Estudiantes sin ánimo de aprender


Tuvimos la “suerte” de estar en una clase donde el profesor se afanaba con estudiantes recién egresados de preparatorias y que quieren entrara a la universidad. El profesor les estaba poniendo una batería de preguntas sobre historia de México e historia universal del siglo XX. Era tal el derroche de ignorancia que los que estábamos allí tuvimos la impresión de que un chango era más inteligente que los autoproclamados estudiantes, sobre todo esos changos que presenta el Discovery Chanel a los que nomás les falta hablar. Deje usted que no supieran cómo se resuelve un sistema de dos ecuaciones  simultáneas de primer grado y que la palabra hipotenusa les fuera totalmente ajena; lo que más nos sorprendió es que ignoraran si la segunda guerra mundial había sido antes o después de la primera, si Morelos era amigo de Madero y si Villa anduvo con Hidalgo.

      No sabemos si los chamacos de antes eran menos o más desinteresados que los de ahora en la cultura. Que sí sabemos es que muchos de nosotros tiene o tenía en su familia a algún antepasado (padre, abuelo, bisabuelo…) que habiendo cursado unos cuantos grados de primaria, eran lectores consumados, personas con opiniones fundadas en todos los campos de la cultura general y la política.

      También sabemos que en estos momentos de la república, la educación está tan en la calle que hasta el sentido común (el menos común de los sentidos) les es totalmente ajeno. Y lo trágico del asunto es que se trata de muchachos que tienen por lo menos 15 años de escolaridad (si incluimos el Jardín de Niños).

      Las estadísticas, decía un gran maestro, es como los bikinis de las muchachas: enseñan mucho, pero ocultan lo esencial.  Así, las estadísticas de la educación dicen que entre la población mexicana de cada cien personas sólo tiene una licenciatura; uno tiene maestría y sólo uno entre doscientos tiene un doctorado. Son pocos, proporcionalmente, los que han tenido la suerte de seguir “estudios” “superiores” en México. Se habla de algo así como 2 millones de estudiantes de licenciatura en todo el país, sumando los sistemas público y privado.

      Sin embargo, esa estadísticas oculta lo esencial: que muy pocos de esos universitarios realmente estudian. La gran mayoría sólo va a la universidad (literalmente) y la curiosidad científica e intelectual está prácticamente ausente de la gran mayoría de ellos. Cuando los profesores se paran frente al grupo (profesores curtidos en el desinterés también, hay que decirlo, y con mucha ignorancia una buena proporción de ellos), cuando el profesor se para ante el grupo, decimos, lo que percibe es el profundo desinterés de los alumnos por aprender. Incluso hemos llegado a oír a profesores que se preguntan con mucha curiosidad por qué razón los estudiantes quieren entrara a la universidad.

      Aquí influyen falsas creencias y una que otra realidad. La realidad es que si no entran a la universidad tendrían que entrara a trabajar y eso es peor. La primera falsa creencia es que un título basta para ostentarse como “licenciados”, “ingenieros”, “médicos”, etc. La otra falsa creencia es que el título les abrirá un panorama laboral promisorio. Craso error.

      Como dice la gente en Vícam, “lo doctor no quita lo pendejo”, así que un título aderezado con ignorancia lo único que dice es que el poseedor del documento sólo fue a la universidad a perder el tiempo; no redunda en prestigio para el que lo posee, sino al contrario.

      Que van a conseguir trabajo con el título, es la creencia más errada porque han de saber que la proporción de mexicanos más desempleada en es la que tiene un título universitario. Es decir, la mitad de los que egresan no consiguen trabajo en las áreas en que se formaron. Esa es la realidad.

      Hay un profesor que cada semestre les da a sus estudiantes dos consejos. El primero es que no roben, que México está hambriento de gente honrada. Ahora, si la vida los orilla a robar, les dice el profesor, no se anden robando un tanque de gas. Róbense al menos unos 500 millones de pesos para que gasten 200 millones en sobornos y cuando estén libres se podrán dedicar a gastar los otros 300 muy a gusto.

      El otro consejo que el profesor les da es que estudien; que México está hambriento de gente educada y técnicamente competente. Ahora que si no les gusta estudiar, pero les urge tener un título, que no vengan a la universidad a perder el tiempo. Que se levanten temprano, se arreglen, desayunen lo que su mamá les da y luego díganle que les dé algo de dinero para ir a la universidad. Vayan y tomen el camión y váyanse a un parque a dormir, frecuenten los billares, platiquen con los amigos y ahorren algo del dinero que les dan. Cuando hayan pasado los cinco años de universidad (a la que los estudiantes que siguieran el consejo no habrán ido), el estudiante tendrá unos ahorros y le dirá a sus padres que tiene que ir a México DF a titularse. Cuando lleguen a la capital vayan al Zócalo. Parados frente a la Catedral Metropolitana, caminen por la calle de la izquierda, que se llama República de Brasil, y caminen unas tres cuadras hasta llegara  a Santo Domingo. Allí, les dice, no hagan nada. Espérense que a alguien los contacte. Cuando les pregunten que si qué titulo se les ofrece, díganle el de su preferencia (incluyendo la universidad, entréguenle unos 5 mil pesos (ni modo, van a tener que confiar en ellos) y regrese a los tres días (o cuando el individuo les diga) y recibirán (por otros 7 mil pesos) un flamante título con firmas, sellos y cédula profesional listo para venirse a ejercer. Una recomendación: no elijan carreras que puedan poner en peligro vidas humanas.

      Dirán ustedes que esos consejos son muy malos. Sí, pero tienen dos virtudes: primero, descongestionarán las universidades y quedarán solamente los que sí quieren estudiar. Y segundo, se dejará de gastar en ellos (sin incluir lo que gastan los padres) unos 30 mil pesos anuales que es lo que gasta el gobierno en cada estudiante que va a las universidades a perder el tiempo.

      Al fin que los graduados de las universidades mexicanas de todas maneras no saben más que los graduados en la Universidad de Santo Domingo…