Krauze, Said y Volpi: el voto útil


Como supusimos que muy pocos en las comunidades yaquis (si es que alguien) tiene acceso al Periódico Reforma, decidimos, después de acalorada discusión sobre los derechos de autor y su impacto como fuerza civilizadora, tomar estos tres artículos que usted no debería dejar de leer, sobre todo si está en proceso de decidir por quién votar el próximo domingo.

Una cosa sí le decimos: no ande usted anulando su voto, dejándolo en blanco o no yendo a votar porque eso sería apoyar (por negligencia) a lo peor de la política mexicana (ya muy saturada de peor). Así que, como dijera don Cruz Treviño Martínez de la Garza (encarnado por el magistral Fernando Soler en El Hijo Desobediente): “allá nos vemos en la arena electoral”. Sale y vale.

El Verdadero triunfador

Enrique Krauze

Junio 24, 2012

Cada seis años desde 1934, México ha elegido a un nuevo presidente. Somos un caso único de continuidad institucional en América Latina y nuestra primera prioridad debe ser seguir siéndolo. Si lo logramos cuando el gobierno organizaba las elecciones, con mayor razón lo haremos ahora que los ciudadanos contamos los votos.

Josefina

A una semana de los comicios, el candidato del PRI es quien tiene la mayor probabilidad de ganar. Si finalmente ocurre, será la decisión de las mayorías. Abundarán, por supuesto, teorías políticas, sociológicas, mercadológicas o conspiratorias que lo expliquen. Por mi parte, no celebraré el triunfo del PRI. Critiqué a ese partido en las calles del 68, lo critiqué sexenio tras sexenio en ensayos y libros, y no me ha dado ningún motivo para dejar de criticarlo ahora.

Aunque en sentido estricto la restauración del viejo sistema político es imposible (la división de poderes, la libertad de expresión, la ley y el instituto de transparencia, la integración ciudadana del IFE, la independencia del Banco de México, los organismos autónomos, la descentralización política, la creciente participación ciudadana, son todos hechos irreversibles), en el ADN de muchos priistas, sobre todo en los estados, municipios y sindicatos, persiste la vieja cultura clientelar. La corrupción de varios gobiernos priistas en los estados durante estos últimos sexenios ha sido descomunal y vergonzosa. Enrique Peña Nieto ha hablado de un PRI “renovado”, pero no ha explicado cómo desmontaría esas estructuras, prácticas e intereses. También ha dicho que promoverá algunas reformas necesarias. Pero dada la polarización de nuestra vida pública, aunque llegue a contar con una composición favorable en el Congreso, a Peña Nieto -con toda su telegenia- le costará mucho trabajo negociarlas. Los vicios del PRI tienen origen en su falta de autocrítica y de un compromiso creíble con la legalidad y la honestidad. Décadas de haberlo visto actuar en sentido opuesto, refuerzan el escepticismo.

El electorado parece dispuesto a sacar al PAN de Los Pinos. Después de años y años de “bregar eternidades” en el Congreso, el PAN no supo integrar equipos eficaces de gobierno. Por eso sus dos administraciones han adolecido de una marcada impreparación. La primera, de corte nepotista, se caracterizó por una frívola irresponsabilidad. A la segunda se le reclama haber suscitado, con su precipitación, una violencia que ha sido incapaz de frenar. En algunos estados y municipios, el PAN ha emulado al PRI y ha incurrido en prácticas flagrantes de corrupción. Con todo, es extraño que los nada despreciables índices de aprobación del Presidente no se hayan trasferido, así sea parcialmente, a la candidata del PAN. Quizá se deba al machismo. Es más probable que el rezago de Vázquez Mota se deba a las inconsistencias de su campaña, a su desencuentro con Los Pinos y al propio PAN: dividido, débil, falto de liderazgo y en seria crisis de identidad. En el remoto caso de una reversión inusitada en favor suyo, Josefina tendría que convocar a un gobierno de coalición.

