Pancho Vega llevó el libro de su vida a Milpillas, Chihuahua


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Por Jesús Noriega

Sin más brújula que el imperioso llamado de los recuerdos unido al motor de los arrebatos semanasanteros, entusiasta el Tío Pancho Vega y alborozada la alcahueta extensión de su existencia, viajamos a Milpillas, Chihuahua, al encuentro del montuno caserío que cimienta la memoria. Ni tan siquiera el tierno sol convertido en centenario del cielo, asomándose entre cumbres montañosas del oriente, presagió los regalos fabulosos de la travesía que la ausencia postergó cuarenta años. La carretera a Álamos convertida en cordón umbilical de la memoria, recrudece los recuerdos cuando se retuerce allá por el kilómetro 29, porque a la derecha de la curva se exhibe oronda la cima que los lugareños conocen con el enigmático nombre de La Cacharamba.

Pancho Vega sorbía café y con los ojos se bebía cada kilómetro, cerros y piedras, cada árbol y cada seña del camino. Hace ocho décadas los destellos del sol presagiante le dijeron adiós y le quemaron la espalda, la mañana de primavera del último día de marzo, de sol absoluto, lo encandiló la reventazón dorada de Levante. El Tío Pancho bajó de la sierra siguiendo la estrategia de sobrevivencia de su generación, tres cuartos de siglo después, regresó al terruño a presumir el libro de sus experiencias vitales: Pancho Vega y las Betiaventuras. Los caminos de herradura que El Tío Pancho pisó en 1931, son ahora brechas mostrencas, atrabancados senderos que recorren costados y crestas del Cañón del Septentrión en inmediaciones de la Sierra Madre Occidental.

Durante el viaje, Pancho no pudo resistirse a las antiguas tentaciones que encantan a quienes poseen el espíritu de niños traviesos que los impulsa a encontrar formas humanoides en las nubes, pero además, la imaginación de El Tío Pancho buscó en cerros y sombras las figuras que en 1931 dejó atrás durante el viaje forzado que lo llevó de Milpillas al Valle del Yaqui. Al despuntar el alba las montañas tienen influjos místicos o desatan febriles añoranzas, por eso a la vuelta de las curvas se escuchaban gritos distintos de tono iterado: “¡Mira las caderas de mujer recostada que forman esos cerros!” o, “Fíjate como aquellos picachos forman la cabeza de un león”

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Álamos es posta de doble relevo, alberga por igual a quienes suben a la sierra que a los que bajan de ella. Al llegar en la mañana al corazón de Álamos, que en primavera adorna su piel rural con sábanas floreadas, se reciben los abrazos y caricias que albrician evocaciones o improntan otros recuerdos. La cabeza de El Tío Pancho es alijo de recuerdos que se desamarran al influjo de suspiros matinales: el Templo Parroquial de la Inmaculada Concepción, el templo franciscano que presume altas cúpulas que allí están pero cuyos ornamentos y paramentos actuales escasamente pertenecen a la arquitectura original; el kiosquito saleroso repleto de coquetería que invita al guiño furtivo o al beso mañanero; los arcos que tartamudean sobre baldosas remodeladas; el reguero de empedrados que entran y salen de la plaza llevando historia a cualquier sitio. La escenografía del fondo tiene montañas azules que vaticinan barrancos, adornadas con cirroestratus desbalagados que intimida el sol, quien poco a poco impone sus álgidas leyes.

Calienta el sol, pero calienta menos el sol que la brasa del Raleigh, parte de la indumentaria de El Tío Pancho. Las precoces responsabilidades le impidieron aficionarse al trago, las leyes del matrimonio y la tenacidad de su esposa lo alejaron de otras mujeres, los hijos le impidieron holgazanear, de manera que, empedernido desde los once años, mantiene por su cuenta en el cigarro, al pecado con que se levanta y acuesta todos los días. Entre volutas de humo que contaminan la serranía, el Jeep rojo avanza a tirones y agarrones, pialado por filamentos cósmicos de fuerzas originales que impelen a sus ocupantes con rumbo a la matriz Milpillas…

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Sentarse en la plaza de Álamos a mascar tacos de chorizo y frijol es pretexto ideal que sirve para rumiar historias familiares, amalgamadas con remembranzas de vaqueros que un día montaron bestias y hoy viajan sobre lomos mecánicos. En Álamos, los encuentros fortuitos y las admiraciones mutuas, en pocos minutos consolidan camaraderías; las frases reverberantes de lugares e historias comunes dan paso a las advertencias: vivencias ajenas pero cercanas de falsos retenes, la desconfianza matrera de los sierreños que aborrecen la peste incómoda que emanan los fuereños, brechas desamparadas de la mano del gobierno o, el omnipresente fantasma de la violencia que escarmienta al país.

