Decreto de Infancia


Para ti, Jana: que los adultos no te convenzan
Todos, en algún momento de nuestras vidas, somos niños con canas. ¿Qué significa esto? Que nuestros padres, maestros y compañeros nos obligan a entrar de lleno a la vida adulta, es decir, a convertirnos en viejos prematuros. Recuerdo un caso memorable: el de Holden Caulfield, protagonista de la novela El guardián entre el centeno (1951), de J.D. Salinger, quien confesaba: “a veces hablo y actúo como si fuera más joven de lo que soy […] Ahora tengo diecisiete y, a veces, parece que tuviera trece, lo cual es bastante irónico porque mido seis pies y dos pulgadas y tengo un montón de canas”. Esa descripción que el autor pone en boca de su personaje no es casual, sino que ilustra concisamente el tema principal del libro: la falta de correspondencia entre el aspecto físico y la actitud de Holden; la coerción social que lo obliga a comportarse como un adulto por su cuerpo y edad, a pesar de que él quiere seguir siendo un niño. El guardián entre el centeno es, en este sentido, la magistral exposición narrativa de un fenómeno social al que se le presta poca atención: la imposición autoritaria de las edades en la vida de los seres humanos. Al leerlo e identificarme de cierta manera con su protagonista, surgieron en mí algunas preguntas que quisiera compartir con ustedes: ¿Quién me puede explicar de manera sensata por qué en algún punto de su existencia a una persona se le deja de tratar como a un niño y luego como a un joven? ¿Por qué a los pequeños se les prepara gradual, arbitraria y casi subliminalmente para engrosar las filas de la madurez? ¿Por qué la vida adulta está indisolublemente relacionada con el trabajo y la falta de sinceridad? ¿Por qué todos le aconsejan a Holden que estudie y que madure? ¿Por qué la vida hace que seamos niños con canas?
Si uno se pone a pensar en los motivos de envejecimiento espiritual, en las cosas que tarde o temprano contaminan la inocencia de los niños, inevitablemente se concluye que las obligaciones son las responsables. Imaginemos un mundo en el que no existiera el trabajo ni la escuela (por definición: el paraíso): la humanidad viviría en un estado de feliz infancia perpetua. Imaginemos un mundo gobernado por los niños en el que en lugar de Constitución y reglamentos, un texto maravilloso como la “Apología de la pereza”, del escritor británico Robert L. Stevenson, rigiera el comportamiento de las sociedades. Stevenson dice: “La mal llamada pereza, que no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios dogmáticos de la clase dirigente, tiene tanto derecho a hacerse valer como la laboriosidad”. Entonces armar rompecabezas, platicar con los amigos, andar en bicicleta, contemplar las nubes, besarse y caminar sin rumbo por las calles serían actividades igual de respetables que trabajar en un despacho de arquitectos durante una extenuante jornada de ocho horas. De esa manera, a nadie le podrían salir canas prematuras producidas por el estrés, y la decrepitud sería sólo un efecto de la naturaleza y el tiempo no causada por preocupaciones fabricadas que dañan la salud y el vigor de las personas ocupadas, pues “Estar extremadamente ocupado, ya sea en el colegio o la universidad, en la iglesia o el mercado, es síntoma de una vitalidad deficiente”, afirma Stevenson.
Lamentablemente, el mundo está en manos de los adultos, y cualquier intento de infancia en personas mayores de doce años está mal visto. Las aventuras de Holden Caulfield demuestran lo difícil que es sobrevivir en el mundo de los grandes cuando se tiene espíritu infantil. Él es un chico problemático al que han expulsado de numerosas escuelas. Lo terrible de su historia es que nadie lo comprende: los que quieren ayudarlo se limitan a darle consejos y recriminaciones, pero nunca se molestan en preguntar las verdaderas razones de su conducta inadaptada. Todos quieren que estudie, que se comporte como un joven responsable, pero no sospechan que la buena conducta y la responsabilidad que promueven son, muchas veces, el camino directo a la infelicidad. “No es que me importe mucho, pero también es un rollo que le estén diciendo a uno todo el tiempo que a ver si se porta como corresponde a su edad. A veces hago cosas de gente mayor, en serio, pero de eso nadie se da cuenta. La gente nunca se da cuenta de nada”, dice Holden. ¿A qué se refiere con esas cosas de las que nadie se da cuenta? A los asuntos y actitudes relacionados con una postura ética que para los demás no parece importante: por ejemplo, a él le molesta que los adultos se fijen sólo en el dinero y que sean hipócritas y malvados con su prójimo: una de las razones por las que se escapó de la escuela fue que sus compañeros eran capaces de maltratar a alguien sólo porque tuviera acné y fuera pobre. La conducta rebelde de Holden sirve como denuncia contra una sociedad que valora más las buenas calificaciones y la educación para el trabajo que la justicia que sólo un niño ve. Detrás de la anécdota de la novela late una pregunta: ¿Es correcto que un infante pierda su visión inocente del mundo en aras de la laboriosidad?
Al final, después de haber huido de su colegio y de pasar en soledad un par de días en Nueva York, donde vive una serie de experiencias desafortunadas, Holden decide buscar a su pequeña hermana Phoebe porque tiene deseos de platicar con ella, que es una niña inocente y lo puede comprender. El diálogo que sostienen es quizá lo más emotivo del libro, pues él no espera que también su hermanita lo amoneste: Phoebe le dice a manera de regaño: “-No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada”. Él se siente triste y confundido, pero le responde que le gusta platicar con ella e imaginar cosas, a lo que Phoebe le contesta: “eso no es nada […] Dime por ejemplo qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué”. Holden, al cabo de un rato, dice: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los salvo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.

