¿Fraude, irregularidades o normalidad democrática?


SABADA CHECA

La elección presidencial no fue como lo habíamos esperado la gran mayoría de los mexicanos: limpia y transparente, con un triunfador claro e inobjetable y unos perdedores demócratas y responsables. La diferencia de votos entre EPN y AMLO fue de 3, 191, 281, una diferencia que debería ser contundente, pero el proceso está plagado de tantas irregularidades que le restan la certidumbre que esperábamos.

Ahora están los convencidos de que el movimiento progresista fue vencido por medio del fraude; los que piensan que el PRI ganó contundentemente y los que creen que habiendo irregularidades, éstas no son suficientes para modificar los resultados.

Nuestro equipo se hizo un conjunto de preguntas publicadas en la edición de internet del Vícam Switch, las más importantes de las cuales son: 1) ¿por qué Josefina salió a reconocer su derrota cuando el conteo ni había empezado?, y 2) ¿por qué los periodistas de Televisa y Milenio no mencionaron en ningún momento que la diferencia entre EPN y AMLO se estuvo cerrando de manera continua desde las 8 hasta la medianoche y sí, en cambio, conminaban continuamente al candidato de la izquierda a reconocer su derrota?

Para que Peña le ganara a AMLO, según la teoría del fraude, necesitó obtener al menos 3, 191, 282 votos de manera fraudulenta (un voto más que la diferencia). Si los hubieran comprado a 500 pesos cada uno, tendrían que haber gastado 1600 millones de pesos, cantidad que para el PRI no es un gran problema. O haber obtenido, de manera torcida un promedio de 22 votos por casilla, cosa que tampoco es imposible de alcanzar.

Por desgracia, de las dos cosas hay evidencias. Sobre la primera evidencia, la de compra del voto, véase el artículo de Josefina Quintero publicado en La Jornada  del 3 de julio (además de decenas de testimonios personales que nos han llegado). Sobre lo segundo, vea usted la foto que insertamos en esta entrega donde aparece una sábana de casilla donde el PRI tiene 81 y en el PREP aparece con 801. El equipo del Vícam Switch hizo un ejercicio de comparación y tenemos un conjunto de evidencias de que este no es el único “error” cometido.

Podríamos decir que el PRI cometió ambos tipos de fraude (ni modo, está en sus dinosaurios genes), pero que eso no modifica el resultado general. Puede ser, pero una cosa es cierta. No se le puede pedir a un candidato que respete los resultados cuando los que ganaron no respetaron el proceso. Es una inmoralidad. Un símil un tanto rústico es el siguiente: si a un litro de agua limpia, muy limpia le cae una partícula de heces fecales, nadie se la querrá tomar, por más que se nos diga que la partícula era muy pequeña.

Publicamos  aquí evidencias de todo eso, sólo evidencia, y un artículo de León Krauze donde propone un futuro para Lóepz Obrador.

Josefina Quintero

Periódico La Jornada

Martes 3 de julio de 2012

LA JORNADA

El temor a que se descubriera un fraude abarrotó las tiendas de la cadena Soriana. Centenares de personas provenientes de municipios del estado de México y algunas del Distrito Federal, que vendieron su voto a los candidatos de la coalición PRI-PVEM, canjearon la tarjeta Prepago que se les entregó por víveres y electrodomésticos. Dijeron que se habían enterado de que iban a cancelar los monederos electrónicos. Son fregaderas porque nosotros ya votamos.

Otra versión de que se cancelarían los saldos de las tarjetas fue que Martha Angón, candidata a la presidencia municipal de Nezahualcóyotl, estaba perdiendo. “Pero eso no es mi culpa. Yo si vi a La Gaviota que le alzó la mano a Peña; entonces sí sirvió”.

Desde el viernes por la noche, en los límites del Distrito Federal y el municipio de Nezahualcóyotl empezó la entrega de tarjetas, identificadas por cajeros de esa cadena de tiendas comolos vales que regaló el PRI para que Peña ganara.

El canje del voto en un principio sólo era por cien pesos, comentaron los poseedores. Pero la cantidad se incrementó conforme se acercaba el día de la elección. “Ayer –el domingo 1º de julio– ibas a la casilla, votabas, tomabas una foto a la boleta marcada en favor del PRI, la mostrabas y te daban la tarjeta”, manifestó Rocío Ugalde.

Al validar el saldo hubo buenas y malas noticias. Algunos tenían cantidades en sus tarjetas (monederos electrónicos Soriana) que no esperaban: 300, 500 y hasta 700 pesos. Algunos portaban hasta 20 tarjetas porque nos entregaban una por cada votante que lleváramos.

En la tienda Soriana ubicada sobre calzada Ignacio Zaragoza, a unos metros de la clínica 25 del Instituto Mexicano del Seguro Social, en la colonia Juan Escutia, delegación Iztapalapa, todo el día se observaron largas filas. Las molestias de los compradores habituales no se hicieron esperar, por la demora hasta de 60 minutos sólo para checar el saldo,porque ya se han reportado tarjetas sin fondos.

Empleados de la tienda refirieron que desde el viernes pasado el establecimiento ha sido abastecido de víveres para poder atender a los que mandó el PRI. Sobre los motivos de por qué enviaron a tanta gente, comentaron: “Pues vienen de Neza y les queda cerca; también está la de San Juan de Aragón, pero la tarjeta yo creo la pueden hacer válida en cualquier Soriana”.

Familias enteras llegaban a la tienda a surtir la despensa. Algunas sólo llevaron bolsas de frijol, arroz y aceite. Otras, cajas de cereal, paquetes con rollos de papel de baño. Hubo quien adquirió colchones o electrodomésticos.

