver por sí solo todos los problemas de un país. La apertura de la economía generó un impulso en el sector vinculado al comercio exterior, pero no puede compensar los resultados de políticas económicas que han favorecido el crecimiento de la economía informal y han castigado la productividad y la inversión.
A 20 años de distancia hay que reconocer que, lejos de ser una pesadilla, el TLCAN cumplió con creces sus objetivos de promover el comercio exterior y crear empleos. Pretender que el TLCAN es responsable de la pobreza en México es simplemente un engaño.
SAGARPA

La producción agropecuaria en México no se ha desplomado por el TLCAN, pero tampoco ha crecido demasiado. En cambio el presupuesto de la Secretaría de Agricultura (Sagarpa) se ha disparado de 13,457.8 millones de pesos en 1994 a un estimado de 75,111.1 millones en 2013. Los problemas de nuestro país no están en el comercio, pero podrían estar en un gobierno obeso.