Terry Eagleton: Porqué Marx estaba en lo correcto


Terry Eagleton

El Vícam Switch es un medio que ha buscado mantenerse al margen de las ideologías. Por esa razón, en nuestros espacios caben los de izquierda y los de derecha, los liberales y los conservadores, y aunque a nadie le hacemos concesiones, tampoco atacamos a nadie por sistema. La publicación de este texto de Terry Eagleton se debe a que mucha gente ataca al marxismo sin atacar al cristianismo por la Santa Inquisición, o mucha gente ataca a los cristianos sin recordar los horrores del comunismo. La verdad, como dice Eagleton, ni Marx es responsable por crímenes de Stalin, ni Jesucristo es responsable de los crímenes del Santo Tribunal. El texto es una reivindicación de Marx. No se lo pierda.

Terry Eagleton es profesor visitante en la Universidad de Lancaster, en Inglaterra; la Universidad Nacional de Irlanda y la Universidad de Notre Dame, en los Estados Unidos. Su más reciente libro, Porqué Marx estaba en lo correcto (que todavía no está en español), fue publicado por la Editorial de la Universidad de Yale. El libro tiene 240 páginas, pero el propio Eagleton escribió la siguiente síntesis que ahora ponemos a la sabia consideración de los lectores del Vícam Switch, dispersos por el mundo entero.

 ¿Por qué Marx estaba en lo correcto?

Por Terry Eagleton

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 Traducción del Inglés: Alejandro Valenzuela

 Alabar a Karl Marx puede parecer tan perverso como decir buenas palabras sobre el Estrangulador de Boston. ¿No eran las ideas de Marx responsables del despotismo, los asesinatos en masa, los campos de concentración, la catástrofe económica y la pérdida de la libertad para millones de hombres y mujeres? ¿No era uno de sus devotos discípulos un campesino georgiano paranoico llamado Stalin y otro un brutal dictador chino que pudo tener la sangre de unos 30 millones de su pueblo en sus manos?

La verdad es que Marx no fue más responsable de la monstruosa opresión del mundo comunista de lo que Jesús lo fue por la Inquisición. Por algo, Marx había despreciado la idea de que el socialismo podía echar raíces en sociedades desesperadamente empobrecidas y crónicamente atrasadas como Rusia y China. Si así fuera, entonces el resultado simplemente sería lo que él llamaba “la escasez generalizada”, con lo cual él quiere decir que todo el mundo puede ser empobrecido, no solo los pobres. Esto significaría un reciclaje de “el viejo negocio sucio” –o, en una traducción de menosbuen gusto, “la mierda de siempre.”

El marxismo es una teoría de cómo las naciones capitalistas ricas podrían utilizar sus inmensos recursos para lograr la justicia y la prosperidad de sus pueblos. No es un programa mediante el cual puedan impulsarse por sí mismas hacia la era moderna naciones carentes de recursos materiales, de una cultura cívica floreciente, de un patrimonio democrático, de una tecnología bien desarrollada, de tradiciones liberales iluminadoras y de una mano de obra calificad y educación.

Marx ciertamente quería ver justicia y prosperidad en esas regiones abandonadas. Él escribió con ira y elocuencia acerca de muchas de las oprimidas colonias británicas, no menos que de Irlanda y la India. Y el movimiento político que su trabajo puso en marcha ha hecho más por ayudar a las naciones a que se sustraigan de sus amos imperialistas que ninguna otra corriente política. Y aún más, Marx no era un tonto como para imaginar que el socialismo pudiera ser construido en tales países sin que las naciones más avanzadas fueran en su ayuda. Y eso significa que la gente común de esas naciones avanzadas debía rescatar los medios de producción de sus dominadores y ponerlos al servicio de los desposeídos de la tierra. Si esto hubiera sucedido en la Irlanda del siglo XIX no hubiera habido la hambruna que envío a la tumba a millones de hombres y mujeres y a otros dos o tres millones a los más alejados rincones de la tierra.