En las filas en las cajas las conversaciones eran abiertas:¿Cuántas tarjetas te dieron? ¿Cuántos votos conseguiste? Ahora sí el PRI se puso al parejo, pues iba por la grande.

De acuerdo con encargados del servicio de atención a clientes de la tienda Soriana, la tarjeta que se canjea por víveres antes era utilizada para hacer pagos anticipados y abastecerse. Era conocida como tarjeta Prepago; sin embargo, ya se descontinuó y ahora hay un nuevo producto que se llama Mi Ahorro.

Prepago supongo que la sacaron por un acuerdo con la áreas gerenciales. Nosotros no sabemos cómo se hacen esos convenios, expusieron.

El Futuro de AMLO

Leon Krauze

Milenio. Julio 3, 2012

Los perdedores de una elección enfrentan un trago amargo pero indispensable: aceptar que hubo alguien mejor, más hábil, más querido, más popular. Deben, en suma, administrar la frustración de la derrota. A diferencia de la costumbre reciente, en la elección del domingo fuimos testigos de varios actos de dignidad democrática. Josefina Vázquez Mota, por ejemplo, ni siquiera esperó al conteo rápido del IFE: sabedora de su fracaso, decidió borrar cualquier sombra de duda y aceptó que no contaba con el favor del electorado. Cumplió, así, con el debido proceso democrático. Lo mismo hizo Gabriel Quadri, quien aceptó su propio descalabro, que en el fondo escondía un éxito deleznable: el registro para Nueva Alianza. Todos los otros actores de la competencia estuvieron, también, a la altura: el árbitro, el presidente en funciones, el ganador de la contienda. Todos, salvo Andrés Manuel López Obrador, quien volvió a optar por postergar la normalidad democrática del país. Estaba en su legítimo derecho: después de todo, en efecto, la última palabra no la tiene el conteo rápido ni el famoso PREP. Pero uno intuye que López Obrador sabe que ha perdido. Y sabe que su derrota ha sido más clara, más inobjetable que la de 2006. ¿Por qué, entonces, no quiso demostrar altura cívica? ¿Por qué, en su discurso del domingo, tomó el camino de la dilación, recurriendo de nuevo a la retórica de la conspiración (“la realidad es otra cosa”, “tenemos otros datos”, etcétera)? ¿Por qué prefiere, de nuevo, restar legitimidad a quien lo ha derrotado antes que comenzar, desde ahora, una oposición minoritaria robusta, pero leal?

Solo el propio López Obrador sabe las respuestas. Creo, sin embargo, que ha llegado el momento de sugerirle que libere a la izquierda mexicana del grillete que implica su personalísima persecución del poder. Hace algunos meses, López Obrador me concedió una larga entrevista. Fue una buena charla; llena, para mí, de descubrimientos. Al final le pregunté al candidato cómo me recomendaría, a su debido tiempo, explicarle a mi hijo de cuatro años quién ha sido López Obrador en la vida mexicana. “Un luchador social”, me dijo, con emoción. Me explicó que, en su cálculo más íntimo, es más importante el veredicto de la historia que la conquista de un cargo público. Le creí. Sé que López Obrador ha estudiado a fondo la historia de nuestro país, en la que quisiera figurar como un hombre que enarboló ideales y principios. Es un objetivo noble. Precisamente por eso me parece que debe hacer un examen de conciencia y poner de lado sus aspiraciones electorales futuras.

Digo lo anterior como un ciudadano huérfano. Hace años, en estas mismas páginas, me declaré un hombre de izquierda. Me repugna el capitalismo en su versión más rapaz. Creo en la libertad plena de las minorías. Respaldo el derecho de los homosexuales a contraer matrimonio y adoptar, así como el de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. Creo que el debate de la regulación de las drogas es impostergable. Soy, en suma, un votante natural de izquierda. Pero no soy lopezobradorista. Y no lo soy porque no creo que, en el fondo, López Obrador sea un hombre de conciencia liberal. Y tampoco lo soy porque he sufrido en carne propia la erupción de ponzoña verbal a la que, durante ya muchos años, nos han sometido los simpatizantes del lopezobradorismo. He visto cómo, con la venia absoluta de López Obrador, se han mancillado trayectorias cívicas e intelectuales que podrán ser cuestionadas desde una perspectiva ideológica, pero nunca desde su compromiso con un México mejor, más sano, más democrático. López Obrador nunca hizo algo para detener a los que sometieron a muchos a un abuso aberrante y cotidiano. En aquella entrevista, el candidato me explicó que toda esa virulencia, ese vómito ignorante, le parecía comprensible después de “lo que pasó en 2006”. Así, amparado en un mito, López Obrador se sentó a ver a la turba escupirle a los que, desde la reflexión honesta, estuvimos en desacuerdo con él. La agresión no me amedrenta, pero tampoco la olvido.

El futuro electoral de la izquierda ya no es Andrés Manuel López Obrador. Creo, por otro lado, que el hombre de Tabasco no debe irse a su famoso rancho; debe permanecer entre nosotros. Pero ya no debe encabezar un proyecto cuyo desenlace sean las urnas. Debe, en cambio, dedicarse a esa otra ambición: la del líder social. Si no lo hace, su lugar en la historia no solo se verá ensombrecido. Le ocurrirá algo peor: será recordado como un hombre que, en aras de la satisfacción narcisista, condenó a un país entero al encono y, peor aún, a la versión más pobre y estéril de la indignación.