El Agua Reflejo


Foto: Armando Sánchez tomada a la orilla de un canal de las comunidades yaquis.

Foto: Armando Sánchez tomada a la orilla de un canal de las comunidades yaquis.

Como un intento de destacar lo que en el Vícam Switch se produce, hemos comenzado a poner en este sitio los algunos de los textos que aparecen en la edición impresa. En esta ocasión ponemos de nuevo la colaboración de Diego Enrique Rodríguez porque, en nuestra opinión, es un destacado escritor joven, muy joven. Estamos disfrutando, y con nosotros nuestro público, de las colaboraciones de este muchacho de gran talento, por lo menos antes de que nos lo piratee el Letras Libres, Nexos o algún medio mejor… El tema que ahora toca el Diego, de gran oportunidad en el momento presente y en Sonora en particular, es el problema del agua visto, como todo lo que hace él, desde la literatura. Que lo disfrute.

El agua reflejo

Por Diego Enrique Rodríguez Landeros

A las nubes, caprichosos avatares del agua

Uno de mis momentos favoritos del cine mexicano coincide con una de las acusaciones más famosas que se le ha hecho al agua: en la película El Ceniciento (1951) se ve a Tin-Tan lavando ropa en un patio de vecindad mientras canta una canción. Entra Andrés Soler, cayéndose de borracho: “Tú me vas a tener que mantener cuando sea viejo”, dice el borrachín. “¿Más?… No se preocupe, yo le daré sus chopas y pura agua para beber”, contesta Tin-Tan. “¡No me menciones esa bebida incolora, insípida e intrascendente!”, sentencia el otro, y le ofrece un trago de la botella que guarda en su pantalón. Tin-Tan acepta, pero la bebida le parece tan fuerte que la escupe. Cuando el líquido expulsado toca el piso, produce una explosión: ¡bang! “No te asustes, es gasolina rebajada con éter; es que se me acabó la loción”, dice Andrés Soler.

“Incolora, insípida e intrascendente”, tres adjetivos con los que se califica al agua que me hacen recordar un curioso poema medieval cuya composición, o copia,  data del siglo XIII. Me refiero a Razón de amor con los denuestos del agua y el vino, que se puede leer en el libro Antigua poesía española lírica y narrativa (siglos XI-XIII), de Manuel Alvar, publicado por Editorial Porrúa. El poema empieza con el encuentro de dos enamorados en un bello huerto. Cuando se van, llega al jardín una paloma blanca con un cascabel atado a la pata, y se dirige a las ramas de un granado, donde están acomodados un vaso de agua y uno de vino. El ave, con un golpe de su ala, vierte el contenido de un recipiente sobre el otro, y provoca un insólito diálogo entre el agua y el vino. Éste, enojado porque el agua se ha mezclado con él, la insulta. Ella le responde que él no tiene virtudes suficientes para reclamarle nada, pues hace que los hombres se vuelvan locos e imprudentes. La respuesta que obtiene del vino es contundente: “no sé de otra más asquerosa. Sueles limpiar calles […] lavar pies y manos y limpiar muchos trapos manchados y, hasta que te conviertes en lodo, sueles mezclarte con el polvo. Mientras que a mí siempre me tienen recogido, guardándome dentro de buenas cubas […] y, como dice el Evangelio, de mí sale el cuerpo de Jesucristo”. Esta última razón parece ser la definitiva, el argumento que vence al agua y le obliga a decir: “Así, Don Vino, por caridad, ¡cuánto sabes de la divinidad!”.

