Porqué es tonta la gente inteligente


KAHNEMANHemos tomado esta nota de Jonah Lehrer de The New York Times (el único periódico en el mundo que se vende tanto como el Vícam Switch) y la hemos traducido al español (no lo hicimos al yaqui nomás porque sería demasiado) para compartir con ustedes el resultado de investigaciones que buscan demostrar que el ser humano está lejos de ser tan racional como quisiéramos. Esta nota la hemos puesto también en la edición impresa, pero la destacamos aquí por la importancia que según nosotros tiene. Además, insertamos al final las cinco leyes de la estupidez humana de Carlo Cipolla tomadas del blog de Jesús Silva Hersog Márquez. Que las disfrute.

He aquí una cuestión aritmética simple: un bate y una bola cuestan un dólar y diez centavos. El bate cuesta un dólar más que la bola. ¿Cuánto cuesta la bola? La inmensa mayoría de la gente rápida y confiadamente insiste que la bola cuesta diez centavos. Esta respuesta es al mismo tiempo obvia y errónea. (La respuesta correcta es cinco centavos por la bola y un dólar y cinco centavos por el bate).

Por más de cinco décadas, Daniel Kahneman, ganador del Premio Nobel de Economía y profesor de psicología en Princeton, ha estado haciendo estas preguntas y analizando nuestras respuestas. Su experimento simple desarma y ha cambiado profundamente lo que pensamos del pensamiento. Mientras que los filósofos, los economistas y los científicos sociales han supuesto por centurias que los seres humanos son agentes racionales –la razón fue nuestro don prometeico– Kahneman, el viejo Amos Tversky y otros, incluyendo a Shane Frederick (quien desarrolló la pregunta sobre el bate y la bola), demostraron que no somos ni de cerca tan racionales como nos gusta creer.

Cuando la gente enfrenta una situación incierta, no evalúa cuidadosamente la información o no consulta las estadísticas relevantes. En lugar de eso, sus decisiones dependen de una larga lista de atajos mentales que a menudo la llevan a tomar decisiones tontas. Esos atajos no son un camino más rápido para hacer matemáticas; son el camino para saltarse por completo las matemáticas. Preguntándosenos sobre el bate y la bola, olvidamos nuestras lecciones de aritmética y en su lugar por defecto damos respuesta que requiere el menor esfuerzo mental.

Aunque Kahneman is ahora ampliamente reconocido como uno de los más influyentes psicólogos del siglo veinte, su trabajo ha sido rechazado por años. Kahneman recuenta cómo un eminente filósofo americano, después de enterarse de su investigación, rápidamente se alejó diciendo: “No estoy interesado en la psicología de la estupidez”.

Resulta que al filósofo le salió al revés. Un nuevo estudio en la Revista de Personalidad y Psicología Social conducido por Richard West, de la Universidad James Madison, y  Keith Stanovich, de la Universidad de Toronto, sugiere que  en muchas instancias la gente más inteligente es más vulnerable a esos errores de pensamiento. Aunque asumimos que la inteligencia es un amortiguador en contra de ese sesgo –esa es la razón por la que aquellos con más altos puntajes en el Examen de Aprovechamiento Escolar (SAT en inglés) creen que son menos propensos a esos errores universales de pensamiento–  puede ser de hecho una sutil maldición.

West y sus colegas empezaron por darles un cuestionario a 482 estudiantes de licenciatura en el que diseñaron una variedad de problemas clásicos de sesgo. He aquí un ejemplo:

En un lago hay un área con un tapete de lirios. Todos los días el área crece al doble. Si se tardan 48 días en que el tapete cubra todo el lago, ¿cuánto tardará en que el área cubra la mitad del lago?

Su primera respuesta probablemente tome un atajo y divida la respuesta final entre dos. Eso lo lleve a decir que la respuesta es de 24 de días. Pero eso es falso. La respuesta correcta es 47 días.

West les dio también un acertijo que medía la vulnerabilidad subjetiva de algo llamado “sesgo de anclaje” que Kanhneman y Tversky habían demostrado en los setentas del siglo pasado. A los sujetos se les preguntó primero que si los árboles más altos del mundo eran mayores a X metros, donde X va de 25 a 300 metros. Luego se les pidió estimar la altura de los árboles más altos en el mundo.  Los estudiantes expuestos a una pequeña “ancla” –como 25 metros– adivinaron, en promedio, que los árboles más altos en el mundo eran de 35 metros. Dada un ancla de 300 metros, sus estimaciones se incrementaron en siete veces.