La lógica de la alternancia apuntaba hacia la izquierda, pero teniendo la oportunidad de postular una mejor opción, la dejó pasar. No era López Obrador sino Ebrard. El primero predica la “refundación” de México, y se siente llamado por una instancia superior para “salvar” al pueblo mediante la sola emanación moral de su “apostólica” persona. Esta actitud -estoy convencido- es intrínsecamente autoritaria e incompatible con la vida democrática, porque concentra la vida pública en la relación hipnótica entre el líder y la masa. En cambio Ebrard representaba a la izquierda terrenal e institucional. Hay un axioma en los países de tronco ibérico: cuando la izquierda se moderniza, todo el espectro político se alinea. Ocurrió en la España de Felipe González y en Chile con Ricardo Lagos. Quizá hubiera podido ocurrir en México, pero con otro candidato. En el caso -improbable, no imposible- de triunfar el próximo domingo, López Obrador, micrófono en mano y con plaza llena, llevará el redentorismo al poder. En el caso de perder, si desconoce los resultados y se lanza a las calles, la izquierda enfrentará un dilema: o se entrega a un caudillismo suicida o busca su definitiva recomposición.

Porque creo que la limitación del poder es un axioma de la democracia, espero que los votantes presten igual atención a las elecciones legislativas. Ojalá que con su voto diferenciado eviten el “Carro completo” y así permitan la pluralidad en ambas cámaras. Lo mismo cabe esperar para la Asamblea de Representantes. Por lo que hace a la Jefatura de Gobierno en el D.F., la buena gestión del PRD merece la continuidad.

Ante el gravísimo problema de la violencia, México hubiese necesitado un estadista que nos explicara si estamos “al comienzo del fin” o “al fin del comienzo”, y propusiera un rumbo: largo, difícil y penoso pero claro. Ninguno de los candidatos tiene remotamente esa dimensión.

Pero en cambio hay una nueva ciudadanía: alerta, crítica y participativa. Salta a la vista en los millones que han visto los debates, en los millones que irán a votar, en el millón que atenderá las casillas, en los miles que las vigilarán. Gane quien gane, el ciudadano será el verdadero triunfador el próximo domingo. Gane quien gane, del 2 de julio en adelante los ciudadanos debemos seguir acotando el uso autoritario del poder y el corrupto despilfarro del patrimonio público. Y gane quien gane, sabremos defender las instituciones democráticas que tanto trabajo nos ha costado edificar.

Voto razonado

Gabriel Said

Junio 24, 2012
Vicente Fox no fue el candidato presidencial del entonces jefe del PAN, Felipe Calderón. Seis años después, Calderón no fue el candidato del presidente Fox. Ni ahora Josefina Vázquez Mota es la candidata del presidente Calderón. Y, sin embargo, el PAN logró procesar sus diferendos. Es lo más parecido que tenemos a un partido moderno.

Peña

En cambio, en la tradición arcaica del PRI, el que se movía “no salía en la foto”; y los diferendos frente a la voluntad de arriba terminaban mal. El presidente De la Madrid impuso al candidato Salinas de Gortari, a costa de la ruptura que llevó a muchos cuadros a poner casa aparte en el Partido de la Revolución Democrática. A su vez, el presidente Salinas impuso al candidato Colosio, a costa de que lo mataran; y al candidato Zedillo, a costa de que, al llegar a presidente, se hablara de obligarlo a renunciar.

En el PRD, el caudillismo ha sido permanente, más que sexenal, en las distintas tribus y en la coalición, dominada primero por Cuauhtémoc Cárdenas y luego por el protegido que lo destronó: Andrés Manuel López Obrador. Marcelo Ebrard, a su vez protegido de López Obrador, no quiso o no pudo hacer lo mismo para imponerse como candidato presidencial. Ha sido lamentable para la alternancia democrática, porque pudo haber llegado a presidente; y lo deseable para el país no es la recaída en el PRI, ni la permanencia indefinida del PAN, sino la alternancia entre un partido de derecha moderada y un partido de izquierda moderada.