A mi parecer, la declaración de Holden es uno de los pasajes más hermosos de la literatura universal. Sus palabras significan el anhelo de que la humanidad no se corrompa más por las ambiciones y las malas costumbres que el precipicio de la vida adulta ofrece disfrazadas de respetabilidad y madurez. Holden es el representante de un largo linaje de utopías cuya finalidad es la de erradicar el trabajo injusto, la violencia y la hipocresía. Su vocación es un decreto de infancia que deberíamos tener en cuenta siempre. Pero, ¿cómo seguirlo? ¿Cómo convertirnos en guardianes entre el centeno? ¿Cómo protegernos a nosotros mismos de la rutina y la obligación? La tarea se adivina ardua, sin embargo hay muchas pequeñas cosas que aún nos pueden salvar del abismo de la adultez: detalles que mucho tienen que ver con el juego y la felicidad. Puede sonar exagerado o ridículo, pero conservar el gusto infantil por los cuentos es una estrategia efectiva para combatir el abrumador estrés que la vida moderna impone a las personas maduras. Leer una novela o un ensayo de Stevenson es una medicina que rejuvenece a cualquiera. Leer en voz alta El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es una manera de mantener un saludable ánimo infantil en el corazón. (A propósito de cuentos, los mejores, desde mi punto de vista, son los que nos divierten, pues como dice Holden: “Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír un poco de vez en cuando”. ¡Cuánto hemos disfrutado y rejuvenecido nosotros, los lectores del Vícam Switch, con el humor del gran Neftaly Osuna Reyna…!). Porque disfrutar de una buena historia, leída o escuchada en boca de un amigo, nos provoca la dulce sensación de que todavía, y a pesar de los problemas y el trabajo agotador, “La infancia es”, como dijo el filósofo francés Gaston Bachelard, “ciertamente más grande que la realidad”.

Tres niños de amor y paz

Por si acaso usted no leyó este bello texto en la edición impresa del Vícam Switch, la ponemos a su alcance por este medio aprovechando que se acerca el Día del Niño. Ojalá que disfrute la magistral pluma de Diego Enrique, que mes con mes nos deleita en la página 11 del periódico con el análisis de los tópicos de mayor interés vistos desde la literatura.

