Los Rollos de Nerón de Enero 2012


Por Neftalí Osuna Reyna

NEFY

Se le subió el muerto

Federico Zubieta conducía por entre la mezquitera con mucho cuidado; recordó a su natal Chihuahua donde el frío era una diez veces más fuerte que en Vícam. Pero aquí es veinte veces más caliente –se dijo para sus adentros. La Ford 70 serpenteaba por el ondulado y estrecho camino que conducía al pueblo; eran las diez de la noche y la quietud del ambiente le causó un escalofrió. Nunca había sido cobarde, pero esta ocasión era muy cabrona, muy pinchi, confirmó su pensamiento.

Llegó a la Bomba dándole un último trago a su café de talega con clavo. Cuando subió la pequeña hondonada donde el camino hace un recodo, el motor de la troca empezó a toser. Ha de ser por el frío, pensó, tendré que revisarla. Bajó de la Invencible (como él la llamaba) subiendo el volumen de la música de Los Relámpagos del Norte para que le sirviera de acompañamiento en ese desolado paraje.

Con su lámpara de mano revisó cables, bujías, algo fuera de su lugar, pero no lo encontró. Cerró la tapa de la camioneta trepando a ella de nuevo. Cuando estuvo acomodado frente al volante sintió como un leve soplido en el cuello que casi lo paraliza, pero no era nada, nada; dio marcha a su pick-up y ésta encendió al instante; presuroso siguió su camino cuando sintió claramente que algo o alguien caía sobre la parte trasera del vehículo donde llevaba la leña.

Comprobó entre el terror y el miedo que las puertas estuvieran aseguradas; en determinado momento un infrahumano rostro se asomo por el vidrio delantero con un gesto de muerto de muchos años. Frenó al instante justo al costado del panteón para deshacerse del extraterreno pasajero; aquel fue el último acto reflejo de su vida, su corazón no soportó el acontecimiento deteniéndose al instante.

Lo encontraron con los ojos muy abiertos, su cara sin rastro de sangre y una imagen de una figura religiosa que para sorpresa de muchos tenía la cara deformada por el terror. Este terrorífico acontecimiento se conoció en Vícam y sus alrededores como “al que se le subió el muerto”, dando lugar a un sinfín de conjeturas de todo tipo.

Alipio Palomares, que vivió muchos años en la Sierra del Bacatete, recordó una leyenda que le contara un viejo corredor de caminos a quien conocían como Huitchamoco sobre las apariciones en caminos, veredas y brechas de aquellos soldados que murieron sin confesarse y maldiciendo lo divino.

Sus maldades los hicieron morir igual. A algunos de ellos los ataban de las extremidades de yeguas brutas y sus enemigos fustigaban a los equinos que corrían en diferentes direcciones desmembrándolos horriblemente. A otros menos afortunados –por la rapidez de la muerte– los mutilaban hasta dejarlos en un tronquito controlando las hemorragias por medio de infusiones herbolarias para luego hervirlos lentamente en aceite y comerlos aun vivos. Luego, estas almas en pena recorrían la región apareciendo y matando a todo humano que apareciera en su camino. Ese, según Alipio, era el origen de que a la gente se le subiera el muerto.

***

El jinete tercio en su cabalgadura aquella carga de leña para venderla a los caminantes, que eran muy comunes en aquellos andurriales. Lo acompañaban su hacha, un filoso machete, su carabina y el Muerto, su perro. Esa tarde degusto opíparamente un cholugo que no pudo escapar a su puntería. Su fiel cancerbero fue un feliz acompañante de una pierna sabrosamente sazonada con hierbas del monte.

Caminó algunas leguas rodeando el Huitcharubu para recoger chiltepines y uvalamas para endulzar el paladar y subió por esa pequeña cuesta conocida como el Paso Verde por lo abundante de la vegetación.

Su primer cliente fue el viejo Doroteo, que era un añoso gambusino con una cara de todos los años pasados y presentes; intercambiaron leña por consejos y unos tragos, cecina para cuando el hambre se sube a la cabeza y un abrazo como despedida.

Siguieron sus caminos en diferentes direcciones con la firme convicción de que era la última vez que se encontraban. Al filo de las tres de la tarde en el despeñadero el Negro se encontró con la Paloma, peligroso asesino que era buscado en varias entidades por sus crímenes. Se dieron un fuerte abrazo disponiéndose a comer y a beber para celebrar el encuentro.

La Paloma recordó su primer crimen, hacía ya 30 años, cuando partió de pies a cabeza a aquel militar que tuvo la mala de fortuna de dormirse donde no debía. El oficial lo hirió en el pecho y la herida parecía de muerte, pero el leñero lo encontró y lo curó. De ahí venía el agradecimiento y el gusto de verse. De eso ya habían pasado tres décadas, y setenta y cinco asesinatos de Melquiades Aquino, la Paloma.

Cuando el sol se escondía detrás de las colinas, se fumaron un cigarro liado a mano, el trago caminero y un abrazo donde La Paloma le dijo: creo, mi buen amigo, que ya no nos volveremos a ver, cuando menos con vida. Cuídate en cada palmo de camino, en cada recodo y en cada brecha, este cielo rojo gris anuncia la muerte de uno de los dos. Espero que sea yo. Cerrando la plática con esta premonición se dijeron adiós.

Llegó muy de mañana al represo del Guareque para tomar el camino que lo conduciría a Vícam. Toda la noche sintió como si lo siguieran, pero al bajar de su cabalgadura y parapetarse tras unas rocas, solo percibió el aire y algunas criaturas nocturnas que deambulaban en su camino. Torció la rienda hacia la dirección contraria en la que se dirigía comprendiendo su sexto sentido que había cometido un mortal error, pero decidió seguir el camino para  averiguar que le sucedería.

Picó espuelas a su caballo, que rápidamente emprendió una veloz carrera, cuando sintió que algo atrás de él lo acompañaba en su carrera. El penco parecía perder su equina cordura por la carga extra; el jinete sintió cuando unos fríos brazos lo abrazaron por detrás y por debajo del yugo mortuorio se le presentó la cara de aquel ente que le detuvo el corazón de manera fulminante.

El día siguiente lo encontraron con los ojos muy abiertos, la cara del color de la ceniza y al perro con el terror y la muerte dibujada en su cadavérico cuerpo. Al quitarle el sombrero descubrieron que al que se le subió el muerto era Alipio Palomares.