Al Gore hubiera sido un mejor presidente de Estados Unidos que Bush, y estuvo a punto de serlo en las elecciones del 2000. Hasta se habló de irregularidades (en Florida, donde gobernaba otro Bush) que “le robaron” la presidencia. Pero Gore se negó a que el país pagara el costo de prolongar la incertidumbre, y aceptó su derrota. En cambio, López Obrador no aceptó su derrota en 2006, y decidió que la incertidumbre, los bloqueos de calles y cualquier costo semejante para el país se justificaban, porque lo importante era impedir la presidencia de Calderón; o, cuando menos, ensuciarla y estorbarla, ya que el “presidente legítimo” era él. Ahora que vuelve a ser candidato a la presidencia y parece haber cambiado de actitud, no ha logrado borrar la desconfianza de millones de votantes.

El PAN ha sido un buen partido fuera del poder: mucho mejor que en el poder. Tenía la imagen del niño bueno pero inepto para la acción práctica, y ha resultado más práctico de lo que se esperaba, pero no tan niño bueno. No tenía, ni tiene, suficientes cuadros competentes y decentes para gobernar; lo cual hubiera sido secundario, de tener mano dura contra la corrupción, empezando por la de su propia gente en el poder. Pero no se ha distinguido por eso (que era su ventaja competitiva), frente a los demás partidos. Se ha ganado unas vacaciones fuera del poder, y más aún al presentar candidatos impresentables como Fernando Larrazabal. El PRD no se queda atrás, cobijando a Dolores Padierna, Martín Esparza y Manuel Bartlett. Ni el Verde ni el Panal, donde Elba Esther Gordillo se cobija a sí misma con un candidato presentable.

Se comprende el pesimismo de los que sienten (como en el antiguo régimen) que no estamos preparados para la democracia; y que es mejor la presidencia absoluta. Pero no hay que ser tan pesimistas, ni olvidar las barbaridades de la presidencia absoluta. La democracia se hace lentamente y desde abajo, fuera de los partidos y fuera del Estado, construyendo una vida pública más autónoma y, en particular, organismos ciudadanos que obliguen a funcionar debidamente esta y aquella ventanilla, por lo pronto. La sociedad mexicana avanza desde hace décadas, y ahora lleva a rastras una clase política que estrena su libertad del yugo presidencial, la disfruta ampliamente y busca su interés antes que el interés público.

Hay que confiar en el avance social, más que en los partidos. Son poco respetables. Pero, como dicen los rancheros: “Con esos bueyes hay que arar”. El voto en blanco es una tentación legítima, pero no es una buena idea. Lo razonable es votar por los que estorben menos el desarrollo de la autonomía social. Esto descarta al PRI, con alguna rara excepción local donde el candidato haga la diferencia; y descarta al Panal, cuya mandamás tiene secuestrada la educación pública.

Tanto en el PAN como en el PRD hay buenos o aceptables candidatos. Para la jefatura del Distrito Federal, el candidato del PRD parece preferible a la candidata del PAN. Para la presidencia de la república es al revés. Josefina Vázquez Mota (a diferencia de Peña Nieto y López Obrador) no tiene recursos para intentar la restauración del presidencialismo, pero sí los tiene para enfrentarse al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y remediar el desastre educativo.

Las grandes centrales sindicales son reliquias de la presidencia absoluta, y pueden ser cimientos de su restauración. Tarde o temprano, la sociedad mexicana acabará domando esos dinosaurios que sofocan el desarrollo del país. Pero con los otros candidatos será más tarde que temprano.

Voto razonado

Jorge Volpi

Junio 24, 2012

Desde la primera vez que tuve la oportunidad de votar, nunca me había sentido tan frustrado ante una elección. En todas las ocasiones anteriores me animó un impulso, que casi me atrevería a llamar moral, a la hora de escoger. En 1988 y en 1994 voté por Cuauhtémoc Cárdenas, para mí la opción más clara para terminar con el autoritarismo y la corrupción del PRI. En el 2000 No dudé en apoyar a Vicente Fox por las mismas razones. En 2006 me decanté por Andrés Manuel López Obrador, el eficaz alcalde de la Ciudad de México, quien prometía combatir el que a mis ojos era -y aún es- el mayor problema del país: la desigualdad.
Quadri