La vida de El Tío Pancho Vega entrevera pasados y presentes, mucho de ambos; él es trayectoria repleta de engarces en la que conviven el temple de hombre parido en la matria profunda, con el ser sufrido y cumplido que en el Valle del Yaqui, con afanes campesinos, construyó la familia de sólidos principios que comanda; hombre valeroso que a los ochenta y tantos, inconforme con destinos intrascendentes, navega el proceloso mar de la escritura y lega a los renuevos sus pasajes de vida, que a fuerza de simplicidad metió en frugales relatos campeños. El Tío Pancho parece desprevenido, sonríe siempre y repite en confianza lo que la razón manda: “muy pronto en la vida aprendí que los moquetazos no eran lo mío; soy fifirichito y de un pajuelazo cualquiera me desarma”. Talla breve y güilo, sordo a conveniencia, carcajiento a la mínima provocación, escurridizo, de ideas apeñuscadas, hiperquinético, brioso o amable según las circunstancias. Bueno para el palique, arropa la plática con ojos escrutadores, comba mano y falanges que monta encima de la oreja derecha, porque cumplido o atento, capta lenguajes gestuales, estruendos del cuerpo, o las finezas de las charlas y los deslices de silencios.

Nada arredra el retorno a los orígenes: ni las noticias que allanan capacidades de sorpresa, ni los crímenes cotidianos que estandarizan el asombro; tampoco desaniman las volantas motorizadas de tropas en camuflajes de campaña y armas en ristre que, entre parpadeos de respeto desconfiado, aparecen y se esfuman al estilo de las liebres retobonas. A la entrada o salida de curvas inéditas, atrás y lejos quedan los militares, también rebasado y lejos queda el monte-mojino con su flora chaparra, cenicienta y deslustrada; en un santiamén se desvanecen las vinoramas, los mezquites, los helechos y los guacaporos, el eslabón postrero que en pocas horas pasa a ser recuerdo de las llanuras de Sonora, la tierra adoptiva. Entonces vienen al encuentro otros aromas, árboles distintos, pájaros azules con las colas de faisán y microambientes serranos remotos e infrecuentes.

El hilo de los recuerdos se adelgaza conforme se alejan en el tiempo, pero reviven y se palpan conforme la brecha se enhebra cuesta arriba por las faldas de los cerros, hasta hacerse tropel desordenado al encontrarse ante los accidentes del terreno. El camino deja atrás Minas Nuevas, Los Tanques, Los Camotes, El Taymuco, y sin previo aviso -poco a poco defiende La Beti– se hace hebra mostrenca que troca en filamentos destorlogados, que semeja una larguísima cicatriz hecha por la mano del hombre, y por lo mismo es la huella polvorienta que marca las faldas y crestas de los cerros milenarios. Mientras que las neuronas seniles de Pancho Vega revolotean “el cuchillo de la cocina”, el costurón serpenteante sube, encarama poco a poco paredes escarpadas, pone las nubes a la mano del minúsculo humano, de manera que al voltear la mirada los ojos chocan con negruras de cañones o murallas altísimas de desfiladeros recortados a fuerza de tajos divinos.

Momentos precisos de la cuarta pregunta. Llegan hora y lugar de poner en práctica la valía de las previsiones: del vehículo, todo terreno y doble tracción, una llanta incapaz de resistir los accidentes del territorio serrano hiere el aire con siseos preocupantes y acongoja los cromosomas equis; revienta la primera rueda al pie de la cuesta que apenas bautiza el ascenso. Reparada la avería, es hora de proseguir el viaje, para amainar la pendencia del recorrido, llega el momento de echarle mano al viejo recurso de las cortinas de humo que hacen los recuerdos rotos que todo y nada explican; tiempo de charla facilona, descomprometida, de comentar los escarpes impasibles que a la distancia parecen carcajearse del peregrino huérfano de orígenes; chico rato de pláticas anodinas que salsean el trayecto, del que ya no se sabe cuándo empezó y se ignora en qué terminará.

