José Antonio Vargas: Mi vida como migrante indocumentado


JOSE ANTONIO VARGAS

Publicado el 22 de junio del 2011 en el New York Times Magazine  

Traducción del inglés: Alejandro Valenzuela

José Antonio Vargas fue reportero de The Washington Post y compartió el Premio Pulitzer (de periodismo) por su cobertura del tiroteo registrado en el Tecnológico de Virginia. Él fundó Define American, una organización que busca cambiar la discusión sobre la reforma migratoria.

 Vargas reveló hace unas semanas que es un inmigrante indocumentado (procedente de Filipinas). En una entrevista a la cadena de televisión ABC News, dijo que es uno más de millones de inmigrantes sin papeles que viven en Estados Unidos con ese secreto. En las entrevistas con ABC, Vargas dijo que quiere presionar al Congreso para aprobar una iniciativa de ley denominada Dream Act que permitiría que personas como él, que llegaron a los Estados Unidos cuando eran niños, se conviertan en ciudadanos.

 El siguiente ensayo lo escribió para la revista New York Times Magazine y en el escribió: “Estoy cansado de huir; ya no quiero esa vida”.

 El Vícam Switch, que ya sabe usted que se vende proporcionalmente más que The New York Times, queremos echarle una mano a ese gran periódico difundiendo una nota que usted seguramente leerá pensando en algún familiar, amigo o conocido que esté pasando por una situación similar en los Estados Unidos.

***

Una mañana de agosto de hace casi dos décadas, mi madre me despertó y me puso en un taxi. Me puso una chaqueta. “Baka malamig doon” (puede hacer frío allá) fueron las pocas palabras que dijo. Cuando arribé al Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino de Filipinas con ella, mi tía y amigos de la familia, fui presentado a un hombre que nunca había visto. Ellos me dijeron que era mi tío. Él me tomó la mano mientras abordaba un avión por primera vez. Era 1993, y yo tenía 12 años.

Mi madre quería darme una vida mejor, por tanto me envió a miles de kilómetros a vivir con sus padres en América –mi abuelo (Lolo en Tagalog) y mi abuela (Lola). Después de mi llegada a Mountain View, California, en el área de la Bahía de San Francisco, ingresé al sexto grado y rápidamente creció mi amor por mis nuevos hogar, familia y cultura. Descubrí una pasión por el lenguaje, aunque fue difícil aprender la diferencia entre el inglés formal y la jerga americana. Uno de mis más tempranos recuerdos es acerca de un chico pecoso en la secundaria preguntándome: “What’s up (¿Qué hay?), y yo contestándole: “The Sky” (el cielo), lo que causó la risa de él y de un par de otros chicos. (NOTA DE LA REDACCIÓN: El juego de palabras viene del hecho de que las palabras “what” y “up” significan literalmente “que” y “arriba”). Gané en deletreo en el octavo grado memorizando palabras que no podía pronunciar apropiadamente. (La palabra ganadora fue indefatigable).

Un día cuando tenía 16 años, me fui en la bicicleta a la cercana oficina del departamento de motores y vehículos (DMV) para obtener mi licencia de manejo. Algunos de mis amigos ya tenían sus licencias, por lo que me imaginé que ya era tiempo. Pero cuando le di a la empleada mi green card (tarjeta verde) como prueba de mi residencia en los Estados Unidos, ella se volteó examinándola. “Esto es falso” susurró. “No regreses por aquí”.

Confundido y asustado, pedalee a casa y confronté a Lolo. Lo recuerdo sentado en el garaje, recortando cupones. Dejé caer mi bicicleta y corrí hacia él, enseñándole la green card. “Peke ba ito?” (¿Esto es falso?), le pregunté en Tagalog. Mis abuelos fueron naturalizados como ciudadanos Americanos –él trabajaba como guardia de seguridad y ella como mesera– y habían empezado a apoyar a mi madre y a mí cuando yo tenía 3 años, después de que mi padre se hizo de la vista gorda por su incapacidad para proveernos, lo que llevó a la separación de mis padres. Lolo era un hombre orgulloso, y vi la vergüenza en su rostro cuando me dijo que había comprado para mí la tarjeta y otros documentos falsos. “No se los enseñes a nadie” me advirtió.

