El Tong mexicano


Por Diego Enrique Rodríguez Landeros

DRAGON CHINO

Hubiera preferido una patada voladora, pero la realidad sólo ofrece fayuca. El 23 de enero fui a celebrar al barrio chino de la ciudad de México el comienzo del año del dragón. Vi cuatro dragones de fantasía que se pavoneaban al ritmo de unos tambores violentos. Todo parecía dar vueltas. Lo más gracioso fue que los que no eran chinos se comportaban como tales: no dejaban de tomar fotos, como dicen que hacen los turistas de ese país. Mientras todo eso pasaba, yo no podía dejar de imaginar que en la parte trasera de esos restaurantes, alrededor de una mesa, entre el humo de cigarrillos y de pipas de opio, un grupo de mafiosos asiáticos con bigotes largos jugaban a las cartas mientras negociaban el precio de contrabandos ilegales o, peor aún, mientras planeaban cruentas venganzas contra enemigos que, del otro lado del océano Pacífico, quizás en Taiwán, hacían exactamente lo mismo. Sentí una profunda emoción. Lo que más desee en ese momento fue presenciar una de esas peleas con las que el cine representa a los chinos. Lamenté que seres como Jackie Chan sólo existieran en las películas. La realidad, en ocasiones, decepciona. Miré a mi alrededor: el barrio chino de esta ciudad es ridículo: una diminuta calle en la que, si bien venden comida cantonesa, lo que abunda es la fayuca ofrecida a muy bajo costo por hombres de ojos rasgados que hablan con el más puro acento chilango: “Lleve su dragón de la fortuna a diez pesos”. Los chinos me debían una patada voladora.

Borges dijo: “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”. Yo diría que es la historia de unos cuantos estereotipos. Los pueblos y razas del mundo desfilan ante nuestros ojos con el disfraz que los extranjeros les han otorgado. El estereotipo que se tiene de los chinos es uno de los más variados e interesantes. ¿En qué se piensa cuando alguien dice “China”? Yo, simple como soy, pienso en dos cosas: mafia y kung-fu, ingredientes imprescindibles en las películas de acción. Los sinólogos, es decir los que estudian la cultura y la lengua de ese país, seguramente dirían que ese pensamiento es ingenuo, y que tenerlo es igual de estúpido que afirmar que en México todos somos aztecas o charros parecidos a Pedro Infante. Para evitar cualquier reclamo, diré que este texto no es un artículo antropológico ni histórico. Lo que quiero es recuperar mi imagen favorita y ficticia de los chinos, la que me hubiera gustado ver el pasado 23 de enero. Los estereotipos se vuelven más llamativos mientras más ficcionales sean, mientras mayores dosis de fantasía se requieran para su invención. O reinvención. Pienso en algunos ejemplos de la literatura mexicana actual en los que se muestran versiones de la mafia china en México. Quizá resulten más excitantes que la realidad. A continuación los presento a manera de los avances cinematográficos que anuncian los estrenos próximos. Usted, lector, elija el que más le guste.

Ojos de lagarto (2009), de Bernardo Fernández, Bef, es el primer ejemplo. Se trata de una novela complicada, con muchos personajes extravagantes (constructores de vías de ferrocarril, paleontólogos, un mamut vivo, el sultán de la isla de Johor, el presidente mexicano Abelardo Rodríguez, un niño que en realidad es una niña, un veterinario viudo cuya ocupación es la de estafador, un espía fracasado…). Los lugares donde ocurren los hechos también son variados: el Congo, Alejandría, California, Sinaloa, Singapur, Connecticut, Chicago, Hamburgo. Sin embargo, el plato fuerte del libro se desarrolla durante la década de 1920 en una ciudad mexicana donde nada es lo que parece: Mexicali. Ahí vive un anciano chino llamado Pi Ying, dueño del contrabando de alcohol y droga que se lleva a Estados Unidos. Debajo de esa ciudad se encuentra otra, la Chinesca, un mundo subterráneo donde centenares de chinos viven ajenos a la vida mexicana: hablan en su idioma, tienen sus propios negocios, nunca salen a la superficie. Muchos túneles de la Chinesca llevan a territorio gringo, y sirven para transportar el contrabando. En uno de ellos, el viejo Pi Ying esconde un secreto extraordinario que le quieren arrebatar ambiciosos traficantes. De dicho secreto se dice en la novela: “Toda la grandeza, todo el esplendor de China y su cultura estaba ahí, encarnados en las dos bestias que parecían gozar al ser contempladas por Fong y su amo”. ¿Qué se esconde en la Chinesca? ¿Cuál puede ser la posesión más valiosa de un mafioso chino? ¿Será un dragón? Dejo al lector que descubra las respuestas…

