Ha muerto el Profe Enciso, viqueño de Ciudad Guzman, Jalisco.


Enciso 1

Por Bardomiano Galindo López. El martes 28 de Agosto, ya tarde, recibí una llamada de mi hermano Gastón, cosa rara en él porque lo hacemos eventualmente. En esta ocasión el motivo de la llamada no era para saludar, sino para comunicarme el fallecimiento de su compadre, el profesor Gilberto Enciso, resultado de un cáncer que le duró dos años hasta que causó el sensible deceso de nuestro querido profesor.

Agradecí la llamada y le pedí a mi hermano que le transmitiera mi pésame a Anita y a sus hijos, el Memín y el Cachorro (como les decía su padre), hoy ya hombres adultos y de bien.

A medida que avanza la edad y que empiezan a fallecer los amigos, uno se pone a reflexionar sobre la muerte. Me puse a pensar en el profesor, en las tantas veces que junto con Anita recibió a mi padre en su casa –Jefe, le decía él– para tomar café y leer el periódico. Eran tan frecuentes esas visitas que el Memín le decía Tata. Siempre agradecí ese gesto del profesor y de Ana.

Gilberto Enciso Gómez nació un 1 de Septiembre de 1950 en un pequeño pueblo llamado Puerta de Cofradía, del municipio de Zapotlán El Grande, Jalisco, con cabecera en Ciudad Guzmán. Sus padres fueron Rodolfo Enciso Cárdenas (†) y doña Carmen Gómez Blanco, que vive todavía aunque con precaria salud. Fue el tercero de cinco hijos: Rodolfo, Gonzalo, Gilberto, Elva Mar y Yolanda, de los que sobreviven sólo Gonzalo y Elva.

Egresó de la Escuela Normal de Ciudad Guzmán en el año de 1971. Luego, la SEP lo envío a Hermosillo a donde llegó después de un viaje de más de 30 horas en camión. Decía que lo primero que hizo fue comer unos tacos en El Cochinón, que seguramente le supieron a gloria, aunque el siempre se quejó de la falta de higiene del lugar.

La cabra siempre tira al monte, y el profsor por sus altas calificaciones le tocaba escoger dónde querían trabajar. Dijo que lo más al sur que se pudiera, para estar lo más cerca posible de Jalisco, y lo asignaron a Vícam, donde se quedó para siempre. Volvería con cierta frecuencia a su tierra, pero sólo de visita.

Ya en Vícam lo motivó la curiosidad de trabajar con niños yaquis, que incluso no hablaran castellano. Estuvo Vícam a punto de sufrir la desgracia de que el profesor regresara a su tierra ipsofacto (pepso dem, como diría el Panchito Ramírez) ya que al llegar tuvo un comité de bienvenida no del todo halagador. Resulta que nuestro querido Brígido Jara (el Naylon), al ver al desconocido, empezó a mirarlo amenazadoramente al tiempo que se pasaba un dedo por el cuello en esa inequívoca seña de muerte, al tiempo que le enseñaba su placa de sheriff del condado de Vícam y puntos circunsvecinos. El profesor se la tomó en serio y realemnte pensó que el sheriff lo mataría.

Su primer punto de trabajo fue Compuertas, donde no se hablaba ni una gota de español. Fue allí muy bien recibido por don Lucio González, que fue su amigo hasta su fallecimiento. Después pidió su cambio a Vícamy aquí vivió hasta poco antes de su fallecimiento.

El profesor Enciso fue de los pocos que dió clases en las dos escuelas acérrimas rivales de aquella época: la Kino y la Buitimea. En 1978 entró a trabajar en la secundaria técnica, donde fue subdirector y se jubiló en el año 2003. Su primera época viqueña va de la amenaza de que le cortarían el cuello a su matrimonio con Ana María Martíenez Tadeo el 16 de Agosto de 1975 y del cual nacieron Carlos Gilberto (Memín) y Carlos Orlando  (el Cachorro).

Cuenta Anita que la idea del profesor Enciso era casarse sólo por el civil, sin fiesta ni iglesia. Sin embargo, la respuesta de doña Martina, su futura suegra, fue contundente. “Si no te vas acasar con una gallina –le dijo–, te vas a casar con una señorita decente.” Lo mandaron a buscarse otra novia y él tuvo que ceder. Luego Nacho Martínez Tadeo tuvio que convencer a su mamá para que dejara casar a su hermana con aquel profesor. Al fin se casaron por todas las leyes con una rumbosa fiesta en el casino de Vícam. De ahí en adelante suegra y yerno se llevaron muy bien.