Decidí entonces que nunca podría dar a nadie razones para dudar que yo fuera americano. Me convencía mí mismo que si trabajaba suficiente y lograba lo suficiente sería recompensado con la ciudadanía. Sentí que podía ganar eso.

Lo he tratado. En los pasados 14 años, me he graduado en la preparatoria y en la universidad y construido una carrera como articulista entrevistando algunas de las personas más famosas en el país. En la superficie, he creado una buena vida. He vivido el sueño americano.

Pero soy aun un inmigrante indocumentado. Y eso significa vivir una realidad diferente. Eso significa vivir el día con miedo de ser cachado. Eso significa casi no confiar en la gente, aun en aquellos cercanos a mí, con los que realmente estoy. Esto significa conservar las fotos familiares en cajas de zapatos en lugar de mostrarlas en las repisas de mi casa para que los amigos no me pregunten sobre ellas. Esto significa hacer de mala gana, incluso dolorosamente, cosas que yo sé que están mal o son ilegales. Y esto ha significado apoyarme en una especie de vías subterráneas de ferrocarril del siglo XXI formadas por gente que tiene un interés en mi futuro y que ha tomado riesgos por mí.

El año pasado leí acerca de cuatro estudiantes que caminaron de Miami a Washington para abogar por la Dream Act, un proyecto de ley de casi una década que proveería una ruta para la residencia permanente legal de gente joven que ha sido educada en este país.  Con riesgo de ser deportados –la administración Obama ha deportado casi 800 mil personas en los últimos dos años– ellos están hablando. Su coraje me ha inspirado.

Se cree que hay 11 millones de indocumentados en los Estados Unidos. No somos siempre quienes usted piensa que somos. Algunos recogen fresas o cuidan de sus hijos. Algunos están en la preparatoria o la universidad. Y algunos, a su vez, escriben artículos para periódicos que usted podría leer. Yo crecí aquí. Este es mi hogar. Sin embargo, a pesar de que pienso en mí como un americano y considero a América mi país, mi país no piensa en mí como uno de los suyos.

Mi primer desafío fue el lenguaje. Aunque leía inglés en las Filipinas, quería perder mi acento. Durante la preparatoria, dediqué horas viendo al mismo tiempo televisión (especialmente “Frasier”, “Mejorando la casa” y “Las chicas doradas”) y películas (desde “Uno de los nuestros”  hasta “Ana la de las tejas verdes”), deteniendo la VHS tratando de copiar cómo varios caracteres enunciaban sus palabras. En la biblioteca local leí revistas, libros y periódicos –cualquier cosa para aprender a escribir major. Kathy Dewar, mi maestra de inglés de la preparatoria, me introdujo al periodismo.  Desde el momento en que escribí mi primer artículo para el periódico estudiantil, me convencí a mí mismo de que mi nombre impreso –escribiendo en inglés, entrevistando americanos– validaba mi presencia aquí.

Los debates sobre “extranjeros ilegales” intensificaron mis ansiedades. En 1994, sólo un año después de mi vuelo desde las Filipinas, el gobernador Pete Wilson fue reelecto in parte debido a su apoyo a la Propuesta 187 que prohibía que los migrantes indocumentados fueran aceptados en las escuelas públicas y que tuvieran acceso a otros servicios públicos. (Una corte federal encontró después que la ley era inconstitucional). Después de mi encuentro en el DMV en 1997, crecí más alerta de los sentimientos anti-inmigrantes y de los estereotipos: ellos no se quieren asimilar, están drenando la sociedad. No están hablando de mí, me decía a mí mismo. Yo tengo algo con qué contribuir.

Para hacer eso, debía trabajar –y para eso, necesitaba un Número de Seguro Social. Afortunadamente, mi abuelo ya había hecho los arreglos para obtenerme una. Lolo siempre había cuidado de todos en la familia. Él y mi abuela emigraron legalmente en 1984 desde Zambales, una provincial en Filipinas de campos de arroz y casas de bambú, siguiendo a la hermana de Lolo que se casó con filipino-americano que servía en el ejército de los Estados Unidos. Ella solicitó que su hermano y su esposa se les unieran. Cuando llegaron aquí, Lolo solicitó que los siguieran sus dos hijos –mi madre y su hermano menor. Pero en lugar de mencionar que mi madre era una mujer casada, la enlisto como soltera. Los residentes legales no pueden pedir por sus hijos casados. Por lo demás, a Lolo no le importaba mi padre. Él no lo quería aquí.