Hay un sentido en el cual los escritos de Marx en su totalidad se reducen a algunas preguntas embarazosas: ¿Porqué es que el capitalismo occidental, que ha acumulado más recursos de lo que la historia de la humanidad ha atestiguado, aun parecer incapaz para superar la pobreza, la hambruna, la explotación y la desigualdad? ¿Cuáles son los mecanismos por los cuales la riqueza de una minoría parece ser alimentada difícil e indignamente por la mayoría? ¿Por qué la riqueza privada parece ir mano a mano con la miseria pública? ¿Es que, como los reformistas liberales de buen corazón lo han sugerido, simplemente no estamos transfiriendo remanentes a las bolsas de la miseria humana, pero que deberán hacerlo al final de cuentas? ¿O es más plausible sostener que hay algo en la naturaleza del capitalismo en sí mismo que genera pobreza y desigualdad, tan cierto como que Charlie Sheen genera chismes?

Marx fue el primer pensador en hablar en esos términos. Este gastado emigrado judío, un hombre que una vez remarcó que nadie más había escrito tanto sobre dinero y que tenía tan poco, nos legó el lenguaje en el que el sistema bajo el cual él vivió podía ser comprendido como un todo. Sus contradicciones fueron analizadas, su dinámica interna desnudada, examinados sus orígenes históricos y su ocaso pronosticado. Esto no sugiere por un momento que Marx considerara al capitalismo simplemente como una Cosa Mala, como admirar a Sara Palin o echarles el humo del tabaco en la cara a los niños. Por el contrario, él fue extravagante en sus alabanzas a la clase que lo creó, un hecho que tanto sus críticos como sus discípulos han convenientemente suprimido. Ningún otro sistema social en la historia, escribió, ha probado ser más revolucionario. En un puñado de países, la clase media capitalista hubo borrado casi todo rastro de sus enemigos feudales de la faz de la tierra. Acumularon tesoros culturales y materiales, inventaron los derechos humanos, murieron por la libertad humana y sentaron las bases de una verdadera civilización global. Ningún documento prodiga tales cumplidos sobre esos poderosos logros históricos como El Manifiesto Comunista, ni aún The Wall Street Journal.

Lo que, sin embargo, fue solamente parte de la historia. Hay quienes ven la historia moderna como un cuento apasionante de progreso, y aquellos que la ven como una larga pesadilla. Marx, con su usual perversidad, pensó que era las dos cosas. Cada avance en la civilización ha traído con él nuevas posibilidades de barbarismo. Los grandes lemas de la revolución de la clase media –“Libertad, Igualdad, Fraternidad– fueron también sus consignas. Él simplemente investigó porqué esas ideas nunca pudieron ponerse en práctica sin violencia, pobreza y explotación. El Capitalismo ha desarrollado los poderes humanos y las capacidades más allá de toda medida anterior. Sin embargo, no ha usado esas capacidades para liberar a los hombres y mujeres de la fatiga inútil. Por el contrario, los ha forzado a trabajar más duro que nunca. Las más ricas civilizaciones sobre la tierra sudaron cada instante tanto como sus ancestros Neolíticos.

Esto, consideraba Marx, no se debía a la escasez natural. Se debía al modo peculiarmente contradictorio en que el sistema capitalista generaba su fabulosa riqueza. Igualdad para algunos significaba desigualdad para otros, y la libertad de unos traía opresión e infelicidad a muchos. La búsqueda voraz del sistema de poder y riqueza convirtió a las naciones extranjeras en colonias esclavizadas, y a los seres humanos en juguetes de las fuerzas económicas más allá de su control. Esto ha arruinado el planeta con contaminación y hambruna masiva, y lo ha marcado con guerras atroces. Algunos críticos de Marx apuntan con propio escándalo a los asesinatos masivos en Rusia y China Comunistas. Ellos usualmente no recuerdan con igual indignación los crímenes genocidas del capitalismo: las hambrunas de finales del siglo XIX en Asia y en África en las cuales perecieron incontables millones; la carnicería de la Primera Guerra Mundial en la cual las naciones imperialistas masacraron una a otra a los trabajadores en su lucha por los recursos globales; y el horror del fascismo, un régimen al que el que el capitalismo tiende a recurrir cuando está contra la pared. Sin el auto-sacrificio de la Unión Soviética, entre otras naciones, el régimen Nazi estaría todavía en acción. 

