El daño ecológico de las drogas


John P. Walters

Sabemos que las drogas ilegales hacen mucho daño: a nuestros cuerpos, a nuestras mentes y a nuestras comunidades. Pero hay otro daño vinculado a las drogas ilegales que más y más norteamericanos empiezan a comprender: los miles de millones de dólares que los norteamericanos gastan en drogas cada año representan un costo terrible para los ecosistemas más frágiles y diversos del planeta.

Consideremos los Andes y la región del Amazonas en América del Sur. En países como Colombia y Perú abundan asombrosas riquezas ambientales. La región peruana puede ser la más rica del mundo en todas las formas de fauna, al albergar cantidades de especies, entre ellas mariposas, anfibios, reptiles, aves y mamíferos.

Colombia contiene aproximadamente el 10 por ciento de la diversidad biológica de la tierra, y en ese sentido sólo la supera Brasil.

Pero esa diversidad se destruye rápidamente. La periodista ambientalista Stephanie Joyce, en un artículo para International Wildlife, describió las escenas que había visto en la región andina: “un panorama devastado… un acordeón de laderas rojas, llenas de cicatrices, salpicadas de tocones que se pudren. El bosque ha desaparecido hasta donde alcanza la vista”.

¿Quién taló el bosque, barrió con la fauna frágil, agotó el suelo y dejó tras de sí una cicatriz envenenada por los productos químicos que, una vez, fue un bosque pluvial? Es una historia trágica de codicia y dependencia. Pero el culpable no es aquí ninguna corporación rapaz. Es nuestra demanda de drogas ilegales. Ya es hora de que examinemos la consecuencias a largo plazo del consumo de drogas y el daño que nos hacemos a nosotros mismos y a nuestro mundo.

Nuestro gobierno y las naciones donde se cultiva la coca han tratado de reducir la producción de cocaína rociando los campos de coca con glifosato (el compuesto químico que millones de norteamericanos han usado sin peligro durante años). Pero nuestro rociado no es el motor que impulsa toda esta destrucción ambiental; lo es el cultivo y elaboración de la cocaína misma. Los fabricantes de drogas ilegales, obviamente, no siguen nuestras reglas ambientales o de seguridad.

Actualmente, Estados Unidos consume cada año cerca de 260 toneladas métricas de cocaína, cultivada y elaborada químicamente en el ambiente frágil de América del Sur. El patrón del cultivo de cocaína depende de la agricultura de “tala y quema”, sumamente destructiva. Se queman los bosques, se planta la coca y, cuando los campos se vuelven estériles, se despejan nuevos terrenos más adentro en la selva. Las cosechas ilícitas de coca las producen principalmente industriales en gran escala que, en su búsqueda de ganancias, causan daño ambiental grave en zonas de crecimiento vírgenes. El resultado ha sido la destrucción de 2,4 millones de hectáreas de bosque tropical frágil en la región andina durante los últimos 20 años. En Perú, 10 por ciento de la destrucción de todo el bosque pluvial en el último siglo se debe a las drogas ilegales.

Además, los poderosos agentes químicos que aplican los cultivadores arruinan aún más el suelo. Se estima que en la producción de cocaína se usan anualmente en América del Sur 600 millones de litros de los llamados precursores químicos. Los cultivadores usan herbicidas y pesticidas sumamente venenosos (inclusive el paraquat) para aumentar sus beneficios. Los fabricantes vierten también indiscriminadamente en el suelo y en las corrientes de agua que tienen cerca cantidades enormes de gasolina, kerosén, ácido sulfúrico, amoníaco, bicarbonato de sodio, carbonato de potasio, acetona, éter y cal.

La Universidad Agraria Nacional de Peru informa que “los ríos y corrientes del valle del Alto Huallaga son literalmente inundados, año tras año con grandes cantidadaes de desechos y contaminación tóxicos. Las pesquerías y todas las formas de vida han sido casi totalmente destruidas en las pequeñas corrientes”.

El comercio de la coca ha sido especialmente dañino en Colombia, que ha perdido aproximadamente 1,2 millón de hectáreas de bosque pluvial tropical. Cada año, los elaboradores, en los laboratorios instalados en la selva, vierten en el medio ambiente más de 370.000 toneladas de substancias químicas en los tributarios cercanos que aumentan el caudal del Amazonas y el Orinoco. Las vías de agua afectadas están casi totalmente desprovistas de muchas especies de plantas acuáticas y vida animal.

Hay también un costo humano apremiante. Los campesinos pobres rocían los campos acompañados de sus hijos, que caminan descalzos. Sus esposas, muchas de ellas madres lactantes, limpian el equipo de rociar, exponiéndose ellas mismas a estos químicos sumamente tóxicos.

Pero la cocaína que llega de naciones distantes no es nuestro único problema. Aquí en nuestro país, los laboratorios de metanfetaminas dejan cicatrices venenosas, absorbiendo los presupuestos de limpieza ambiental de muchos municipios. Cada kilogramo de metanfetamina producida genera de cinco a seis kilogramos de desechos peligrosos. Los mortales subproductos de los laboratorios en ocasiones se vierten directamente en los pozos de agua, desde donde llegan hasta el agua que se consume en los hogares y los sistemas de irrigación agrícola.

Los norteamericanos son un pueblo rico, que consume una enorme porción de los recursos de la tierra. Pero los norteamericanos son también un pueblo idealista. Hoy, en el Día de la Tierra, celebramos ese idealismo concentrándonos en nuestro papel de administradores del medio ambiente.

Es posible educar a la gente para que se preocupe por las consecuencias de sus hábitos y se vuelva más sensible al impacto que tienen en el planeta sus estilos de vida. Reducir la demanda de drogas ilegales es una manera en la que podemos aliviar la presión sobre algunos de nuestros hábitats naturales más frágiles.

John P. Walters es director de ONDCP (Oficina de Política Nacional de Control de Drogas)