Pero pronto Lolo se puso nervioso de que las autoridades de migración revisando la petición descubrieran que mi madre era casada, así que descarriló no sólo la oportunidad de que mi madre viniera, sino también la de mi tío. Entonces retiró la petición. Después de que mi tío vino a los Estados Unidos legalmente en 1991, Lolo trató de traer a mi madre por medio de una visa de turista, pero ella no pudo obtener una. Fue entonces que ella decidió mandarme a mí. Mi madre me dijo después que ella calculó que me seguiría pronto. Nunca lo hizo.

El “tío” que me trajo aquí resultó ser un coyote, no un familiar, explicó más tarde mi abuelo. Lolo difícilmente juntó dinero suficiente –con el tiempo supe que habían sido 4,500 dólares, una suma enorme para él– para pagarle mi contrabando bajo un nombre falso y un pasaporte falso. (Nunca volví a ver el pasaporte después del viaje y siempre supuse que el coyote lo guardó). Después de mi arribo a América, Lolo obtuvo un nuevo pasaporte filipino, esta vez con mi nombre real, adornado con una visa falsa de estudiante, además de la fraudulenta green card

Usando el pasaporte falso, fui a la oficina local de la Administración del Seguro Social y solicité un número y una tarjeta de Seguro Social. Fue, recuerdo, una visita breve. Cuando la tarjeta llegó por el correo tenía mi nombre real y completo, pero claramente establecía: “Válida sólo para trabajar con autorización del INS”.

Cuando empecé a buscar trabajo, poco tiempo después del incidente del DMV, mi abuelo y yo llevamos la tarjeta del Seguro Social a Kinko’s donde cubrió el texto “Autorización del INS” con un trozo de cinta blanca. Luego fotocopiamos la tarjeta. De un vistazo, al menos, las copias se veían como copias de una tarjeta regular, sin restricciones.

Lolo siempre pensó que yo trabajaría en el tipo de trabajos mal pagados que los indocumentados a menudo obtienen. (Me decía que cuando me casara con una americana obtendría mis papeles reales y que todo estaría bien). Pero incluso los trabajos más serviles requieren de documentos, así que él y yo esperábamos que la tarjeta adulterada funcionara por ahora. Entre más documentos tuviera, decía él, mejor.

Mientras estaba en la preparatoria, trabajé de medio tiempo en el Metro, luego en el mostrador de la YMCA local, luego en un club de tenis, hasta que aterricé en una pasantía sin pago en The Mountain View Voice, el periódico de mi pueblo. Primero traía el café y ayudaba en la oficina; eventualmente empecé a cubrir reuniones del ayuntamiento y otras asignaciones recibiendo pago.

Por más de una década obteniendo trabajos de medio tiempo y de tiempo completo, los empleadores raramente han pedido revisar mi tarjeta original de Seguro Social. Cuando lo hicieron, yo mostré la versión fotocopiada, y ellos la aceptaron. Con el tiempo, también empecé a marcar el recuadro de ciudadanía en las formas federales I-9 de elegibilidad de empleo. (De hecho reclamar completa ciudadanía era más fácil que declarar residencia permanente bajo el estatus de green card, lo que me hubiera exigido dar un número de registro extranjero).

Este engaño nunca fue fácil. Entre más lo hacía, más me sentía como un impostor, más culpable me sentía –y más me preocupaba de ser atrapado. Pero lo continué haciendo. Necesitaba vivir y sobrevivir por mí mismo, y decidí que ese era el camino.

Eso era devastador. ¿De qué servía la universidad si no podía seguir la carrera que yo quería? Decidí entonces que si iba a tener éxito en una profesión que consiste todo en decir la verdad, no podría decir la verdad sobre mí mismo.

 Después de este episodio, Jim Strand, el arriesgado capitalista que financió mi beca, ofreció pagarme un abogado de migración. Rich y yo fuimos a entrevistarla en el Distrito Financiero de San Francisco.

Yo estaba esperanzado. Esto fue al inicio de 2002, poco después el Senador Orrin Hatch, Republicano de Utah, y Dick Durbin, Demócrata por Illinois, presentaron la Dream Act –Development, Relief and Education for Alien Minors (Desarrollo, Liberación y Educación para Menores Extranjeros). Parecía la versión legislativa de lo que me había dicho a mí mismo: si trabajo duro y contribuyo, las cosas funcionarán.   

