AMLO EN TERCER GRADO: “LO MÍO ES UN APOSTOLADO”


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Por Alejandro Valenzuela

Votaré por Andrés Manuel López Obrador el próximo primero de julio y eso me anima a contribuir al debate sobre la personalidad más importante de la vida mexicana de la última década y que con mucha probabilidad gobierne a este país llevándolo por una senda distinta a la ensayada por el llamado neoliberalismo durante 30 años y con muy pocos buenos resultados.

Los que votarán por este candidato se dividen en tres grupos: primero, los incondicionales, que están convencidos del “cambio verdadero”, del carácter progresista del candidato e, incluso, de que es de izquierda, de su llamada “honestidad valiente” (repetida como si fuera excluyente de las demás honestidades); segundo, los que han decidido votar por él a través de un razonamiento más bien simple: si no votarían por los candidatos del PRI y del PAN (y mucho menos por el del PANAL), entonces elijo a aquel que es menos malo, que proviene de fuerzas políticas que todavía no han gobernado al país y que merecen una oportunidad. En tercer lugar están los aun indecisos que llegado el momento quizá voten por él nomás porque hay que votar por alguien y éste los “convenció” de ser diferente.

El debate sostenido por López Obrador en el programa Tercer Grado de Televisa tiene luces y sombras. Las luces: fue a la casa del lobo y le dijo sus verdades; se enfrentó a periodistas que yo no sé si son paleros de Peña Nieto o de Josefina Vázquez Mota, pero al menos se nota que son adversos a López Obrador y que tienen una muy mala opinión de él; se mantuvo sereno ante las críticas insidiosas e incluso las burlas; que tuvo, en fin, la oportunidad de mostrarse como un candidato muy diferente a los otros tres. Hasta aquí las luces.

Las sombras son muchas y preocupantes. Dejó en claro que a pesar del discurso amoroso, sigue siendo el mismo político agresivo e intolerante y con ideas muy controversiales en el tema de la democracia y las instituciones. Esas características se pudieron ver con claridad dada una estrategia que no es del todo criticable: que no deja hablar a sus interlocutores. Desde luego que el ambiente estaba encrespado porque las dos partes sabían lo que una pensaba de la otra. Se debe decir, desde luego, que conforme el programa avanzaba, los periodistas no encontraron nada mejor que reírse del invitado, lo que desde luego es una grosería imperdonable. Se puede resumir el programa en unas pocas palabras: la incapacidad de los entrevistadores para hacer de ese un buen programa (les ganaron las emociones y se dejaron llevar por la víscera) y la incapacidad del candidato de aprovechar esa enorme audiencia para ganar adeptos entre los indecisos. No sabemos todavía los resultados, pero es muy probable que habiendo consolidado el voto duro, haya aflojado el voto blando.

Tres son los tópicos que me preocupan y que estarán en la mesa de las discusiones durante los próximos días o, si gana, los próximos años: la agresividad del personaje, su intolerancia a las ideas ajenas y su visión crítica de la democracia liberal versus una alternativa de corte más bien autoritario.

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La agresividad. En ese ámbito de discusión, Tercer Grado, había dos jugadores esencialmente irrespetuosos, pero ante escenarios muy distintos. Los periodistas ya gozan de una fama pública (buena o mala, depende de quién la evalúe) y su comportamiento allí, fuera el que fuera, no tendría costos demasiado elevados. El candidato está construyendo su triunfo (o su derrota) en cada una de sus acciones. Su comportamiento allí tendría ganancias y costos. La estrategia de cualquier jugador racional sería maximizar las ganancias y minimizar los costos. En ese sentido, la agresividad era muy costosa para López Obrador y de manera incomprensible se le vio muy irrespetuoso. Cuando le mostraron los números donde ellos mostraban que habían sido equitativos, él les hubiera tomado la palabra, les hubiera agradecido la equidad y hubiera aprovechado eso para apropiarse del rumbo del programa. En cambio, salió con sus números fantasmas, que hay que creérselos porque lo dice él. Quizá sea cierto que el número de minutos de televisión se ha repartido de manera equitativa, pero lo que cuenta es la calidad de ese tiempo. Si los minutos para Peña Nieto son elogiosos y los de AMLO son críticos y descalificadores, entonces el tiempo es el mismo, pero no es igual.

