Que chingue a su madre el que dicrimine


WOLDENBERGComo en el Vícam Switch luchamos por la diversidad y el respeto a los otros, por la no descriminación y por darle al regionalismo (tan inevitable) un sesgo no derogativo (no efensivo, para los que no entiendan), tomamos (sin permiso) este artículo de José Woldenberg sobre el tema. Léalo con mucho detenimiento, por favor hoy (19 de octubre) que es el día contra la discriminación.

El hábito de la discriminación

José Woldenberg
Reforma. 18 Oct. 2012


Discriminamos porque discriminamos. Porque es natural, porque así lo aprendemos de nuestro entorno, porque siempre encontramos un motivo, porque no soportamos las diferencias o porque la existencia de las mismas nos sirve para desplegar nuestro poder. No descubro nada. La discriminación vive con nosotros como muchos otros hábitos. No es algo excéntrico, difícil de documentar o extraño. Por el contrario, impregna las relaciones sociales, las preside, las modela.

Desde los chistes misóginos, las caricaturas de los homosexuales que con tanta eficacia explotan los “cómicos”, la “sabiduría popular” enferma de racismo (“no tiene la culpa el indio…”), el grito del “respetable” cada vez que el portero contrario va a despejar (puuuuuto), que pasan como fórmulas relajientas y humorísticas, hasta el maltrato a los diferentes, sea por el color de la piel, el status social, la extranjería, y súmele usted, son expresiones de un resorte más que aceitado: el que supone que unos son superiores a otros y por ello tienen el derecho de ofender, marginar o perseguir. Total, discriminamos porque discriminamos.

Ciertamente hay grados. No es lo mismo un chiste que una agresión física, pero todo acto discriminatorio se alimenta de una pulsión: la supuesta supremacía convertida en desprecio. La prepotencia como fórmula para guardar distancias y fijar jerarquías. Lo que a su vez se nutre de una sociedad profundamente desigual, en donde los individuos se identifican quizá con los de su clase, trabajo, escuela, barrio, familia, pero no con el resto a los que observan con distancia y resquemor. Esas desigualdades impiden la construcción de un “nosotros” incluyente y fomentan una constelación de grupos, grupitos y grupotes segregados del resto. Vivimos envueltos en una red espesa de discriminaciones mutuas.

Por ello, el Conapred ha diseñado una buena iniciativa: convertir el Día Nacional contra la Discriminación, que se celebra el 19 de octubre, en una fecha disparadora de una campaña permanente para prevenirla y eliminarla. Lo primero, dicen, es hacerla visible. Porque, en efecto, la discriminación se ejerce de forma inercial, rutinaria. No sacude, no escandaliza. La vemos como algo natural: el tipo que no deja entrar a un joven a un antro por su “facha”, al hombre al que se aísla por ser portador de VIH, los desplazados de sus comunidades por motivos religiosos, son apenas ejemplos de la usual discriminación.

Mucho se avanzaría si en ese terreno la escuela y los medios de comunicación hicieran su tarea. La primera como el espacio de socialización por antonomasia donde los niños tienen su primer contacto con aquellos otros que no son ya de su familia. En sus aulas, laboratorios, canchas, pasillos, los niños deberían ser vacunados contra las prácticas discriminatorias. Por su parte, los medios, volcados a la diversión (o lo que ellos entienden por diversión), deberían intentar erradicar de sus rutinas aquellas expresiones y fórmulas que de alguna u otra manera reproducen estereotipos denigrantes, vejatorios, discriminatorios. (Vuelvo a leer el párrafo y me siento como un predicador naif).

Leszek Kolakowski decía que “nuestro universo mental… está formado de estereotipos… (Es decir) generalizaciones casi empíricas que surgen espontáneamente y que, una vez afirmadas en nuestra mente, son casi imposibles de cambiar a la luz de las experiencias subsiguientes”. Las mujeres son… Los indígenas son… Los gays son… Los judíos son… Y si a continuación lo que se le ocurre son una serie de adjetivos, está usted generando un estereotipo (bueno o malo es otra cosa). Está convirtiendo grupos humanos masivos y contradictorios, en donde seguramente se encuentra de todo, inteligentes y brutos, audaces y medrosos, trabajadores y flojos, corteses y patanes (y sígale usted), en monolitos simplificados, es decir, estereotipos. Y cuando esos estereotipos son denigratorios estamos frente a un problema mayor. Porque como afirmaba LK “los estereotipos son indispensables para nuestra seguridad mental… y tienden a perpetuarse sin que la experiencia los descalifique” (Libertad, fortuna, mentira y traición. Paidós. 2001). Y escribía algo más: cuando nos enfrentamos a evidencias que contradicen nuestros estereotipos, lo resolvemos por la vía corta de: “bueno, siempre hay excepciones”.

Visto así, a lo mejor la escuela y los medios podrían ayudar al combate de los estereotipos de grandes grupos humanos que por serlo no pueden ser reducidos a un listado de calificativos. Insisto de manera necia: suele haber de todo.

No obstante, el núcleo duro de la discriminación se encuentra no en la diversidad étnica, cultural, religiosa, ideológica, sexual, etc., per se, sino que esa se empalma con demasiada frecuencia con una marcada desigualdad económica y social. Y mientras ésta sea el caldo de cultivo en el que nos reproducimos, la diversidad (en teoría venturosa), que coincide con la desigualdad (económica), seguirá produciendo el aborrecible fenómeno de la discriminación.