De libros, evangelios, música y violencia


No creemos que el periódico Reforma vaya a venir a Vícam a preguntarnos porqué le tomamos sin el debido consentimiento estos magníficos artículos de Juan Villoro y de Paz Fernández Cueto. Y mucho menos si sabe que lo hacemos con el altruista fin de traer a las comunidades yaquis algo de lo que de otro modo no llegaría acá.

Juan Villoro
Reportear a Dios
Periódico Reforma
Noviembre 22, 2013

Con las joyas llega el miedo a perderlas. El libro es un invento tan perfecto que desde el principio se temió que fuera a desaparecer.
Cada vez que gente culta se reúne, constata que los demás leen muy poco. Aunque esto ocurre en todos los tiempos y todas las latitudes, no deja de producir alarma.
Ninguna campaña en pro de la lectura es inútil. Sin embargo, esas cruzadas provocan un curioso efecto secundario en quien las emprende: de tanto hablar de libros, pierdes el ánimo de abrir uno.
Hay que ampliar el círculo de los lectores, pero también hay que confiar en la propia dinámica de los discursos de la letra, que resisten por su cuenta.
Los Evangelios fueron compuestos en una época de oralidad casi absoluta y se ocupan de un personaje cuyo único rastro de escritura fue una efímera frase en la arena. Nada parecería más frágil que esos testimonios. Sin embargo, su impronta se advierte incluso en quienes no los han leído y comentan a propósito de Lionel Messi: “Nadie es profeta en su tierra”.
Como Sócrates, Jesús requería de discípulos que tomaran apuntes. Uno de los episodios más interesantes de la recepción literaria es que, en una marea de textos, cuatro alcanzaron el rango de canónicos. No entraré en las razones teológicas o políticas que condenaron los demás evangelios al rango de apócrifos. Me interesan las razones literarias de esa elección.
Los Evangelios transmiten la “buena nueva” y siguen los preceptos del Espíritu Santo, más interesado en la fe que en la veracidad de los hechos. Estamos, pues, ante cronistas deseosos de captar una noticia trascendente. Ninguno de ellos firmó su manuscrito. La autoría es una atribución posterior. Las mismas razones que llevaron a considerar que esas versiones superaban a otras determinaron los nombres de los escribas (dos de ellos prestigiados con el rango de apóstoles).
Los desconocidos autores de los textos utilizaron técnicas diferentes para comunicar su providencial noticia. Aunque toda interpretación acerca de su vida es especulativa, los escasos rasgos biográficos que se les atribuyen permiten imaginar a escritores con diversos puntos de vista.
¿Por qué elegir esas cuatro maneras de decir lo mismo? Más allá del contenido, los Evangelios representan los modos fundamentales de la crónica.
A partir de datos exiguos, podemos establecer conjeturas sobre las técnicas narrativas usadas por los testigos de Jesús.
Marcos, primer evangelista, usó una fuente básica: el apóstol Pedro. Su narración se basa en las acciones y escatima los dichos. “¿Por qué este acento puesto en las realidades vivas, en los actos, en los acontecimientos mismos más que en su explicación?”, pregunta el teólogo Patrick Fannon, y responde: “Seguramente porque las fuentes de Marcos se hallaban aún obsesionadas por la impresión de lo ocurrido”.
Mateo narra con la técnica del testigo presencial: estuvo en los sucesos y no olvidó las palabras de Jesús. Mezcla de acontecimientos y declaraciones exclusivas, su Evangelio sería el más leído.
Lucas fue médico e historiador en Alejandría. A la distancia, reunió fuentes y testimonios dispersos para construir su historia. Testigo externo, es el único que presenta a Jesús rezando (los demás lo dan por supuesto).
Juan se aparta de los Evangelios anteriores, llamados “sinópticos”. La trama de la Pasión ya se conoce y él puede interpretarla en clave subjetiva (escribe 44 veces la palabra “amor”, por seis de Marcos). El favorito de Jesús escribe mucho tiempo después de lo ocurrido, reporteando su propia memoria y obedeciendo a sus sentimientos.
Cuatro maneras de recuperar lo real cristalizan en estos relatos perdurables: la fuente autorizada, el testigo de cargo, el investigador de datos sueltos y el cronista memorioso.
Simplifico al máximo textos que han dado lugar a bibliotecas enteras, convencido de que su atractivo tiene que ver con las visiones complementarias de un mismo acontecimiento.
La crónica contemporánea conserva esas técnicas fundadoras. En Relato de un náufrago, Gabriel García Márquez privilegia la estrategia de Marcos; en Memorias de Pancho Villa, Martín Luis Guzmán la de Mateo; en Che Guevara: una vida revolucionaria, Jon Lee Anderson la de Lucas, y en Ébano, Ryszard Kapuscinski la de Juan.
Ante la enésima profecía sobre la desaparición del libro, conviene recordar a los anónimos maestros que escribieron en un mundo sin lectores sobre un mesías casi ágrafo.
No es fácil ser el cronista de un milagro. No es un milagro menor que haya cuatro formas de contarlo.