Enciso combinaba sus labores como docente, con las de comerciante. En distintos momentos, vendió tacos de cabeza en el puesto de tacos de carnitas que tenía mi primo Gelasio Galindo Pérez, a un lado de la gasolinera; vendió perfumes, semillas, sembró trigo, fue un comerciante jaliscience en tierras de yaquis. Cuando fue maestro en la secundaria, aproximadamente cada dos años hacía una especia de excursión a Tucson, Arizona, y se llevaba a un grupo de muchachos de la escuela. Allá, hacían una especia de tour cultural, iban a universidades, visitaban museos, parques, y se diviertían con nuestro querido profesor.

Mi padre, Don Bardo, tuvo especial predilección por él, sólo por debajo de la que le prodigó al Pancho Árabe. En 1976, todavía sin acabar yo la preparatoria, Enciso convenció a mi padre de que me dejara viajar con él al curso de Nivelación Propedéutica en la Normal Superior del Estado de Nayarit. No fue fácil, pero partimos de Vícam una noche de finales de junio seguro de que el profesor me inscribiría en un curso que requería preparatoria terminada.

Llegando a Tepic rentamos una casay luego fuimos a tramitar mi ingreso, cosa muy difícil, hasta lo logró y me inscribí. Iban con nosotros el profesor Nacho Gómez y otro profesor cuyo nombre no recuerdo.

En cierta ocasión, durante la preparatoria fuimos a una conferencia y yo hice un comentario mostrando mucha inseguridad. Cuando salimos, Enciso me tomó del brazo y me dijo: “Nanito, en este mundo hay dos clases de gentes, las que se atreven a hacer las cosas con conocimiento de causa y las que las hacen nomás por seguir a los que dirigen. Las primeras estudian y se preparan; las segundas, no. No seas de las segundas”.

Además de fan del beisbol de las grandes ligas, Enciso también era un estusiasta jugador de basquetbol, quizá menos bueno de lo que él mismo creía, pero lo compensaba con un gran apoyo cuando uno jugaba con él. A instancias del profesor Rubén Alfaro, practicamos este deporte y ya en la preparatoria lo seguiamos haciendo. En alguna ocasión, el profesor no estaba en ningún equipo y convenció a al profesor Valenzuela, al Cochito Ochoa y a mí para que formáramos un equipo. Perdimos todos los juegos, excepto uno que se lo ganamos al equipo de Alfredo (el Embudo), que hizo el coraje de su vida porque nosotros eramos prácticamente los coleros del torneo. En ese juego nos reímos tanto y por tan poquitas cosas que nos pareció que la vida era bella y sin problemas.

En Vícam fue asaltado tres veces. La primera en la Casa de Piedra en compañía de Juan de Dios Enriquez y de Nafarrate; la segunda, afuera de su casa, y la tercera en las tierras. Fue mala suerte porque entonces el índice de delincuencia en Vícam era bajísmo.

Cuando el Memín y el Cachorro iban a terminar la secundaria, el profesor compró una casa en su natal Ciudad Guzmán. La idea era que estudiaran allá la preparatoria y ellos mismos trasladar su lugar de residencia. Si Yucatán no pudo retener a los yaquis, Jalisco no los iba a atraer. No se quisieron ir y la casa se tuvo que vender.

Sus amigos predilectos fueon Gastón, mi hermano, y Fernando Jara. También tuvieron lugar especial en sus preferencias los doctores Sergio Ponce y Jorge Astorga. Anita fue la mujer de su vida, el pilar y el contrafuerte del profesor. Ella enfermera con más de 30 años de servicio (como doña Martina, su madre), lo asistió en sus años de padecimientos más dolorosos. Nunca se quejó y siempre mantuvo viva la esperanza, hasta cuando Nacho Martínez Tadeo, su cuñado, le llevó a un doctor cubano para que le intentara detener el avance el cáncer terrible que le atacó.

Cuando le detectaron el cáncer, el profesor y Anita cambiaron su forma de vida y abrazaron una religión que les ayudó a sostenerse. Nada de eso, sin embargo, cambió las amistades del matrimonio ni las querencias de la gente para con el profesor porque en Vícam (y quizá donde sea) no es la religión lo que te hace un ser querido o no. Eso siempre lo supo Gilberto.

Durante más de 30 años, Gilberto Enciso y su familia fueron a la Playa del Sol cada Semana Santa. Eso los convierte en el pionero de esos paseos que muchos viqueños practican. Mostrada acendrado amor por la tierra que vió formar una familia, nacer a sus hijos, hacer amigos y perderlos y volverlos a hacer. Vivir, pues.

Seguro que hay miles de anécdotas sobre el profesor Enciso, y sin duda mejor contadas, pero dejemos algunas para platicarlas en el festival cultural del Vícam Switch en noviembre. Por lo pronto, vaya este pequeño homenaje para mi amigo el profesor Gilberto Enciso Gómez, un hombre que Jalisco nos regaló.