Pero West y sus colegas no estaban simplemente interesados en confirmar el sesgo conocido de la mente humana. En vez de eso, querían entender cómo esos sesgos se correlacionan con la inteligencia humana.  Como resultado, intercalaron sus pruebas de sesgo con varias medidas cognitivas, incluyendo el SAT y la Escala Necesidad de Conocimiento que mide “la tendencia de una persona a comprometerse en y disfrutar del pensamiento.”

Los resultados fueron muy perturbadores. Por una razón la autoconciencia no es particularmente útil: como dicen los científicos, “la gente que estuvo alerta de sus propios sesgos no estuvo mejor preparada para superarlos.” Esta conclusión no sorprendería a Kahneman quien admite en “Pensamiento, rápido y lento” (Thinking, Fast and Slow) que sus décadas de investigación innovadora han fallado en mejorar significativamente su propio desempeño mental. “Mi pensamiento intuitivo –escribió– es tan propenso al exceso de confianza, las predicciones extremas y a la planeación de falacias –una tendencia que subestima qué tanto tomará completar una tarea– como lo era antes de que yo hiciera los estudios de esos temas”.

Quizá nuestro sesgo más peligroso es que naturalmente suponemos que todos los demás son más susceptibles a cometer errores de pensamiento, una tendencia conocida como el “sesgo de punto ciego”. Este “meta-sesgo” está enraizado en nuestra habilidad para detectar errores sistemáticos en las decisiones de los otros –sobresalimos señalando los errores de los amigos– y en la incapacidad para detectar esos mismos errores en nosotros mismos. Aunque el sesgo de punto ciego no es en sí mismo un nuevo concepto, los artículos posteriores de West demuestran que es aplicable para cada sesgo bajo consideración, desde el anclaje hasta los así llamados “efectos de encuadre”. En cada caso, fácilmente olvidamos nuestras propias mentes, pero miramos duramente las mentes de la demás gente.

Y aquí está el asunto perturbador: la inteligencia parece empeorar las cosas. Los científicos dieron a los estudiantes cuatro medidas de “sofisticación cognitiva”. Como reportan en el documento, las cuatro mediciones mostraron correlaciones positivas, “indicando que más participantes cognitivamente sofisticados mostraron mayores sesgos de punto ciego.” Esa tendencia se sostiene para muchos de los sesgos específicos, indicando que la gente más inteligente  (al menos como lo mide el puntaje del SAT) y aquellos más propensos a embarcarse en deliberaciones son ligeramente más vulnerables a los errores mentales comunes. La escolaridad tampoco salva de eso; como Kahneman y Shane Frederick lo notaron primero hace muchos años, más del cincuenta por ciento de los estudiantes de Harvard, Princeton y MIT dieron respuestas incorrectas al problema sobre el bate y la bola.

¿Qué explica este resultado? Una hipótesis provocativa es que el sesgo de punto ciego surge debido a la falta de coincidencia entre cómo evaluar a los otros y cómo nos evaluamos nosotros mismos. Cuando consideramos las decisiones irracionales de un extraño, por ejemplo, estamos forzados a apoyarnos en información de comportamiento; vemos sus errores desde fuera, lo que nos permite vislumbrar sus errores sistemáticos de pensamiento. Sin embargo, cuando evaluamos nuestras propias malas decisiones, tendemos a embarcarnos en una elaborada introspección. Escrutamos nuestras motivaciones y buscamos razones relevantes; lamentamos nuestros errores con los terapeutas y rumiamos las creencias que nos condujeron por mal camino.

El problema con este enfoque introspectivo es que las fuerzas impulsoras detrás de los errores –las raíces de nuestra irracionalidad–  son muy inconscientes, lo que significa que permanecen invisibles para el autoanálisis e impermeables a la inteligencia.  De hecho, la introspección puede en realidad formar parte del error, cegándonos de aquel proceso primario responsable de muchos de nuestras fallas de todos los días. Contamos historias elocuentes, pero esas historias pierden el punto. Entre más intentamos conocernos a nosotros mismo, menos entendemos en realidad.

Las cinco leyes de la estupidez humana

Por Carlo Cipolla:

Primera Ley Fundamental: “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”.

Segunda Ley Fundamental: “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”.

Tercera Ley Fundamental: “Una persona estúpida es la que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”.

Cuarta Ley Fundamental: “Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”.

Quinta Ley Fundamental: “La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado.”