Para ti, Jana: que los adultos no te convenzan

Todos, en algún momento de nuestras vidas, somos niños con canas. ¿Qué significa esto? Que nuestros padres, maestros y compañeros nos obligan a entrar de lleno a la vida adulta, es decir, a convertirnos en viejos prematuros. Recuerdo un caso memorable: el de Holden Caulfield, protagonista de la novela El guardián entre el centeno (1951), de J.D. Salinger, quien confesaba: “a veces hablo y actúo como si fuera más joven de lo que soy […] Ahora tengo diecisiete y, a veces, parece que tuviera trece, lo cual es bastante irónico porque mido seis pies y dos pulgadas y tengo un montón de canas”. Esa descripción que el autor pone en boca de su personaje no es casual, sino que ilustra concisamente el tema principal del libro: la falta de correspondencia entre el aspecto físico y la actitud de Holden; la coerción social que lo obliga a comportarse como un adulto por su cuerpo y edad, a pesar de que él quiere seguir siendo un niño. El guardián entre el centeno es, en este sentido, la magistral exposición narrativa de un fenómeno social al que se le presta poca atención: la imposición autoritaria de las edades en la vida de los seres humanos. Al leerlo e identificarme de cierta manera con su protagonista, surgieron en mí algunas preguntas que quisiera compartir con ustedes: ¿Quién me puede explicar de manera sensata por qué en algún punto de su existencia a una persona se le deja de tratar como a un niño y luego como a un joven? ¿Por qué a los pequeños se les prepara gradual, arbitraria y casi subliminalmente para engrosar las filas de la madurez? ¿Por qué la vida adulta está indisolublemente relacionada con el trabajo y la falta de sinceridad? ¿Por qué todos le aconsejan a Holden que estudie y que madure? ¿Por qué la vida hace que seamos niños con canas?

Si uno se pone a pensar en los motivos de envejecimiento espiritual, en las cosas que tarde o temprano contaminan la inocencia de los niños, inevitablemente se concluye que las obligaciones son las responsables. Imaginemos un mundo en el que no existiera el trabajo ni la escuela (por definición: el paraíso): la humanidad viviría en un estado de feliz infancia perpetua. Imaginemos un mundo gobernado por los niños en el que en lugar de Constitución y reglamentos, un texto maravilloso como la “Apología de la pereza”, del escritor británico Robert L. Stevenson, rigiera el comportamiento de las sociedades. Stevenson dice: “La mal llamada pereza, que no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios dogmáticos de la clase dirigente, tiene tanto derecho a hacerse valer como la laboriosidad”. Entonces armar rompecabezas, platicar con los amigos, andar en bicicleta, contemplar las nubes, besarse y caminar sin rumbo por las calles serían actividades igual de respetables que trabajar en un despacho de arquitectos durante una extenuante jornada de ocho horas. De esa manera, a nadie le podrían salir canas prematuras producidas por el estrés, y la decrepitud sería sólo un efecto de la naturaleza y el tiempo no causada por preocupaciones fabricadas que dañan la salud y el vigor de las personas ocupadas, pues “Estar extremadamente ocupado, ya sea en el colegio o la universidad, en la iglesia o el mercado, es síntoma de una vitalidad deficiente”, afirma Stevenson.