Hoy, en cambio, ninguno de los candidatos despierta mi entusiasmo. Aun así, no pienso que anular mi voto o abstenerme contribuya a mejorar las condiciones del país. Jamás voté por el PRI, y no lo haré ahora. Más allá del historial del partido, aduzco otro argumento: pese a la sobreexposición de la que se ha beneficiado, nada sé de Enrique Peña Nieto. Bajo su retórica no he logrado descubrir una sola idea propia, un solo rasgo de carácter, un solo signo que me permita atisbar su personalidad, sus convicciones, su verdadero rostro. Lo veo y lo oigo y no consigo intuir quién se oculta detrás de su cuidada máscara. Ése ha sido su plan: colocarse, gracias a los errores de sus rivales y a su cercanía con los medios, como puntero en las encuestas. Y, una vez allí, resistir los embates sin jamás mostrarse tal cual es. Incluso si aparcara mi desconfianza hacia el PRI, no podría votar por un espectro.

Josefina Vázquez Mota me parece una mujer seria, eficaz, decidida. En la SEP intentó oponerse al control que Elba Esther Gordillo ejerce sobre la educación y por ello fue apartada del cargo. Confío en su honestidad y sus buenas intenciones. Por desgracia, sobrelleva un lastre imposible de obviar: la fracasada estrategia de seguridad del presidente Calderón. Los 60 mil muertos no son culpa exclusiva del gobierno, pero aplicar una estrategia a todas luces equivocada, que ha generado un inédito escenario de confrontación y violencia, sin tomar las medidas necesarias para corregirlo, no sólo es prueba de soberbia, sino de una falta de responsabilidad que debe ser castigada en las urnas. Si Vázquez Mota hubiese hecho explícito su rechazo a esta herencia y hubiese presentado una nueva estrategia sobre el tema, que contemplase discutir la legalización de las drogas -a mi modo de ver, la única salida-, le hubiese otorgado mi voto. Aunque sospecho que ella hubiese querido hacerlo, al final quedó atrapada en la maquinaria electoral del PAN.

Gabriel Quadri ha presentado el programa más inteligente y variado de los candidatos, pero tampoco podría votar por él. Su discurso liberal se halla al servicio de los intereses más anquilosados. Uno de los mayores problemas del país es la educación y yo jamás podría votar por quien ha sido corresponsable del estancamiento de miles de niños y jóvenes. Un voto por el Panal es un voto a favor de la inmovilidad y el atraso.

El López Obrador de 2012 no es, por desgracia, el López Obrador que gobernó la Ciudad de México. Tampoco el candidato del 2006. Si bien puedo comprender su rabia tras perder la elección por unos cuantos votos -debidos, en mi opinión, a la intervención ilegal de Fox y a la campaña orquestada en su contra por los medios-, su deriva poselectoral le hizo un enorme daño a la izquierda mexicana. El plantón en Reforma es lo de menos. Haber “mandado al diablo” a las instituciones y asumirse como presidente legítimo constituyó, en cambio, una enorme irresponsabilidad política. Desde hace unos meses ha querido moderar su discurso, pero su tozudez e intransigencia no dejan de generarme dudas.

AMLO

No obstante, será la opción que elegiré. No tanto por el propio López Obrador, sino por lo que representa: una vía de izquierda que, si continúa la senda emprendida por el PRD en el DF, defiende la agenda socialdemócrata en la que confío. Y, sobre todo, porque mi voto por AMLO es un voto por dos de las figuras públicas que lo acompañan: Marcelo Ebrard y Juan Ramón de la Fuente. El primero hubiese sido, en mi opinión, el mejor candidato que podría haber presentado la izquierda. Bajo su guía, la Ciudad de México se convirtió en uno de los lugares más avanzados del mundo en términos de derechos sociales y de minorías. Creo que, desde la secretaría de Gobernación, Ebrard podría articular una nueva política de seguridad que, contradiciendo la lógica de la guerra, lograría sacarnos del violento atolladero en el que estamos. Por su parte, el ex rector de la UNAM me parece la figura ideal para reformar nuestro sistema educativo, enfrentarse al poder de la Maestra y lograr que nuestros jóvenes reciban la formación de calidad que merecen para convertirse en ciudadanos críticos. Mi voto por López Obrador es, pues, un voto por el proyecto al que se han sumado De la Fuente y Ebrard.