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Ni el fario sicarioso que campea con premura los parajes montunos… nada arredra el lance: en esos lares matreros, brincoteando caminos filosos, suben y descienden vehículos imposibles de creerse que lidean velocidades de temor; seres que camuflan sus rostros tras vidrios color ahumado/anonimato, sin miedos surcan los hoyancos de brechas sinuosas, rozando la orilla de barrancas que descaradamente disecan los planos del abismo. De pronto, desde la despuntadura de la enésima loma, a ras de la hondonada, chillan los reflejos del sol en apogeo sobre las techumbres metálicas de Las Chinacas.

Atravesar Las Chinacas es partir el pueblo en dos y dividirse la figura en mil ojos que escudriñan. El Tío Pancho Vega sabe que centenares de ojos parapetados tras rendijas ubicuas espiaban la rodada enérgica, pero encuentra “el cuchillo de la cocina”, que equivale a decir que dejó de estar norteado y acabaló el rumbo. Entonces, lo inesperado: el tío y la prima Beti, acometidos por urgencias verborreicas ligadas a los genes, con voces intermitentes silenciaron el tartajoso runrún del Jeep. Las gargantas compulsivas acapararon las coordenadas: la una dictó monólogos de anécdotas de familia, y al otro, le brotaron salpicaderos de añoranzas en esperanto; pararían los chismorreos cuando el motor entró en reposo, luego de quince kilómetros y tres cuartos de hora.

Milpillas, Chínipas, Chihuahua; conglomerado humano endogámico en el que apellidarse Vega es natural. Vega y Lagarda, apellidos potestativos de la región, que tomaron carta de residencia en Milpillas a finales del siglo XVIII y de allí enviaron raíces y renuevos al mundo. Mujeres y hombres llevaron la sangre de los pioneros a las cuatro esquinas del planeta: de allí salió El Tío Pancho Vega hace setentaisiete años; de allí salió La Tía Nelita hace un mundo de tiempo; de allí llegó a Cajeme El Tío Sergio Vega hace setenta años; de allí emigró a lomo de mula mi madre, Mercedes Vega Reyes, hace sesenta y pico de años. Salieron tantas mujeres buenas y hombres buenos como para hacerle veinte pisos a Milpillas, tierra expulsora de talentos; se fueron yendo poco a poco por la fuerza de la necesidad, porque los hijos querían o debían estudiar, por las rencillas que separan hombres y familias, por el abandono social de la región, porque la Revolución se llevó a los mejores sin traerles justicia. Algunos tal vez sólo vagan o huyen en pos de aventuras, pero los que se fueron y se van, simplemente lo hacen porque las migraciones mueven personas de sitios vulnerables a zonas privilegiadas. A los que se quedan corresponden otros dramas, arraigados, legatarios de soledades e incertidumbres, de la memoria ancestral, están con brazos abiertos y corazones palpitantes y son la realidad profunda.

Es verdad que muchos vuelven con tal de saludar a los que permanecen, como lo hace El Tío Sergio cada verano, La Tía Nelita cada que puede con tal de evitar la desmemoria, mi madre cada vez que alguien cercano muere, o El Tío Emilio que pidió entierro en su Milpillas que nunca debió dejar; recalar cualquier día es bueno, pero es mejor hacerlo en época de las flores de primavera, cuando los duraznos revientan cálices púrpuras y en los varejones de los membrillos pululan flores prometedoras. Retornar medio siglo después al sitio de las querencias del que se salió un día sin nada, con las esperanzas inciertas y el pecho encogido, es volver a abrazar seres queridos con la mirada limpia y la conciencia tranquila, aunque cueste la vida traerles bajo el brazo promesas ciertas… Porque la mera verdad, muchos regresan, pero pocos vuelven a compartir libros como lo hizo Pancho Vega en marzo del 2010, cuando estuvo en Milpillas con el alma en carne viva y desangrándose los sentimientos para compartir con su gente las vivencias que albergan sus páginas.