Chuscas e ingeniosas, las dos acusaciones al agua que he citado pertenecen a la esfera del arte. En la vida práctica, sin embargo, nadie negaría la superioridad del agua pura. Sin ella no hay vida. Sin ella surge el miedo. Y el miedo es la máscara de la muerte. Digo esto movido por las espeluznantes cosas que se han publicado los últimos días en los medios de comunicación: nuestro país vive una de las peores sequías de su historia, el ganado y la siembra se echan a perder, en algunos lugares las personas no cuentan con el líquido necesario para sus necesidades básicas. Este texto es un homenaje, una petición de conciencia ciudadana: el agua, además de necesaria, es bella: hay que cuidarla. La relación que ésta y el hombre han tenido va más allá del consumo. En cualquier religión, su simbolismo se refiere a la creación del universo. Mircea Eliade, el famoso teórico de la historia de las religiones, dice: “Principio de lo indiferencial y de lo virtual, fundamento de toda manifestación cósmica, receptáculo de todos los gérmenes, las aguas simbolizan la sustancia primordial de la que nacen todas las formas […]”. El mundo, antes de ser creado, era agua: “No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apacible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia”, se lee en el primer capítulo del Popol Vuh, fragmento que equivale al Génesis bíblico. Asimismo, el bautismo cristiano simboliza la muerte y el renacimiento espiritual por medio de ese líquido: “Simbólicamente el hombre muere a través de la inmersión y renace purificado, renovado; exactamente como Cristo resucitó de su tumba”, comenta Eliade. Y lo básico que no se olvida: el agua quita la sed, limpia la suciedad, cura las heridas, apaga los incendios. De ninguna manera es intrascendente: muchos dicen que es sagrada.

¿Quién no ha sosegado su corazón con la contemplación del agua? ¿No  te parece curioso, lector, que la gente se detenga largo tiempo en la orilla de un río, de un lago, de un canal o del inmenso mar con los ojos perdidos en la superficie ácuea? El agua y el fuego, a pesar de sus diferencias radicales, tienen una cosa en común: atrapan la mirada de los hombres. Las virtudes magnéticas y casi esotéricas de aquélla las expuso Herman Melville en el primer capítulo de Moby Dick al observar que en Nueva York, ciudad insular, “Plantados como centinelas silenciosos por toda la ciudad hay millares y millares de mortales absortos en ensueños del mar”. ¿En qué piensan esos mortales? No lo sé, pero por las experiencias que he tenido cada vez que voy a Mazatlán y me siento en el malecón a contemplar el océano Pacífico, podría asegurar que piensan en ellos mismos, en su vida, quizás en su muerte. Eso me pasa a mí y, por algunos comentarios de gente cercana, supongo que a todos también. El agua es algo parecido a un espejo en el que los seres humanos contemplamos nuestros conflictos existenciales. Al ver un río, por ejemplo, surgen reflexiones como la que escribió el famoso poeta español Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, /que es el morir”. Si el agua da la vida y calma nuestra sed, ¿cómo no habría de producir trascendentales meditaciones en quien la observa?

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Posdata. El veintidós de marzo es el Día Mundial del Agua. Más allá de las buenas intenciones que acompañan a fechas como ésa y a textos como éste, la realidad es alarmante, y no debe ser ignorada: la mayoría de los ríos, de los lagos y de los mares están contaminados. ¿Puedo hacer yo algo para evitarlo? En realidad muy poco. Sin embargo, una cosa es importante: darse cuenta de que uno es parte del problema, que si el agua está contaminada es porque los hombres la contaminamos o, peor, porque nosotros, en el fondo, estamos contaminados. Recuerdo a un personaje rarísimo que Agustín Yáñez inventó en su novela Ojerosa y pintada: el filósofo que se dirigía con frecuencia a un sitio pestilente para pensar: la orilla del río de aguas negras de la ciudad de México. El filósofo decía: “Contemplar las aguas negras es como leer apasionadamente las páginas del Apocalipsis, como descifrar cada uno de sus símbolos para leer el pasado, el presente y el futuro de la humanidad […] si todos vinieran de cuando en cuando a verse retratados, a contemplar sus vidas en las aguas negras, y se pusieran a reflexionar, otra sería la historia de la ciudad […]”. La versión moderna del mito de Narciso es aterradora.