Día del Profesor ¡Felicidades!


La PitahayitaNo sabemos si la mala costumbre de darle un día a todo sea más acentuada en México que en otros países, pero el caso es que tenemos (además del día de la bandera, del ejército, del petróleo, de la enfermera, del médico, del niño, del compadre, del padre y hasta de la madre), el del profesor.

Al profesor suele llamársele maestro porque antes no había en los pueblos, barrios y colonias alguien con más maestría en el saber que los profesores. Igualmente, al médico se le llama doctor porque doctor es el grado con que se designa la cumbre de los conocimientos formales y ¿quién más podría estar en la cumbre que los médicos?

Ahora muy difícilmente se podrá decir que los profesores son en México la cumbre de algo. Y la tragedia nacional es que ese alejamiento del saber (que es equivalente al alejamiento del campesino de la pala, del pintor de la brocha gorda o del albañil de la mezcla) no es exclusivo de los profesores de los niveles básicos. En las universidades se puede uno encontrar personas que sólo saben escasamente lo que van a decir al aula.

Los analistas suelen decir que la educación en México está en la calle y escogen siempre un conjunto de causas que van desde la pobreza de los estudiantes hasta la falta de presupuestos y buenos salarios. Incluso se le echa la culpa a la Gordillo (que mucha tiene, pero por aprovecharse de la situación). Sin embargo, los verdaderos culpables son dos: el profesor y el estudiante. El profesor por la falta de pasión por su oficio y el estudiante por la casi total ausencia de curiosidad intelectual.  

Vamos a citar aquí, como suele usarse en los textos que se escriben, a dos grandes de las letras. Uno es Jonathan Swift que dice: “feliz aquel que puede vivir de lo que le gusta hacer” y lo decimos porque ser profesor es una de las profesiones más placenteras de cuantas hay.

Otro grande de las letras que citaremos en extenso para apoyar lo del gusto por la enseñanza es don Armando Fuentes Aguirre (Catón) que dice lo siguiente: “Este pasado miércoles cumplí un amable trámite: Fui a demostrar que aún estoy vivo. Soy –orgullosamente– un jubilado, y cada año debo pasar revista a fin de seguir percibiendo mi pensión de maestro. Lo fui durante 40 años –frente al grupo, en el aula–, y cada vez que recibo mi pensión me veo en el caso de aquel individuo al que contrataron para que depilara el mons veneris de hermosas modelos que lucirían bikinis. Al empleador le extrañó que el sujeto no se presentara a recoger su sueldo. Le preguntó: «¿Por qué no has ido a cobrar?». Replicó el tipo, asombrado: «¡Ah! ¿Qué también pagan?». La tarea de enseñar fue para mí un gozo continuado. Aun sin sueldo la hubiera cumplido, de no ser por esa costumbre que tenemos los humanos, la de comer al menos una vez al día. Fui, pues, a pasar lista. Encontré ahí a queridos compañeros; a maestros que fueron mis alumnos, y a otros de los cuales fui alumno yo. Saludé y abracé con cariño y gratitud a la profesora Julia Martínez, mi maestra de Literatura en la Prepa Nocturna, que me hizo leer en el bachillerato maravillas…  Confirmé otra vez que el oficio de profesor es uno de los varios cuyo nombre empieza con la letra pe, y que una vez que se han ejercido no se pueden ya dejar: Político, payaso, periodista, poeta, profesor, y el de las cuatro letras que –dicen– es el oficio más viejo del mundo. Doy gracias a mi buena fortuna por haberme permitido poner algo de mí en el futuro –eso es lo que hace un maestro–, y en este día digo a los maestros y maestras de México que éstas son Las Mañanitas que cantaba el rey David”.

Para Vivir Mejor

Felicidades a todos los profesores y particularmente a los de las comunidades yaquis, donde sí se trabaja contra la corriente.