Los marxistas fueron alertados sobre los peligros del fascismo mientras los políticos del así llamado mundo libre estaban todavía preguntándose en voz alta si Hitler era un tipo tan despreciable como había sido pintado. Casi todos los seguidores de Marx rechazan ahora las villanías de Stalin y Mao, mientras muchos no-marxistas aun defenderían vigorosamente la destrucción de Dresden o Hiroshima. Las naciones capitalistas modernas son en su mayor parte el fruto de una historia de genocidio, violencia y exterminio, todo tan repugnante como los crímenes del comunismo. El capitalismo también fue forjado en sangre y lágrimas, y Marx estuvo por allí para atestiguarlo. Es solamente que el sistema ha estado en el negocio por suficiente tiempo como para que ese hecho sea obvio para la mayoría de nosotros

La selectividad de la memoria política toma algunas formas curiosas. Tome, por ejemplo, el 11 de septiembre. Quiero decir, el primer 11 de septiembre, no el segundo. Me estoy refiriendo al 11 de septiembre que tuvo lugar exactamente 30 años antes de que derribaran el WorldTrade Center (las Torres Gemelas), cuando los Estados Unidos ayudaron al violento derrocamiento del gobierno democráticamente electo de Salvador Allende en Chile e instalaron en su lugar a un odioso dictador que asesinó a mucha más gente que la que murió ese trágico día en Nueva York y Washington. ¿Cuántos norteamericanos están conscientes de eso? ¿Cuántas veces ha sido eso mencionado en Fox News?

Marx no era un utópico soñador. Por lo contrario, él empezó su carrera política en fiera contienda contra los utópicos soñadores que lo rodeaban. Él tiene tantos intereses en una sociedad humana perfecta como los tendría un personaje de Clint Eastwood y ni una vez habló en esos términos absurdos. No creía que el hombre y la mujer pudieran superar al Arcángel Gabriel en santidad. Más bien creía que el mundo podría factiblemente convertirse en un lugar considerablemente mejor. En esto él era realista, no un idealista. Aquellos que en verdad tienen la cabeza oculta en la tierra –la moral del avestruz de este mundo– son quienes niegan que pueda haber un cambio radical. Se comportan como si Family Guy (un programa de televisión) y la pasta de dientes multicolor seguirán aun existiendo en el año 4000. La historia humana completa desaprueba ese punto de vista.

El cambio radical, para estar seguros, puede no ser lo mejor. Tal vez el único socialismo que podamos atestiguar sea uno impuesto al puñado de seres humanos que puedan arrastrarse al otro lado de un holocausto nuclear o un desastre ecológico. Marx incluso habló severamente de una posible “mutua ruina de todas las partes”. Un hombre que atestiguó el horror del capitalismo-industrial inglés era poco probable que fuera un idealista sobre los seres humanos. Lo que él creía era que había más que suficientes recursos en el planeta para resolver la mayoría de nuestros problemas materiales, tal como había más que suficiente alimento en Inglaterra en los 1840s para alimentar a la hambreada población irlandesa varias veces. Lo crucial es la forma en que organizamos nuestra producción. Notoriamente, Marx no nos proveyó de planos para decirnos cómo deberíamos hacer las cosas de manera diferente. Él fue famoso por lo poco que tenía que decir acerca del futuro. La única imagen del futuro era la falla del presente. No es un profeta en el sentido del que mira en una bola de cristal. Él era un profeta en el auténtico sentido bíblico de uno que nos advierte a menos que cambiemos nuestra manera injusta, el futuro será profundamente desagradable. O que no habrá ningún futuro.

El socialismo, por tanto, no depende de algún cambio milagroso en la naturaleza humana. Algunos de aquellos que defendieron el feudalismo contra los valores capitalistas en la baja Edad Media predicaban que el capitalismo nunca funcionaría porque era contrario a la naturaleza humana. Algunos capitalistas dicen ahora lo mismo sobre el socialismo. Sin duda hay una tribu en la Cuenca del Amazonas que cree que ningún orden social puede sobrevivir si a un hombre se le permite casarse con la esposa de su hermano muerto. Todos nosotros tendemos a absolutizar nuestras propias condiciones. El socialismo no desaparecería la rivalidad, la envidia, la agresión, la posesión, la dominación y la competencia. El mundo aun tendría su parte de agresores, tramposos, vividores, oportunistas y sus psicópatas ocasionales. Es justo esa rivalidad, agresión y competencia no tardarían en tomar la forma de algunos banqueros quejándose de que sus bonos han sido reducidos a unos miserables 5 millones de dólares mientras millones de otras personas en el mundo se esfuerzan por sobrevivir con menos de dos dólares al día.