Pero la reunión me dejó apachurrado. Mi única solución, dijo la abogada, era regresar a Filipinas y aceptar una prohibición de 10 años antes de poder aplicar por el regreso legal.

Si Rich estaba desanimado, lo ocultó bien. “Pon este asunto en un cajón”, me dijo. “Fragméntalo. Sigue adelante”.

Y lo hice. En el verano del 2003 solicité pasantías por todo el país. Muchos periódicos, incluyendo The Wall Street Journal, The Boston Globe y The Chicago Tribune, expresaron interés. Pero cuando The Washington Post me ofreció un lugar, supe a dónde quería ir. Y en ese momento yo no tenía la intención de reconocer mi “problema”.

La pasantía en el Post tuvo un pequeño obstáculo: requería de licencia de manejar. (Después de mi encuentro cercano en el DMV de California nunca más solicité una). Entonces me pasé una mañana en la biblioteca pública de Mountain View estudiando varios requisitos estatales. Oregon estaba entre los más fáciles –y estaba a sólo pocas horas manejando al norte.

Una vez más, mi red de apoyo vino a auxiliarme. El padre de un amigo vivía en Portland, y él me permitió  usar su dirección como prueba de residencia. Pat, Rich y su asistente de muchos años, Mary Moore, me mandaron cartas a esa dirección. Rich me enseñó como estacionarme en tres puntos en un estacionamiento, y un amigo me acompañó a Portland.

La licencia significaba todo para mí. –me permitía manejar, volar y trabajar. Pero mis abuelos estaban preocupados por mi viaje a Portaland y la estancia en Washington. Mientras Lola ofrecía sus diarias oraciones para que no fuera atrapado, Lolo me dijo que estaba soñando demasiado, arriesgándome mucho.

Yo estaba determinado a perseguir mis ambiciones. Tenía 22 años, les dije, y era responsable por mis propias acciones. Pero esto era diferente que Lolo llevara a un confundido adolescente a Kinko’s. Sabía ahora lo que estaba haciendo, y sabía que no estaba bien. ¿Pero que se suponía que hiciera?

Yo estaba pagando impuestos estatales y federales, pero estaba usando una tarjeta de seguro social no válida y dando información falsa en las formas de empleo. Pero esto parecía mejor que depender de mis abuelos o de Pat, Rich y Jim –o retornar a mi país que escasamente recordaba.

En la oficina de licencias de Portland, llegué con mi tarjeta de seguro social fotocopiada, mi credencial de la universidad, el talón de pago de la San Francisco Chronicle y mi comprobante de residencia en el estado –las cartas a la dirección de Portland  que mi red de apoyo me habían mandado. Funcionó. Mi licencia, emitida en 2003, expiraba ocho años después, en mi cumpleaños número treinta, el 3 de febrero de 2011. Tenía ocho años para triunfar profesionalmente, y la esperanza de que algún tipo de reforma migratoria pasara fuera aprobada mientras tanto que me permitiera permanecer.   

Parecía todo el tiempo del mundo.

Mi verano en Washington fue estimulante. Estaba intimidado por estar en una importante sala de redacción pero fui asignado a un mentor –Peter Perl, un escritor veterano en revistas– para ayudarme a navegar. Unas pocas semanas en la estancia, él publicó uno de mis artículos acerca de un hombre que recobró una cartera perdida hacía mucho tiempo, marcó los primeros dos párrafos y lo dejó en mi escritorio. “Gran ojo para los detalles –impresionante” escribió. Aunque no lo supe entonces, Peter vendría a ser uno más de los miembros de mi red.

Al finalizar el verano, regresé a la San Francisco Chronicle. Mi plan era terminar la escuela –era ahora un estudiante de semestres finales– mientras trabajaba para la Chronicle como reportero de la sección de la ciudad. Pero cuando el Post dio señales de nuevo, ofreciéndome un tiempo completo, una estancia pagada por dos años que podría iniciar cuando me graduara en junio del 2004, fue muy tentador para dejarla pasar. Me mudé de nuevo a Washington.