Paz Fernández Cueto
Música vs. Violencia
Periódico Reforma
Noviembre 22, 2013

Morelia, patrimonio de la humanidad, insertada en el que fuera el Jardín de la Nueva España por la belleza de sus paisajes naturales, ciudad que conserva como pocas, edificaciones coloniales de cantera, esculturas de bronce en fuentes y jardines, iglesias majestuosas con sus torres y campanarios y un acueducto señorial que la atraviesa como testigo sereno de la historia, celebra el 25 aniversario del Festival Internacional de Música Miguel Bernal Jiménez, en su edición 2013, llevada a cabo del 14 al 24 de noviembre.
Este proyecto cultural inspirado en el maestro y compositor Miguel Bernal Jiménez ha sido el centro de difusión musical más importante del país desde hace un cuarto de siglo. Primero bajo la dirección de dos de los hijos del maestro, Eugenio y Miguel, impulsores de la herencia cultural de su padre, y ahora bajo la dirección general de Verónica Bernal, nieta del compositor morelense. Ante la proyección y prestigio ganados por el Festival, existe el propósito de hermanar Morelia y Salzburgo, ciudades distinguidas por su vocación musical.
El Festival se estrenó con un concierto sinfónico de la Orquesta Johann Strauss de Viena heredera de sus magníficos valses. Y en un despliegue extraordinario que combina conciertos de cámara, conjuntos corales, cuartetos, recitales, música moderna, bandas musicales y eventos culturales, Sergio Vela, su consejero artístico, diseñó un programa extraordinario, digno de tan gran celebración.
Habiendo tenido la oportunidad de disfrutar en Morelia de este evento fuera de serie, en medio de la acogida extraordinaria de la ciudad y de su gente, es de extrañar la escasa o nula difusión que se le ha dado en los medios de comunicación. El estigma de inseguridad que marca a Michoacán por la violencia del crimen organizado, así como las noticias de acontecimientos recientes en Apatzingán y en otras regiones del estado (a pesar de encontrarse a cientos de kilómetros de distancia de la capital), han pesado más que todos los esfuerzos de organización y difusión realizados por los organizadores del Festival. Ni siquiera el testimonio de los miles de artistas nacionales e internacionales que participan en él ha sido suficiente para atraer a un público que debería haber sido más numeroso. Día a día las reseñas de crímenes, asesinatos y escándalos que azotan la región se dan a conocer al detalle, llevando un recuento impecable, en contraste con la indiferencia o el silencio de los medios que en ocasiones se convierten en cómplices.
Entre los eventos que más me llamaron la atención por su originalidad y la inspiración de su creador fue el Concierto de Campanas realizado por el compositor de origen valenciano Llorenç Barber, quien desde 1980 ha hecho sonar en concierto las campanas de más de 150 ciudades en Alemania, Argentina, Dinamarca, Japón, México, Polonia o Portugal, a través de conciertos urbanos realizados en espacios abiertos, porque no hay concierto más serio y transformador que aquél que tiene lugar en la calle, en la plaza. Esta vez Morelia fue el escenario de este espectáculo sonoro que coordinó electrónicamente sus campanas y sus campanarios. Al preguntarle al artista el porqué de un concierto de campanas en la era electrónica de la comunicación, su respuesta fue trascendente: las campanas son el depósito de aquello que individualiza una comunidad, identifican grupos, geografías, barrios y periferia, centros y países. No hay dos campanas que suenen igual, así como no hay dos plazas idénticas ni paisajes. La música es un idioma universal, un medio infalible de comunicación colectiva. Y un concierto de campanas se traduce en un ejercicio de identificación que convoca a toda la comunidad a la unidad en medio de una alegría compartida. La ciudad de Morelia, sembrada de verticales y bellísimos campanarios, fue el escenario de un espectáculo extraordinario y diferente. Es necesario echar al vuelo las campanas para acallar, con sus jubilosos repiques, el estruendo ensordecedor de la violencia.