Marx fue un pensador profundamente moral. El habla en El Manifiesto Comunista de un mundo en el que “el libre auto-desarrollo de cada uno sería la condición del libre auto-desarrollo de todos”. Este es un ideal para guiarnos, no una condición que nunca podríamos alcanzar del todo. Pero su lenguaje es sin embargo significativo. Como un buen humanista romántico, Marx creía en la singularidad del individuo. La idea permea sus escritos de cabo a cabo. Él tenía una pasión por las sensualidades específicas y una marcada aversión por las ideas abstractas, aunque él pensaba que ocasionalmente podían ser necesarias. Su así llamado materialismo está en la raíz del cuerpo humano. Una y otra vez él habla de la sociedad justa como una en la cual hombres y mujeres serán capaces de realizar su poder y capacidades  distintivas en sus propias formas distintivas. Su logro moral es la placentera autorrealización. En esto él se une a su gran mentor Aristóteles, quien entendió que la moralidad trata sobre cómo florecer de manera más rica y disfrutable, no en primer lugar (como la era moderna desastrosamente imagina) sobre leyes, deberes, obligaciones y responsabilidades.

¿Cómo ese logro moral difiere del individualismo liberal? La diferencia es que para alcanzar la auto-realización, para Marx los seres humanos deben buscarla en y a través de unos a otros. No es sólo una cuestión de cada uno haciendo lo suyo aislados de los otros. Eso incluso no sería posible. Los otros deben llegar a ser la base de la propia autorrealización, al mismo tiempo que cada quien provee las condiciones para sí mismo. En el nivel interpersonal, esto es conocido como amor. En el nivel político, es conocido como socialismo. Socialismo, para Marx, sería simplemente cualquier conjunto de instituciones que permitiera que sucediera esta reciprocidad en la mayor medida posible. Piense en la diferencia entre una compañía capitalista, en la cual la mayoría trabaja en beneficio de pocos, y una cooperativa socialista, en la que mi propia participación en el proyecto aumenta el bienestar de todos los otros, y viceversa. Esta no es cuestión de algún santo auto-sacrificio. El proceso es construido dentro de la estructura de la institución.

El objetivo de Marx es el ocio, no el trabajo. La mejor razón para ser un socialista, aparte de la gente molesta que a usted le desagrada, es que detesta tener que trabajar. Marx pensaba que el capitalismo había desarrollado las fuerzas de producción a un punto en el que, bajo diferentes relaciones sociales, podrían ser usadas para emancipar a la mayoría de los hombres y mujeres de las formas de trabajo más degradantes. ¿Qué pensaba entonces Marx que podríamos hacer? Cualquier cosa que quisiéramos. Si, como el gran socialista irlandés Oscar Wilde, elegimos simplemente estar por allí todo el día vestidos cómodamente con prendas sueltas carmesí, tomando ajenjo a pequeños sorbos y leyéndose las inigualables páginas de Homero uno a otro, entonces que así sea. El punto, sin embargo, era que este tipo de actividad libre tenía que estar disponible para todos. No toleraríamos por mucho tiempo una situación en la cual la minoría se pueda dar al ocio porque la mayoría tenga que trabajar.

Lo que interesó a Marx, en otras palabras, fue lo que uno pudiera llamar, un tanto engañosamente, lo espiritual, no lo material. Si las condiciones materiales deben cambiar, que sea para liberarnos de la tiranía de lo económico. Marx mismo era asombrosamente bien leído en literatura mundial, se deleitaba en el arte, la cultura y la conversación civilizada, le deleitaba el ingenio, el humor y el espíritu elevado, y en una ocasión fue atrapado por un policía por romper una lámpara pública a la salida de un bar.Él era uno de los muchos grandes judíos heréticos, y su trabajo está saturado con los grandes temas del Judaísmo –justicia, emancipación, el Día del Juicio, el reino de la paz y la abundancia, la redención de los pobres.