Él sabía que le preguntarían por Bejarano, Ponce, Mandoki y Hellmund y en lugar de estructurar las respuestas apropiadas (por ejemplo, decir que ya había discutido en privado con los dos últimos lo de los seis millones de dólares, pero que no iba a abordar ese tema en público porque era una trampa evidenciada por la edición de la grabación), se puso terco con eso de su honestidad. Armando Fuentes Aguirre dice que Groucho Marx solía decir que cuando escuchaba a alguien afirmar que era muy honesto lo primero que hacía era contar los cubiertos de la mesa. Fue tanta su necedad que dos de los periodistas, Víctor Trujillo y Denisse Maerker, le reclamaron eso, pero no fue capaz de ofrecer una disculpa.

Empecinarse en eso fue una mala estrategia (quedó la imagen de terquedad, no la de honestidad) porque, raro en México, la gente no tiene una idea de él como persona deshonesta, como tampoco la tiene del Presidente Calderón. Coherente con su empecinamiento, les dijo textualmente que trabajaban para Peña Nieto y él, que siempre pide pruebas de todo, no las dio. Yo también sospecho que esos periodistas, basados en sus preferencias e intereses (¿es eso criticable?), son paleros del PRI, pero no tengo pruebas y por eso no lo digo. Me gustaría que el hombre por el que voy a votar aporte las pruebas necesarias de cada afirmación que haga.

Se vio, pues, amenazante. Los entrevistadores querían sacarle a fuerzas una declaración de que respetaría el resultado de las urnas el primero de julio, pero lo condicionó a una entelequia: los ciudadanos, y dejo la impresión de que su desconfianza en el IFE es solamente una estrategia para justificar el conflicto postelectoral en caso de derrota.

Perdió los estribos y ese “serénate” que le espetó a Adela Micha se oyó como aquel “ya cállate, chachalaca” de la pasada elección. Ese exabrupto fue en extremo costoso porque siendo Adela una periodista muy menor, sin ideas propias, se vio agresivo e intolerante.

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La intolerancia. En una ocasión, Luis Mandoki estaba dando una conferencia en la Universidad de Sonora, a la que asistí. A cada frase más o menos bien lograda, el auditorio le regalaba unos aplausos muy estruendosos. En medio de aquella euforia, yo (imprudente) levante la mano y le dije a Mandoki que ningún político tiene derecho a tutelar la felicidad de los demás, sobre todo porque está demostrado que la felicidad no está relacionada con el nivel de ingresos. Le dije que me parecía peligroso porque el político se abrogaba el derecho de interpretar qué es lo que ocasiona mi felicidad. A diferencia de sus repuestas a los demás (que le endilgaban felicitaciones al por mayor), a mí me contestó con un lacónico “es su opinión” (es decir, cero debate sobre un asunto crucial). Bueno, pues allí en Tercer Grado, López Obrador fue prolijo en afirmaciones del tipo “es mi opinión” mientras que reviraba con la exigencia de pruebas y acusaba de calumnia sin ningún recato. López Obrador no tiene que aportar pruebas  porque él tiene la misión de pontificar. Lo mío, dijo sin inmutarse, es un apostolado. A confesión de parte, relevo de pruebas: cuando uno anda en un apostolado no se detiene en pequeñeces como las pruebas. Basta “la palabra” para justificar cualquier cosa.

