¿Esto es ya un desmadre?


Carlos Puig, del Milenio, dice que esto es ya un desmadre refiriéndose a las matazones protagonizas, suponemos, por los narcos. Publicamos ese artículo porque describe el momento de México:

¿Qué hacemos, noticieros o partes de guerra? Viene repitiendo David Aponte, jefe de noticias de W Radio.

Esta semana, la sensación se extendió a muchas redacciones. “Aquí, haciendo el parte de guerra”. Me saludó Héctor Zamarrón, jefe de la página de MILENIO una de estas tardes.

La velocidad de las balas nos rebasa. La brutalidad de los violentos nos enmudece. Estamos en medio de una matazón que por acumulación parece sin sentido. La única sensación que perdura es la del miedo.

“No debemos perder la capacidad de indignación ante este tipo de acontecimientos”, me dice una mañana Alejandro Poiré, el vocero del gobierno para asuntos de Seguridad.

Pero la indignación debe tener objetivos, sujetos de carne y hueso. No estamos frente a desastres naturales ni actos divinos.

“Esto ya no es una guerra, es un desmadre”, dice Sabino Bastidas citando a Pérez Reverte.

Pareciera que estamos en medio de una matazón sin narrativa, sin historia, sin explicaciones, sin contexto.

Y los tiene. Como la tuvieron las espirales de violencia en la Italia de los noventa y Colombia de las últimas décadas. No se mata gratis, ni gratuitamente.

“El desmadre” provoca fenómenos absurdos de opinión pública a los que se unen, felices, algunos políticos caradura: un grupo de asesinos con armas largas en Nayarit, o en Tijuana, o en Ciudad Juárez, deciden una noche cualquiera, seguramente por razones estratégicas para su empresa criminal, asesinar a un grupo de jóvenes lavacoches, o adictos en recuperación.

No es nada complicado obtener a las pocas horas una declaración de algún familiar, de algún activista de los derechos humanos que culpa de esos asesinatos al presidente Felipe Calderón. ¿En serio?

Escuché y leí varias entrevistas con familiares de las víctimas o políticos con relación a las matanzas de la semana. Me fue muy complicado encontrar una condena clara, contundente de los que jalaron el gatillo o pagaron a los sicarios, abundaron las críticas a una política pública, no a los asesinos.

La más persistente narrativa de esta guerra es simplista y no explica nada: ésta es la guerra de Calderón. Como si en enero de 2013 ya no fuera a haber muertos.

¿En serio todas las muertes son culpa del gobierno y su guerra?

La generalización absuelve. Como entonces distinguimos unas de otras. ¿Son lo mismo el asesinato de un grupo de mujeres trabajadoras de las maquiladoras en su camino a casa, que el asesinato a manos de soldados de un padre y un hijo que no tenían nada que ver con la delincuencia organizada?

En la confusión sólo queda el miedo.

En estas páginas Héctor Aguilar Camín ya ha hecho la crítica de los medios y sus periodistas, incapaces de poner en contexto, de explicar lo que sucede en las zonas violentas del país. De explicar quiénes y porqué asesinan. En la falta de énfasis y condena en quiénes son, en verdad, los violentos. Obsesionados con el inventario de los muertos. Con el señalamiento facilón, aunque mentiroso, colaboramos a la confusión. Somos parte del desmadre.

Y en esta semana horrorosa algunos se empeñaron en darle la razón a Héctor cuando difundieron sin pudor el video en el que un hombre secuestrado y amenazado por un grupo de hombres encapuchados y armados, para inmediatamente hacer ciertas sus “confesiones”.

El seguimiento de la noticia consistió en preguntar a las autoridades si iban a investigar a los “denunciados” por la víctima. La hermana del secuestrado tuvo que salir a defenderse.

Podrá haber muchas razones sociológicas para explicar que esa fuera la reacción ciudadana ante lo visto en el video. O políticas para que la oposición dijera lo mismo. No hay una sola razón periodística.

El gobierno federal carga buena culpa en la construcción de esa narrativa.

Han sido tres años de explicaciones cortas, parciales. De declaraciones sin explicación. De inventarios de buenas intenciones o amargas advertencias: “Esto se va a poner peor antes de ponerse mejor”.

Como si la ciudadanía fuera menor de edad, han sustituido información sobre diagnósticos, tácticas y estrategias por arengas. Nos han colmado de apodos y fotografías de hombres esposados en lugar de radiografías precisas de cómo operan quienes nos violentan.

Le encanta al gobierno la propaganda y no la información.

Los anuncios en lugar de los documentos.

El 3 de agosto de 2010, durante los diálogos por la seguridad realizados en el Campo Marte, Guillermo Valdés, el director del Cisen, hizo la más completa, realista y documentada narrativa de las razones, acciones y consecuencias de la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado que se ha escuchado en el sexenio.

Nota de un día, se perdió entre los discursos. Se prometió continuidad. Y nada.

Que no se quejen si cada muerte se la achacan al gobierno. Por absurdo que sea.