¿Qué, sin embargo, del terrorífico Día del Juicio? ¿No requería la visión de Marx sobre la humanidad una sangrienta revolución? No necesariamente. Él mismo pensó que algunas naciones, como Inglaterra, Holanda y los Estados Unidos, podían alcanzar el socialismo de manera pacífica. Si él fue un revolucionario, fue también un robusto campeón de las reformas. En cualquier caso, la gente que se proclama opuesta a la revolución, usualmente quiere decir que se oponen a ciertas revoluciones y no a otras. ¿Son los norteamericanos antirrevolucionarios hostiles a la Revolución Americana tanto como a la cubana? ¿Están tronándose los dedos por las recientes insurrecciones en Egipto y Libia, o por las que derribaron los poderes coloniales en África y Asia? Nosotros mismos somos producto de trastornos revolucionarios en el pasado. Algunos procesos de reforma han sido más sangrientos que algunos actos revolucionarios. Hay revoluciones de terciopelo y revoluciones violentas. La Revolución Bolchevique tuvo lugar con una marcadamente baja pérdida de vidas. La Unión Soviética, a la que dio vida, cayó unos 70 años después con escaso derramamiento de sangre.

Algunos críticos de Marx rechazan una sociedad dominada por el Estado. Pero también Marx la rechazaba. Marx detestaba la política de Estado tanto como lo detesta el Tea Party[1], si bien por razones menos rupestres. ¿Fue Marx feminista? –podría preguntar un patriarca victoriano.  Puede estar seguro. Pero, como algunos comentaristas modernos (no-marxistas) lo han señalado, eran hombres del campo socialista y comunista quienes, sobre la resurgencia del movimiento feminista, en los sesentas, consideraron el asunto de la igualdad de las mujeres como vital para otras formas de liberación política. La palabra “proletariado” significa aquellos que en la sociedad antigua fueron tan pobres como para servir al Estado con nada más que el fruto de su vientre. “Proles” significa “hijos”. Ahora, en los talleres y en las pequeñas granjas del tercer mundo, el proletario típico es aun la mujer.

Mucho de lo mismo aplica a los asuntos étnicos. En los veintes y treintas, prácticamente los únicos hombres y mujeres que eran encontrados predicando la igualdad racial fueron comunistas. La mayoría de los movimientos anticoloniales fueron inspirados por el marxismo. El pensador antisocialista Ludwing von Mises describió al socialismo como “el más poderoso movimiento reformista que la historia ha conocido, la primera tendencia ideológica no limitada a una sección de la humanidad, sino apoyada por gente de todas las razas, naciones, religiones y civilizaciones”. Marx, que conocía esta historia mucho mejor, podría haberle recordado a von Mises del Cristianismo, pero el punto conserva su fuerza. En cuanto al medio ambiente, Marx asombrosamente prefiguró nuestra propia Política Verde. La Naturaleza, y la necesidad de considerarla como una aliada más que una antagonista, fue una de sus constantes preocupaciones.

¿Por qué Marx podría regresar al orden del día? La respuesta, irónicamente, es debido al capitalismo. Donde quiera que usted oiga a los capitalistas hablando del capitalismo, usted sabrá que el sistema está en problemas. Usualmente ellos prefieren un término más anodino como “libre empresa”. Las crisis financieras recientes nos han forzado una vez más a pensar en el orden bajo el que vivimos como totalidad, y fue Marx quien primero hizo posible hacer eso. Fue El Manifiesto Comunista el que predijo que el capitalismo llegaría a ser global, y que sus desigualdades se agudizarían severamente. ¿Tiene su obra algunos defectos? Cientos de ellos.Pero Marx es un pensador demasiado creativo y original como para ser aplastado por los vulgares estereotipos de sus enemigos.

 


[1]N de T. The Tea Party (el Partido del Té) es un movimiento político estadounidense antielitista, de derecha centrado en una política fiscalmente conservadora, y definido por el originalismo, es decir, la vuelta a los orígenes filosófico-constitucionales de los Estados Unidos. Los blancos principales de sus ataques son el Gobierno de Washington, el endeudamiento público y la clase política en general (tanto Demócrata como Republicana). Abogan por una reducción de la presencia del Estado en la sociedad. A pesar de su alineamiento general de derecha, el ideario político de los adherentes de Tea Party no es uniforme. En él confluyen diferentes ideologías, en especial la filosofía conservadora y la libertaria, pudiéndose encontrar dentro del mismo movimiento desde miembros nacionalistas y religiosos hasta otros de ideas liberales e individualistas.

 Marx