Mensaje de Navidad y Año Nuevo


Por Neftaly Osuna Reyna

Arbolito

El Ángel les dijo: “Dejad de temer, porque os traigo buenas noticias de gran gozo, y lo serán para todo el pueblo: ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo, el señor”.

Ojala esta frase y el nacimiento del Mesías hubiera sido suficiente –en aquel tiempo y en estos– para alcanzar la ansiada paz, la justicia social y la igualdad que el mundo necesita. Desde la época pre-cristiana la humanidad se ha enfrascado en una lucha fratricida enarbolando diferentes banderas. La sangre ha corrido formando ríos donde las lágrimas rivalizan con el baño escarlata. No se han respetado vidas, edades, géneros, ni clase social; la espada, el puñal, la bayoneta, el rifle y otras armas más sofisticadas, han arrancado de tajo al género humano.

Se ha peleado en nombre de reyes, naciones, amantes, imperios, locos dictadores y lo peor de todo: en nombre de Dios. El nombre de Cristo –el salvador del mundo– ha sido escarnecido y utilizado para derramar sangre por los concesionarios transitorios del poder sin reparar en la vida como regalo único y perecedero. Con la cruz al pecho o clavada en la tierra los asesinos han pasado por alto el precepto bíblico más grande de todos: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

¿No habrá pensado Truman en la siguiente Navidad en los miles de niños japoneses que desintegró con un hongo de fuego atómico? Esos niños que esperaban cuando menos una sonrisa como regalo para colgarla en el arbolito que instalaron dentro de su alma, porque allá privan otras costumbres, pero la costumbre y el objetivo de la sonrisa infantil es universal. Así funciona el mundo: si hay que segar miles de vidas para alcanzar “los objetivos”, pues se siegan.

Dios es grande en misericordia y lento para la ira dice la biblia. Sin pretender quitar o poner oraciones a la palabra de Dios, ¿Qué pasaría si el creador tomara su vara y aplicara castigo a todos aquellos que torcieron o torcimos su palabra derramando sangre inocente y no inocente? ¿Que el señor en un acto de soberanía exhibiera ante el mundo a aquellos que en México han disparado contra jóvenes, niños, mujeres y ancianos? ¿Que después de llamarlos por su nombre los depositara en el lago de fuego hirviendo que tiene preparado para todos aquellos que desviamos el camino?

Eso pasará en su tiempo y forma porque Él, en su infinita sabiduría, nos dotó de libre albedrío para tomar nuestras propias decisiones y responsabilizarnos de ellas. Sin embargo, el género humano no tiene conciencia de sus actos y sigue empecinado en colgarle al altísimo –sea cual sea su opinión sobre Dios– la culpa de todo lo que pasa en el mundo.

No pretendo con esto tomar el cyber-espacio como púlpito, ni enviar un mensaje negativo en estas fechas que parece ser dispara en muchos de nosotros un amor que sólo emerge cada año. Sí, cada año la compasión y la misericordia se anidan en los corazones y más si traemos unas copas adentro que nos haga sentir Santa Claus. ¿Cree usted, amable lector, que es válida tal actitud? ¿Nos será dado a los humanos florecer cada que el arbolito navideño enciende sus luces y marchitarnos cuando se apagan? Desafortunadamente en muchas familias existen viejos enconos, arraigados agravios y atávicas desavenencias que hacen de ese núcleo social un verdadero infierno que ni está ni ninguna otra Navidad subsanan. La amargura que producen estas contiendas no la cura ni la dulzura de las doce uvas de año nuevo, ni los abrazos que se quedaron en el aire por el pleito, ni los puños cerrados que sólo se abrieron para realizar groseras señas descalificando al amigo, hermano, padre, madre o cualquier otra persona. Lo paradójico de estas fechas es el ambiente festivo que predomina en todos los confines del mundo.

Delo por seguro, las guerras no se detendrán, el armamentismo seguirá reinando en el mundo al igual que la pobreza, las buenas obras serán trapos de inmundicia porque se realizan con fines mediáticos sin pensar en la raíz de la miseria y el abandono, se seguirán realizando uno y cien eventos donde la mercadotecnia promete que se devolverá la salud a quienes la tienen quebrantada, a esos miles de olvidados niños en cuyo nombre se reúnen elevadas cantidades de dinero olvidando que el precepto que recomienda que lo que haga tu mano derecha no lo sepa la izquierda.

Seguirán, por desgracia, las luchas de la delincuencia organizada por dominar las plazas con el consiguiente baño de sangre secundado por el contubernio gubernamental.

Desde mi perspectiva muy personal, debemos vivir las tradiciones y costumbres navideñas con el significado interior y no sólo el exterior para preparar nuestro corazón para el nacimiento de Jesús. San Nicolás de Bari (o sea Santa Claus), fue un santo que vivió la virtud de la generosidad, por lo que lo más conducente sería imitar su proceder. ¿Por qué en estas fechas? La verdad es que a muchos niños les agrada tener la idea, aunque después desaparezca, de un personaje noble y bueno que llega durante la Noche Buena a dejar regalos y bendiciones. La inocencia es un valor que cada día desaparece, pero por fortuna se reproduce sin cesar en nuestra niñez y eso es garantía de que la desaparición de esa tradición es imposible.

Esta navidad arma un árbol dentro de tu corazón y cuelga en él los nombres de tus más queridos amigos, familia y gente a quien ames, los que viven lejos y los que viven cerca, los antiguos y los recientes, los que ves todos los días y a los que ves muy a lo largo, a los que recuerdas y a los que olvidas, los de las horas difíciles y las felices, a los que te hirieron y a los que te amaron, a los humildes y a los poderosos, a los que te enseñaron y a los que aprendieron de ti. Ojalá que ese árbol tenga raíces profundas y fuertes para que los nombres de tus amigos, familia y seres queridos nunca jamás sean arrancados de tu corazón, y que sus ramas se extiendan gigantes para colgar nuevos nombres que venidos de todas partes se junten con los que ya tienes, que sea un árbol de sombra agradable para que la amistad, amor, confianza y cariño sea un momento de reposo en la lucha diaria de la vida.

Que el espíritu de la Navidad y advenimiento del Año Nuevo haga de cada buen deseo, al cumplirse,  la más hermosa flor. Que cada lágrima se convierta en una sonrisa. Que de cada dolor surja una hermosa estrella y que cada corazón se convierta en una dulce y tierna morada para recibir a Jesús.

¡Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo!

Mezquite 1