A unos cuatro meses en de mi trabajo como reportero en el Post, me empecé a sentir crecientemente paranoico, como si tuviera “inmigrante ilegal” tatuado en la frente –y en Washington donde, de todos los lugares, el debate sobre los migrantes parece no tener fin. Estaba tan ansioso de probarme a mí mismo que temía molestar a mis colegas y editores –y preocupado de que esos periodistas profesionales descubrieran mi secreto. La ansiedad era casi paralizante. Decidí que tenía que decirle a uno de los de arriba mi situación. Volteé a Peter.

En ese tiempo, Peter, quien aún trabaja en el Post, había llegado a ser parte de la gerencia como director del periódico para entrenamiento en la sala de redacción y desarrollo profesional. Una mañana a finales de octubre, caminamos unas dos cuadras a la plaza Lafayette, enfrente de la Casa Blanca. En unos 20 minutos, sentados en una banca, le dije todo: lo de la tarjeta del seguro social, la licencia de manejar. Pat y Rich, mi familia.

Peter estaba conmocionado. “Te entiendo cien veces más ahora”, dijo. Me dijo que había hecho bien en contarle, y que ahora era nuestro problema compartido. Dijo que no quería hacer nada sobre eso justo en ese momento. Yo había sido apenas contratado, y necesitaba probarme a mí mismo. “Cuando hayas hecho lo suficiente” dijo, “se lo diremos juntos a Don y Len.” (Don Graham es el presidente de la Compañía Washington Post; Leonard Downie Jr. era entonces el editor ejecutivo del periódico). Un mes después, pasé mi primer Día de Acción de Gracias en Washington con Peter y su familia.

En los siguientes cinco años que siguieron, hice lo mejor para “hacer suficiente”. Fui promovido al staff de escritores, reporteé sobre la cultura en los video-juegos, escribí una serie sobre la epidemia VHI/SIDA y cubrí el rol de la tecnología y de las redes sociales en la carrera presidencial del 2008. Visité la Casa Blanca, donde entrevisté a colaboradores principales y cubrí una cena de estado –y le di al Servicio Secreto el número de seguro social que había obtenido con documentos falsos.

Hice lo mejor para mantenerme alejado de los reportajes sobre política migratoria pero no siempre pude evitarlo. En dos ocasiones escribí acerca de la posición de Hilary  Clinton sobre las licencias de manejar a inmigrantes indocumentados. También escribí un artículo sobre el Senador Mel Martinez de Florida, entonces presidente del Comité Nacional Republicano, quien estaba defendiendo la postura de su partido hacia los latinos después de que un candidato presidencial republicano –John McCain, co-autor de la fallida propuesta de ley sobre migración– estuvo de acuerdo en participar en el debate patrocinado por Univision, la cadena en lengua hispana.

Esta fue una extraña especie de danza: estaba tratando de destacar en una sala de redacción altamente competitiva, al mismo tiempo que estaba aterrado de que si destacaba demasiado invitaría a un indeseado escrutinio. Trate de segmentar mis miedos, distraerme a mí mismo reporteando sobre la vida de otra gente, pero no había escape del conflicto central de mi vida. Mantener un engaño por mucho tiempo distorsiona tu sentido de sí mismo. Empiezas preguntándote en quién te has convertido, y porqué.

En abril del 2008 era parte del equipo del Post que ganó el Premio Pulitzer por la cobertura del periódico de la balacera en el Tecnológico de Virginia el año anterior. Lolo había muerto un año antes, entonces fue Lola la que me llamó el día del anuncio. La primera cosa que dijo fue ““Anong mangyayari kung malaman ng mga tao?” (¿Qué va a pasar si la gente se entera?). No pude decir nada. Después de que colgué el teléfono, la abalancé hacia el baño del piso de la sala de redacción, me senté en la taza y lloré.

En el verano del 2009, sin haberle dado nunca seguimiento a aquella plática con los altos gerentes del Post, dejé el periódico y me mudé a Nueva York para unirme a The Huffington Post. Conocí a Arianna Huffington en una cena en la Fundación del Club de Prensa de Washington que yo estaba cubriendo para el Post desde dos años antes, y ella después me reclutó para que me uniera a su sitio de noticias. Yo quería aprender más acerca de la publicación por Internet, y pensé que el nuevo empleo me proporcionaría una útil enseñanza.