El segundo ejemplo es Sangre de familia (2011), la nueva versión que Juan José Rodríguez escribió de su novela Asesinato en una lavandería china. Una muerte misteriosa y una llamada por teléfono son los detonantes para que Alejandro Medina, un joven de veintiún años, se vea de pronto inmerso en el convulso mundo nocturno del puerto de Mazatlán, un mundo cuya existencia permanece oculta para la mayoría de la población. En el Hotel Iguana Azul y en centros nocturnos de mala nota, se trafica con droga. Lisandro, descendiente de los primeros chinos del puerto, implicado en el negocio de la cocaína, sabe que un asesino persigue a su familia. Una venganza antigua, consecuencia de las traiciones perpetradas en una hermandad de criminales hace muchos años en el barrio chino de San Francisco, en California, se cierne sobre ellos. Para complicar las cosas, Lisandro y los suyos guardan un secreto que pronto será descubierto: no sólo son chinos mafiosos, sino también vampiros. Es así como, en calurosas noches de lluvia, escondiéndose tras puestos de mariscos, Alejandro Medina protagoniza persecuciones en las que el crimen organizado chino, los vampiros y un villano llamado Carlos Goldoni, atentan contra su vida. En esta novela el lector encontrará diálogos que van de la plática popular tropical a la exposición sumaria de la historia universal del vampirismo, escenas de exaltado sexo adolescente, balaceras al estilo de Hollywood y un curioso lenguaje que unas veces deslumbra y otras arranca una sonrisa maliciosa. No hay demostraciones de kung-fu, sin embargo, el estereotipo del que he hablado se reelabora con originalidad (¿alguien había oído de mafiosos chinos vampiros?). Los aficionados a este tipo de historias no pueden dejar de ver, además, la versión fílmica de Sangre de familia, dirigida por Eduardo Rossoff y de próximo estreno.

El tercer texto memorable en el que se habla de chinos mafiosos en México es el cuento de Juan Villoro “El silbido”, publicado en el libro Los culpables (2007). Tres hombres gordos son los representantes de un cártel de criminales en Mexicali: “No son narcos del Pacífico. Trabajan para el otro Pacífico. Su mafia es de Taiwán”, y lo más raro es que acaban de fundar un equipo de futbol (Los Tucanes de Mexicali) para lavar el dinero de sus negocios ilícitos. Un futbolista en decadencia, un argentino arrogante, una “china joven, ni guapa ni fea, sólo joven y china”, una porrista y un loro son los personajes que aparecen en el cuento. Al final, como todo lo relacionado con la mafia, un acto de violencia cobra unas cuantas víctimas: los tres gordos asiáticos mueren en una explosión. En esta historia todo parece estar volteado: los chinos no son ágiles karatekas sino gordos tatuados, en lugar de fumar opio beben cerveza Tecate, no trafican con droga sino con juguetes que se descomponen diez minutos después de usarlos. Es, sin duda, el más cómico de los ejemplos que he mencionado, y una excelente muestra del estilo narrativo de Villoro, uno de los mejores narradores mexicanos contemporáneos.

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Las anteriores son muestras de la transformación que se ha hecho del estereotipo de los chinos en la literatura. Sin embargo, no todo es ficción. Los oriundos de ese país se han esparcido por casi todos los rincones del mundo (en Pótam, si no mal recuerdo, existen aún las ruinas de un cementerio chino). Hace varios años, cuando el racismo contra ellos era aún muy fuerte, decidieron formar unas hermandades para protegerse; se crearon así los famosos tongs, es decir, agrupaciones ocultas que en un principio daban apoyo a sus paisanos, pero que no tardaron en convertirse en asociaciones delictivas que comenzaron a practicar el narcotráfico, la extorsión, asesinatos a sueldo y secuestros en los lugares donde se establecieron. Bef, acerca de esto, dice: “tongs o sociedades secretas. Una manera elegante de llamar a las pandillas controladas por la mafia china”. Pensar en los posibles nexos que podrían mantener con el crimen y el contrabando no es algo descabellado. Diego Enrique Osorno, en su libro El Cártel de Sinaloa (2009), cita algunos fragmentos de la autobiografía de Manuel Lazcano y Ochoa, quien fue procurador de Justicia de Sinaloa en tres ocasiones: “Siempre se señala a los chinos como muy dados a trabajar en actividades de la droga […] En efecto, conocían la droga, trajeron la amapola; sabíamos que en las regiones asiáticas se consumía mucho opio y además esos inmigrantes abrieron en México sus propios casinos”. La verdad es que de los chinos se dicen muchas cosas (algunas rarísimas como que saben leer la hora en los ojos de los gatos, o que si todos los chinos del mundo saltaran al mismo tiempo se produciría un terremoto). Lo importante es no creerlo todo. Algunas cosas sólo son estereotipos. Quizás un país lejano, cuando alguien piensa en México, se imagina que narcos sombrerudos y con bigote andan en camionetas disparando sus rifles y que muere gente inocente a causa de esas balas. Seguramente ha de parecer algo muy pintoresco. ¿Realidad o ficción?