Mal deben andar las cosas cuando uno de derecha critica al mercado


Indignados

Román Revueltas, que se califica a sí mismo como de derechas es, al mismo tiempo, un liberal. Sin embargo, cuando de criticar se trata no se detiene en barreras ideológicas. Este es el caso con este artículo donde se pregunta si el mercado no podría ser regulado por la política en aras de un mejor bienestar aunque eso descuadre uno de los objetivos de las actividades económicas en el mercado: las máximas ganancias posibles. Como dice el mismo Revueltas, pues eso.

La política se rompe los dientes con el mercado

Román Revueltas

Milenio. Noviembre 6, 2011

Bajo el imperio de eso que llaman el “pensamiento único” no es permisible cuestionar la legitimidad de la economía de mercado. Viene siendo algo así como una ley natural, tan incontrovertible como el principio de la gravedad. Además, luego del estrepitoso fracaso del socialismo real —que, justamente, desafiaba unos principios que hoy han sido universalmente consagrados— no parece haber otro modelo posible para el desarrollo de las sociedades: la única alternativa que nos ofrece la modernidad es la creación de riqueza como motor del crecimiento.

La preeminencia de los principios de la ideología neoliberal es, de tal manera, una suerte de hecho irreversible cuya realidad nadie puede ya impugnar. Y, en todo caso, los mercados están ahí para recordarle a los escasos desobedientes que ciertas reglas son imposibles de romper: países como el nuestro han seguido así, desde hace varias décadas, los inflexibles mandatos macroeconómicos dictados por los organismos internacionales.

La madre de todos los preceptos, como ya sabemos, es la lucha contra la inflación, auténtico espantajo para los responsables de los bancos centrales y los ministros de Hacienda. El aumento desregulado de precios destruye la economía de cualquier país, por más poderoso que pueda ser. De tal manera, cada vez que se comienza a “calentar” la actividad económica, el precio del dinero es subido de inmediato por los encargados de venderlo en los mercados aunque ese aumento de tasas de interés tenga un efecto negativo en las inversiones y el crecimiento. La pavorosa resaca que están viviendo países como Grecia y Portugal —en espera de que el contagio alcance a otros, presuntamente más cuidadosos, como España e Italia (donde, de todas formas, las cosas ya van bastante mal)— resulta, en parte, de la alegre compra de un dinero barato facilitado por una Unión Europea que, en su conjunto, es más próspera y, sobre todo, más disciplinada en el manejo de sus finanzas.

Cualquier acreedor te exigirá, si teme que no puedas solventar las obligaciones que adquiriste con él, recortar tus gastos —los suntuarios, los habituales o los indispensables, según toque— para asegurarse el pago correspondiente. La gente, cuando tiene que cubrir sus deudas, deja de ir al restaurante, compra menos ropa y ya no sale de vacaciones. Esto es, precisamente, lo que le está ocurriendo a Grecia: debe apretarse el cinturón para devolver el dinero que le han prestado. Pero, a diferencia de un particular que siguiera teniendo ingresos estables y constantes, un país que se somete, como en el caso de los helénicos, a unas draconianas medidas de austeridad va a tener crecientes dificultades para sufragar el dinero debido. Y es que la plata de la deuda soberana se genera en el propio patio trasero del pagador moroso, por así decirlo, y resulta de los impuestos que el Gobierno logra cobrar cuando la economía produce riqueza. Si los puestos de trabajo se eliminan en la Administración pública, si los sueldos se reducen, si las empresas quiebran y los trabajadores van al paro, ¿de dónde va a venir el dinero? Y, peor aún: el hecho de que Grecia se haya convertido en un mal pagador hace que la plata que le puedan prestar, a estas alturas, se la cobren todavía muchísimo más cara. Es un círculo vicioso infernal.

El problema es que no estamos hablando de entidades abstractas y entelequias imaginarias sino de la vida real de millones de personas, ya sea en Grecia, en España, en Estados Unidos, en Portugal y en muchos otros países donde los ciudadanos, sin deberla ni temerla, se encuentran, de pronto, atenazados por el desempleo y la falta de oportunidades. Para mayores señas, cinco millones de españoles están en el paro. Y, entre los que sí pueden trabajar, muchos logran apenas sobrevivir con sueldos ofensivamente raquíticos. De ahí, una pregunta inevitable: esto, este sufrimiento de la gente ¿es también algo normal, y aceptable, dentro del actual modelo económico? Y de ahí también, y sobre todo, una segunda interrogante: ¿la política no sirve para ayudar a las personas, para resistir los embates del mercado o, en última instancia, para crear una mínima estructura de oportunidades?

Porque, si hablamos del mercado, lo primero que vemos aquí es que la gente no encuentra un lugar donde pueda concretar la acción que condensa, precisamente, la esencia misma de dicho mercado: ganar dinero. Millones de personas, en estos momentos, no pueden tener un empleo ni poner tampoco un negocio. Se entiende la avasalladora insensibilidad de una fuerza que, por lo visto, es indomable. Pero, lo repito, ¿no hay espacio para la política?