Estaba preocupado por el movimiento: muchas compañías estaban usando ya el E-Verify, un programa establecido por el Departamento de Seguridad Nacional que comprueba si futuros trabajadores son elegibles para trabajar, y no sabía si mi nuevo empleador estaba entre ellos. Pero yo había sido capaz de obtener empleos en otras salas de redacción, me imaginaba, entonces llenaré los formatos como siempre lograría aterrizar en la nómina.

Mientras trabajé en The Huffington Post, otra oportunidad emergió. Mis serie sobre VIH/SIDA devino en un documental llamado “La Otra Ciudad”, que abrió en el Festibal de Cine Tribeca el año anterior y trasmitido en Showtime. Empecé a trabajar para revistas y aterricé en una asignación de ensueño: hacer el perfil de Mark Zuckerberg de Facebook para The New Yorker.

Entre más lograba, más atemorizado y deprimido me sentía. Estaba orgulloso de mi trabajo, pero siempre había una nube sobre eso, sobre mí. Mi antigua línea fatal de ocho años –la expiración de mi licencia de manejar de Oregon– se estaba aproximando.

Después de poco menos de un año, decidí salir de The Huffington Post. En parte se debió a que yo quería promover el documental y escribir un libro acerca de la cultura en línea –o eso les dije a mis amigos. Pero la razón real, después de tantos años de tratar de ser parte del sistema, de enfocar todas mis energías en mi vida profesional, fue que aprendí que ninguna cantidad de éxito profesional resolvería mi problema o aliviar la sensación de pérdida y desplazamiento que sentía. Le mentí a un amigo acerca de por qué no podría hacer un viaje de fin de semana a México. En otro momento inventé una excusa acerca de  por qué no podría ir a un viaje todo pagado a Suiza. Había estado indispuesto , por años, para estar en una relación de largo plazo porque nunca quise que nadie fuera muy cercano y me hiciera muchas preguntas. Todo el tiempo la pregunta de Lola estuvo clavada en mi cabeza: ¿Qué pasará si la gente se entera?

Al principio de este año, justo dos semanas antes de mi cumpleaños número treinta, obtuve un pequeño indulto: obtuve una licencia de manejar en el estado de Washington. La licencia es válida hasta 2016. Esto me da cinco años más de identificación aceptable –pero también cinco años más de miedo, de mentirle a la gente que respeto y a las instituciones que confiaron en mí, de escapar de quien yo soy.

He dejado de correr. Estoy exhausto. No quiero más esta vida.

Por tanto, he decidido avanzar, confesar lo que he hecho, y contar mi historia a lo mejor de mis recuerdos. He buscado a mis primeros jefes y empleadores y me he disculpado por engañarlos –una mezcla de humillación y liberación viene con cada revelación. Toda la gente mencionada en este artículo me dio permiso para usar sus nombres. He hablado también con familiares y amigos acerca de mi situación y estoy trabajando con consejeros legales para revisar mis opciones. No sé cuáles serán las consecuencias de contar mi historia.

Sé que estoy agradecido con mis abuelos, mi Lolo y Lola, por darme la oportunidad de una vida mejor. Estoy agradecido también con mi otra familia –la red de apoyo que fundé aquí en América– por animarme a perseguir mis sueños.

Han pasado casi 18 años desde que vi a mi madre. En el principio y estaba enojado con ella por ponerme en esta situación, y enojado conmigo mismo por estar enojado y ser malagradecido. Durante el tiempo en que iba a la universidad, rara vez hablaba por teléfono. Era muy doloroso; después de un tiempo era más fácil sólo enviar dinero para que se ayudara a sostenerse ella y mis dos medios hermanos. Mi hermana, de casi dos años cuando salí, tiene casi 20 ahora. Nunca he visto a mi hermano de 14 años.  Me encantaría verlos.

No hace mucho, llamé a mi madre.  Quería llenar los vacíos acerca de aquella mañana de agosto de hace tantos años. Nunca lo discutimos. Parte de mí dejar los recuerdos de lado, pero para escribir este artículo y enfrentar los hechos de mi vida, necesitaba más detalles. ¿Lloré? ¿Lloró ella? ¿Le mandé un beso de despedida?

Mi madre me dijo que yo estaba ansioso por encontrarme con la azafata, por subirme al avión. También me recordó un consejo que me dio para que lo memorizara: si alguien pregunta por qué vine a América, debería decir que para ir a Disneylandia.