Por ejemplo, en relación a las pruebas, Loret de Mola le dijo que el promedio de las encuentas no lo daban como ganador y él dijo que tenía su propia encuesta. ¿Quién la hizo, con qué metodología? Sepa, porque hay que creerle que él tiene una encuesta donde va cuatro puntos arriba de Peña Nieto. Luego el mismo periodista le dijo que de acuerdo con datos del INEGI la pobreza en el DF se había mantenido durante su gestión como jefe de gobierno y López Obrador le reviró diciendo que mentía el INEGI y que él tenía sus propios datos. ¿Qué significa en el fondo salir siempre con “sus propios datos”? Significa, ni más ni menos, que las cosas son como yo digo y si opinas lo contrario es porque estás mal y seguramente vendido.

Negó la corrupción en el gobierno del DF (cosa que personalmente me consta y en círculos muy cercanos al actual candidato a la jefatura de gobierno del DF) y sacó lo de la cárcel de Bejarano y Ponce. Aquí los periodistas no se vieron muy sagaces que digamos porque entonces habría que preguntarse quién puso en esos puestos a esos hombres tan baquetones y sinvergüenzas. Se vieron lentos porque no le cuestionaron que el primer círculo de su equipo esté formado por lo peorcito del priismo: Manuel Camacho, Ricardo Monreal,  Manuel Bartlet, Arturo Nuñez, José Guadarrama y los Bejarano.

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Lo antidemocrático. Denisse Maerker le preguntó que si qué pensaba de una persona neoliberal movida por el amor a México. Se extravió hacia donde le dio la gana, pero no respondió. No respondió porque nunca va a admitir que tiene sobre las instituciones y sobre la democracia una opinión muy negativa y que para él las únicas instituciones válidas serán las que él impulsaría y la única democracia que le merece respeto es la que él llama “democracia participativa”. Esa convicción tiene un defecto y un sentimiento.

El defecto es que no comprende la complejidad de la sociedad humana. Esa complejidad no es nueva, pero con la globalización se ha agudizado a tal grado que ahora, por ejemplo, los dictadores tienen que gobernar con cinismo porque todo se sabe y no tienen manera de ocultar sus crímenes. No comprender esa complejidad lleva, como a López Obrador y sus seguidores más fieles negar las indudables ventajas de la democracia representativa. Esa democracia, la liberal, no es perfecta, pero es lo mejor ante opciones mucho más imperfectas. Tampoco significa que no se pueda mejorar. Por ejemplo, se puede optar por la reelección de presidentes municipales, diputados (locales y federales) y senadores para acabar con la opresiva dictadura de los partidos (nomás con la dictadura, no con los partidos porque éstos, en una sociedad moderna, son imprescindibles). Otra medida es la reducción de las prerrogativas de los partidos y el incremento del porcentaje de votos necesarios para recibirlas para acabar con la formación de negocios familiares enriqueciéndose del erario. Otra más es la reducción sustantiva de las cámaras, para empezar de los plurinominales hasta dejar esos órganos del estado en tamaños mínimos. En fin, se podrían aprobar mecanismos como el referéndum, el plebiscito, las iniciativas de ley por parte de comunidades, etc. Sin embargo, la única evidencia que se tiene de lo que Andrés Manuel López Obrador tiene de la democracia participativa es la mano alzada para que el líder tome las decisiones que le dé la gana. En el programa referido el invitado solamente dijo que “hay mecanismos” para instrumentarla, pero no dijo cuáles.

El sentimiento de las posiciones en contra de la democracia liberal es que el común de la gente (no los altos mandos de los partidos postulantes de AMLO ni del movimiento Morena, que bien que han vivido del presupuesto público), la gente común, digo, se ha sentido excluidos de esa democracia. En general, la democracia no arregla los problemas de la distribución del ingreso y en sociedades con altos índices de pobreza la gente se siente excluida con razón. En el orden de las prioridades, las de la panza son más urgentes que las del espíritu. En ese sentido, amplios sectores de la población encuentran aceptable un poco menos de libertad a cambio de un poco más de bienestar. Si eso prende, entonces existe el caldo de cultivo donde se incuban sentimientos muy autoritarios. Es en este sentido que se debe interpretar el “apostolado” de Andrés Manuel. Tanto excluye “su” verdad a todas las demás que para él si gana otro candidato sería resultado de “masoquismo colectivo”.

