¿Quién fue Daniel Sada? (Homenaje a un año de su muerte)


Por Diego Enriquez Rodríguez Landeros

Daniel Sada 1Daniel Sada nació en Mexicali en 1953. Porque todo lo importante sucede en la infancia, imaginemos al escritor de pequeño. Olvidemos los retratos que de él circulan: un hombre gordo y de sonrisa astuta. Quedémonos con sus propios testimonios: “Mi papá fue gerente de Las Águilas de Mexicali y yo fui mascota de ese equipo. Aprendí a jugar beisbol antes que a leer y escribir”; “Para mí fue muy impresionante todo lo que viví en mi infancia”; “Vivía en un pueblo, me podía ir al río, al cerro; sin prohibición de ninguna especie”. El germen de su literatura se encuentra ahí. Menos de seis años tenía Sada cuando su familia se mudó a un pueblo agrícola de Coahuila: Sacramento, lugar desértico muy parecido a Vícam, sin librerías ni bibliotecas públicas donde una maestra, la querida Francisca Cabrera, no sólo le enseñó a escribir, sino que lo inició, según decía, en “ciertas nociones de métrica española: octosílabos, eneasílabos, con el añadido sofisticado de algunos preceptos retóricos”, además de los clásicos: La Iliada, La Odisea… Pero ¿qué hacía un niño con tantos conocimientos literarios en un pueblo agreste? Fantasear. A los seis años de edad comenzó a escribir historias en unos cuadernos que conservó toda su vida. A pesar de que él mismo decía de su literatura: “yo apuesto por la imaginación, ha sido una constante en toda mi obra”, estoy seguro de que nunca imaginó que décadas después sería uno de los narradores mexicanos más importantes, cuyo tema más famoso es el desierto: “Casi toda mi infancia y parte de mi juventud viví en el desierto. Desde entonces tengo la certeza de que la vida está en otra parte. Como en el desierto no hay nada, uno puede imaginar todo”.

A los 19 años consideró la posibilidad de escribir para vivir, y se fue a estudiar periodismo al DF, donde descubrió muchas cosas, incluidos nuevos estilos literarios: “La literatura contemporánea la frecuenté justo al llegar a la Ciudad de México ─confesó Sada en una entrevista─. Mi vacío era mayúsculo: no conocía nada del siglo XIX ni del XX, me sentí muy mal, muy ignorante por no saber nada de modernidades [..] tuve que luchar a contracorriente, siempre con el afán de actualizarme, lo que jamás logré porque todavía conservo las raíces clásicas”. Su alimentación intelectual, complementada con actividades variopintas ─estuvo a punto de debutar con el equipo de futbol Atlante en Primera División─, y su oficio de reportero en Culiacán, hicieron de la juventud de Sada una época envidiable.

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A los treinta años abandonó por fin los periódicos y, después de ejercer como burócrata, vendedor en La Merced y maestro en una escuela de mujeres, se dedicó por entero a la literatura. Durante su periodo de becario del Centro Mexicano de Escritores, sus tutores fueron Salvador Elizondo y Juan Rulfo. A partir de entonces protagonizó una carrera literaria genial con la que se ganó a numerosos lectores. Publicó más de quince libros entre poesía, cuento y novela, algunos traducidos a distintas lenguas y de los cuales yo recomiendo con el mayor entusiasmo: Casi nunca, Una de dos, absolutamente todos sus cuentos y, claro está, su obra cúspide Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. En 1992 recibió el Premio Xavier Villaurrutia y, en 2008, el Premio Herralde de Novela. Sada trabajó hasta el final de sus días en una escritura gozosa que ahora, en manos de nosotros, atenúa el vacío que dejó su muerte, ocurrida el 18 de noviembre del 2011.

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Lo que más frecuentemente se dice de Sada es que fue un autor raro, pero importante. Se rumora que su literatura es norteña, costumbrista, del desierto, barroca, piporresca… Lo cierto es que su pluma fue una de las más originales de la literatura mexicana. Lo más notable es el estilo. En él lo que salta a la vista –o al oído- es el ritmo híbrido de su prosa, un fraseo comandado por un narrador tanteador aficionado a la seducción tramposa basada en el coqueteo auditivo: carterista del lenguaje callejero con escaño en la Academia, un narrador entrenado en la juglaría, con los bolsillos llenos de humor y un léxico que sube y baja en las escalas de los cultismos y los usos taimados del habla popular. Su prosa está fundada en la métrica de la poesía, y la puntuación ayuda a este fin: la recurrencia de los dos puntos tienen la función de un silencio en la música. La primera historia de Ese modo que colma, su último libro de cuentos, para no ir más lejos, está escrito en verso, y es la reelaboración del famoso corrido “Rosita Alvírez”, cuyos intérpretes más conocidos han sido, entre otros, El Piporro y Antonio Aguilar, exponentes notables de la tradición corridística mexicana, cuyo linaje literario hunde sus raíces en el romance español, con la utilización del octosílabo como fundamento estructural de su forma musical. “Ese cuento tiene su métrica, y yo quisiera que se leyera como un corrido”, comentó Daniel Sada acerca de “El gusto por lo bailes”.

En un escenario literario que privilegia la levedad lingüística y el mercantilismo, la apuesta de Sada fue arriesgada por su rareza. Su estilo narrativo exige una atención detenida por parte del lector. No es que sus textos sean difíciles, como sí sucede con su poesía: versos de lenguaje áspero y puntuación pedregosa, sino que la estructura y los cauces lógicos del narrador son tan originales que impiden la pereza lectora, la del público que sale limpio de los libros. Aquí es pertinente mencionar otro cuento, el titulado “Atrás quedó lo disperso”, texto que trata sobre la literatura complicada y que puede considerarse una especie de poética en la que se transparentan las influencias y filiaciones del autor: Guimarães Rosa, James Joyce, Carlo Emilio Gadda y toda una corte de artistas que han hecho de la narrativa una compleja construcción estilística que, como se dice en el cuento, “lo mismo podía seducir que poner irascibles a los pobres lectores”. Y Sada se suma a ellos con dignidad, pues como dice Rafael Lemus, su obra cuenta con un “Mérito mayor: ser un estilo. Sada es eso: una prosa, un ritmo, una manera de especular sobre el lenguaje”, y por lo tanto, una forma de ver el mundo, un sistema conceptual, sintáctico y gramatical inconfundible que impone una lógica en los lectores, una estructura de pensamiento compleja y juguetona que envuelve y convence.

Quizá por eso, cada vez que se intenta definir a Sada, se incurre en asociaciones peregrinas, como la que hizo Carlos Fuentes al decir que su estilo es una mezcla de Góngora y Cantinflas, o en clasificaciones simplistas como las que afirman que sólo escribió “literatura del norte o del desierto”. Yo diría que si su obra se ha calificado como rara, se debe a una proliferación de escritores que han abandonado la reinvención del lenguaje literario y que han hecho olvidar que es deber de todo narrador la creación de un estilo propio, capaz de explotar todas las capacidades del idioma con una sencilla finalidad: contar historias con absoluta libertad y total sentido de la aventura, “ahondando”, como se lee en un cuento de Sada, “en lo más improbable” de la palabra y el alma humanas.