Lamentablemente, el mundo está en manos de los adultos, y cualquier intento de infancia en personas mayores de doce años está mal visto. Las aventuras de Holden Caulfield demuestran lo difícil que es sobrevivir en el mundo de los grandes cuando se tiene espíritu infantil. Él es un chico problemático al que han expulsado de numerosas escuelas. Lo terrible de su historia es que nadie lo comprende: los que quieren ayudarlo se limitan a darle consejos y recriminaciones, pero nunca se molestan en preguntar las verdaderas razones de su conducta inadaptada. Todos quieren que estudie, que se comporte como un joven responsable, pero no sospechan que la buena conducta y la responsabilidad que promueven son, muchas veces, el camino directo a la infelicidad. “No es que me importe mucho, pero también es un rollo que le estén diciendo a uno todo el tiempo que a ver si se porta como corresponde a su edad. A veces hago cosas de gente mayor, en serio, pero de eso nadie se da cuenta. La gente nunca se da cuenta de nada”, dice Holden. ¿A qué se refiere con esas cosas de las que nadie se da cuenta? A los asuntos y actitudes relacionados con una postura ética que para los demás no parece importante: por ejemplo, a él le molesta que los adultos se fijen sólo en el dinero y que sean hipócritas y malvados con su prójimo: una de las razones por las que se escapó de la escuela fue que sus compañeros eran capaces de maltratar a alguien sólo porque tuviera acné y fuera pobre. La conducta rebelde de Holden sirve como denuncia contra una sociedad que valora más las buenas calificaciones y la educación para el trabajo que la justicia que sólo un niño ve. Detrás de la anécdota de la novela late una pregunta: ¿Es correcto que un infante pierda su visión inocente del mundo en aras de la laboriosidad?

Al final, después de haber huido de su colegio y de pasar en soledad un par de días en Nueva York, donde vive una serie de experiencias desafortunadas, Holden decide buscar a su pequeña hermana Phoebe porque tiene deseos de platicar con ella, que es una niña inocente y lo puede comprender. El diálogo que sostienen es quizá lo más emotivo del libro, pues él no espera que también su hermanita lo amoneste: Phoebe le dice a manera de regaño: “-No te gusta ningún colegio, no te gusta nada de nada. Nada”. Él se siente triste y confundido, pero le responde que le gusta platicar con ella e imaginar cosas, a lo que Phoebe le contesta: “eso no es nada […] Dime por ejemplo qué te gustaría ser. Científico o abogado o qué”. Holden, al cabo de un rato, dice: “Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los salvo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.

A mi parecer, la declaración de Holden es uno de los pasajes más hermosos de la literatura universal. Sus palabras significan el anhelo de que la humanidad no se corrompa más por las ambiciones y las malas costumbres que el precipicio de la vida adulta ofrece disfrazadas de respetabilidad y madurez. Holden es el representante de un largo linaje de utopías cuya finalidad es la de erradicar el trabajo injusto, la violencia y la hipocresía. Su vocación es un decreto de infancia que deberíamos tener en cuenta siempre. Pero, ¿cómo seguirlo? ¿Cómo convertirnos en guardianes entre el centeno? ¿Cómo protegernos a nosotros mismos de la rutina y la obligación? La tarea se adivina ardua, sin embargo hay muchas pequeñas cosas que aún nos pueden salvar del abismo de la adultez: detalles que mucho tienen que ver con el juego y la felicidad. Puede sonar exagerado o ridículo, pero conservar el gusto infantil por los cuentos es una estrategia efectiva para combatir el abrumador estrés que la vida moderna impone a las personas maduras. Leer una novela o un ensayo de Stevenson es una medicina que rejuvenece a cualquiera. Leer en voz alta El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, es una manera de mantener un saludable ánimo infantil en el corazón. (A propósito de cuentos, los mejores, desde mi punto de vista, son los que nos divierten, pues como dice Holden: “Lo que más me gusta de un libro es que te haga reír un poco de vez en cuando”. ¡Cuánto hemos disfrutado y rejuvenecido nosotros, los lectores del Vícam Switch, con el humor del gran Neftaly Osuna Reyna…!). Porque disfrutar de una buena historia, leída o escuchada en boca de un amigo, nos provoca la dulce sensación de que todavía, y a pesar de los problemas y el trabajo agotador, “La infancia es”, como dijo el filósofo francés Gaston Bachelard, “ciertamente más grande que la realidad”.