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Colofón. No hablo de los otros candidatos, Enrique Peña Nieto y Josefina Vázquez Mota, porque, en primer lugar, no voy a votar por ellos y considero que sería un gran desatino del pueblo mexicano votar por ellos y, en segundo lugar, porque los dos partidos que representan esos candidatos, el PRI y el PAN, ya han estado en el poder con los desastrosos resultados que ya sabemos (los dos únicos méritos del presidente Calderón han sido su tolerancia y la lucha en contra del crimen organizado ya que es por lo menos una hipocresía condolerse por el 95% de los 60 mil muertos que la violencia ha generado).  Hablo de López Obrador porque he decidido, sin ser ni de lejos un incondicional (ni mucho menos uno de esos incondicionales que suelen agredir amorosamente a los que divergen), votar por él. Este personaje ya ha gobernado, y muy mal por cierto, en el DF, pero debemos admitir que aquel gobierno estuvo siempre bajo el asedio de los poderes del estado en manos todos de adversarios suyos.

Quisiera que el candidato que merecerá mi voto tuviera la civilidad de asumir su triunfo, si triunfa, con humildad y que acepte también su derrota, si pierde, con honorabilidad. No me agrada que desde ahora empiece a preparar el escenario para no reconocer los resultados si no se ajustan a sus deseos. El mito del fraude (es un mito porque a estas alturas es imposible saber si hubiera ganado sin la intervención de Fox y los empresarios) sale ahora como una entelequia que sirve de justificación. Yo tuve acceso a una muestra aleatoria de casillas en el 2006 y del análisis que realicé no se podía concluir que hubo fraude… Sin embargo, a pesar de eso, voy a votar por López Obrador porque suscribo íntegras las palabras, vuelvo a citarlo, de don Armando Fuentes Aguirre publicadas el 7 de junio, un día después de la trasmisión de Tercer Grado: “Advierto que el ánimo de la Nación está hoy por hoy con López Obrador. Escucho por dondequiera expresiones que favorecen al candidato perredista. Aun en labios de personas que podrían decirse conservadoras, de derecha, oigo decir que se debe dar a AMLO una oportunidad, pues tanto el PRI como el PAN tuvieron ya la suya, y ha llegado la hora de un cambio verdadero que lleve a México por caminos nuevos. Muchos votantes juzgan que López Obrador ganó la elección pasada, y que fue víctima de un fraude que en esta ocasión se debe compensar. A tal grado advierto ese deseo de cambio que creo que si AMLO pierde la elección muchos mexicanos, sobre todo de las nuevas generaciones, caerán en la frustración, en el desánimo; se apoderará de ellos un sentimiento de desesperanza que los llevará a pensar que México está condenado a seguir en un statu quo del cual nunca ya podrá salir. Esa percepción fortalece a López Obrador y lo está acorazando contra  los ataques de sus adversarios. AMLO es ahora lo que Peña Nieto parecía ser hace apenas unas semanas: Invulnerable. El tabasqueño puede ahora decir o hacer cualquier cosa: Todo lo que haga o diga le será celebrado y aplaudido. Ya se ha visto cómo el asunto del pase de la charola no lo afectó nada. Si en el próximo debate electoral Josefina y Peña Nieto, unidos, se lanzan contra él, lo fortalecerán aún más, pues los electores pensarán que PAN y PRI han trabado secreta alianza para liquidarlo. A la hora en que escribo esto no ha tenido lugar aún el encuentro de López Obrador con los analistas del programa Tercer Grado. Si le fue bien será un triunfo muy estimable para él; si le fue mal no importará, pues sus partidarios asegurarán que fue víctima de un compló de las televisoras. Vuelvo a decirlo a modo de conclusión o corolario: El ánimo de la Nación favorece hoy por hoy a López Obrador. Si ese ánimo se traduce en votos el resultado de la elección será muy diferente del que al principio de las campañas se auguraba con plena certidumbre. Y es que en política lo único cierto que hay es que todo es incierto”.