Día de Muertos en Vícam


Panteon 2010 2

El día primero de noviembre nos preparamos temprano para ir al panteón de Vícam. Compramos flores, veladoras, llevamos agua y escoba y arreglamos las tumbas de Ramón y la Gloria, mis padres, para acompañar su recuerdo durante esas horas que los mexicanos le regalamos con devoción a los muertos. La fecha no es triste ni alegre, sino una combinación (si fuera asunto culinario diría que es agridulce) en la que tenemos la sensación única de que los muertos andan por allí rondando y nosotros, los vivos, aceptamos ese lindero entre la realidad y la magia con una naturalidad que (hasta donde creemos) sólo es posible en la muy sofisticada alma mexicana.

Los panteones del país se vuelven ese día coloridos, iluminados, concurridos. La gente lleva comida y pone sobre las tumbas las viandas que más le gustaban al muerto y, no en todos los casos, la familia contrata algún grupo musical para que interprete las canciones favoritas del celebrado.

 En Vícam la situación es muy sui géneris porque las comunidades yaquis están al margen de las leyes generales que gobiernan a todos los mexicanos. A diferencia del resto de los mexicanos, los de aquí podríamos enterrar a nuestros muertos donde nos diera la gana: en el patio de la casa, si así lo quisiéramos. Los enterramos en panteones porque la cultura es más fuerte que las leyes, pero si usted camina por los montes cercanos a los caseríos no será extraño que encuentre algunas tumbas dispersas.

En Vícam hay dos panteones: el de los yaquis, que está frene al centro ceremonial que hace las veces de iglesia, y el de los yoris, que está justo detrás de los almacenes de depósito. El día de muertos (tanto el primero, día de los infantes muertos, como el dos, día de los muertos adultos) hay una nueve de polvo que cubre el panteón yori porque muchas de las personas van en carro y levantan la tierra. Esa es una molestia menor que se cubre con creces con el gusto que sentimos en ir a honrar a nuestros muertos, juntarse a platicar con gente que hace mucho no vemos, a oír música que aunque alegre suena triste, a beber alguna cosa (alcohólica o no) y comer algo aunque la higiene no lo recomiende.

Por la noche hace frío y uno tiene que sacar las chamarras y, si es necesario, encender un fuego porque la velada dura hasta pasada la medianoche. Ahora ya no se puede andar por todo el panteón saludando a los amigos, como se usaba antes (y menos de noche) porque se corre el riesgo de quedar enredado en un alambre de púas. Cada quien ha cercado su espacio, ha puesto alambradas y cerrado los accesos. El panteón es un laberinto difícil de recorrer. El desorden es tal que hay personas que tienen que ir brincando cercos para poder llegar a las tumbas de sus seres queridos.

Además, cada vez hay menos lugar para enterrar a los nuevos muertos. Dicen muchos que los yaquis no quieren dar más espacio, pero Pancho Salomón tiene la hipótesis de que el verdadero problema es que nadie le ha preguntado a los yaquis si quieren o no. Otra hipótesis es que el gobierno municipal, que tampoco se ha podido poner de acuerdo con la tribu para que haya un solo comisario, no ha tratado de negociar la extensión del panteón hacia su área natural que es la que está en frente.

Terminemos esta entrega con esa lapidaria frase de José Guadalupe Posada: “La muerte es democrática ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calavera”.