Zapata reloaded: Tierra (para sembrarla) y Libertad (para fumarla)


Zapata

La frase zapatista resume lo que se quiere decir: la mejor solución al crimen y al tráfico de drogas es la legalización de la producción, tráfico y consumo junto con un fuerte programa social de atención a los adictos.

La contabilidad de los muertos ha cauterizado ya la empatía, la capacidad de asombro del pueblo mexicano. Cuando en la televisión están informando acerca de la cuota de ejecutados diarios, la gente le cambia de canal y se va a ver, si no queda más, “entre tres” o ya de perdida el arte y la ciencia del “cuchiplancheo” impartido por esa gran filósofa de lo patético que se llama Penélope Menchaca.

La convivencia con la muerte se ha vuelto rutinaria y, quizá, la única cosa que llega a medio impactarnos es la posibilidad, nada remota, de que nos toque a nosotros. Los muertos sólo son seres muy ajenos que yacen en el pavimento víctimas, seguramente, de lo que ellos mismos se buscaron.

De hecho, las autoridades ya no investigan, ya no persiguen y, pero por supuesto, ya no castigan a ningún responsable. ¿Dónde empieza y dónde termina la cadena de violencia? Nadie lo sabe y, por lo que se ve, tampoco les interesa saberlo porque, vaya usted a saber, no sea que tenga uno de sus lados demasiado cerca. Como tampoco al público le interesa, entonces el trabajo del ministerio público termina en esa grave declaración en la que se  nos informa que “fueron ajustes de cuentas entre bandas criminales”. ¿Y? ¿O sea que el ajuste de cuentas entre bandas criminales no es materia de persecución?

Marihuana

Lo que las autoridades no nos dicen es que en realidad no pueden ¿O no quieren? Abonemos primero un poco la hipótesis de que no pueden. En México, para no hablar de otros países, parece que alguien dispersó algún fertilizante que hace germinar sin control la producción de sicarios. Se matan y se matan entre sí y siguen surgiendo por decenas. Cuando se enfrentan a balazos no son uno ni dos, son docenas de cada bando. Además traen armamento mucho más poderoso que el que trae la policía. Recordamos todavía aquel enfrentamiento entre policías y mafiosos en Obregón donde unos cincuenta carros de la policía salieron huyendo ante el poder de fuego de un carro con tres sicarios. Hay, sin duda, un grupo de ejércitos privados y muy poderosos que tienen asolados a los policías de la nación.

El Ejército Mexicano sería la única fuerza capaz de enfrentarse a los malosos, pero los miembros del congreso se han hecho los tontos por años para no aprobar el estatuto legal que ampare la salida del Ejército a las calles. Es comprensible, por tanto, que los hombres de verde olivo se anden con tiento porque, no lo dude usted, no tardará en salir un político sin escrúpulos (¿no es eso una tautología, una redundancia?) a tratar de enjuiciar a los soldados por los malos muertos en combate.

Está también la hipótesis de que no quieren perseguir a los malosos “hasta sus últimas consecuencias”. El primer argumento es legal. Si los señores diputados y senadores aprueban la ley que da atribuciones al ejército para combatir el crimen, entonces el instituto armado podría sacar sus helicópteros apache, sus radares, si aparato de inteligencia para detectar sembradíos, laboratorios, almacenes, medios de transporte y distribución, y enfrentar de verdad a los delincuentes. No creemos que esos ejércitos privados puedan enfrentar el poder de fuego del Ejército Mexicano.

El segundo argumento es de poder y de moralidad. Si los Estados Unidos quisieran combatir el narcotráfico, ¿a poco no pudieran utilizar sus sofisticados medios de espionaje para hacer el trabajo de detección de actividades y personas? Si quisieran, no dejarían pasar las 25 mil toneladas anuales de cocaína que pasa por sus fronteras. ¿Cómo se pueden pasar por la frontera de los Estados Unidos y ser distribuidos el equivalente a 1500 trailers llenos de droga sin que se les vea? La corrupción de aquí y de allá está muy arriba en las estructuras de poder.

El tercer argumento que insinúa que no quieren combatir al narco es financiero. Los gobiernos (inclúyase también aquí a los congresos) pueden, y no lo hacen, blindar los mecanismos financieros utilizados por el narco (y por todos los demás delitos como el secuestro). Si usted es un ciudadano cualquiera y se gasta, digamos, un millón de pesos, al ratito le cae hacienda preguntándoles de dónde los agarró. Pero sin embargo, los narcos (los verdaderos narcos, no los peones que todos los días atrapan y que nos los hacen pasar por “cerebros”, “brazos derechos” y “operadores” de los cárteles), los narcos, pues, lavan miles de millones de dólares al año y nadie los ve ni los oye. ¿Cómo le hacen? ¿A poco los gobiernos no pueden controlar eso? Claro que pueden. Así le hizo Irlanda y ahora es uno de los países donde prácticamente no existe el problema.

El cuarto argumento es político. Nadie les cree que esos pobres diablos que nos presentan con el ojo morado y el hocico sangrante sean los jefes del narcotráfico. Los verdaderos jefes están, con seguridad, muy arriba. Si es así, entonces enfrentar el problema tendría implicaciones para la seguridad nacional porque el Estado nunca sabría cuál de sus miembros es parte de los delincuentes, cuál de ellos juega el doble papel de funcionario y mafioso. La seguridad nacional está, así, muy comprometida y de lo que se trata con el combate es de presionar para que las cúpulas de las organizaciones criminales lleguen a acuerdos que garanticen equilibrios mínimos.

El quinto argumento que insinúa que el estado no quiere perseguir a los delincuentes hasta sus últimas consecuencias es económico y se basa en los cuatro anteriores. Si los políticos no aprueban leyes que combatan el problema, si no se blinda el sistema financiero, si no se usa el poder de fuego y de espionaje, si la corrupción está hasta el tope y si fuera difícil distinguir entre mafiosos, ricos y funcionarios, entonces debe haber una razón poderosa que da sustento a esas cuatro realidades: que el narcotráfico es un negocio tan lucrativo que, además de estar involucrada mucha gente, su desaparición sería la ruina de personas, empresas y economías locales. Si esto fuera así, entonces hay que tomar medidas para hace que el negocio sea cada día un mejor negocio. ¿Y cómo? Combatiéndolo por medio de ejércitos y policías.

Expliquemos esto. La droga es un bien de demanda inelástica (como dicen los economistas). Eso quiere decir que si el precio sube en un cierto porcentaje, la demanda baja pero en un porcentaje menor. O, dicho de otro modo, por más que suba el precio la demanda no baja (incluso sube). Eso es un bien inelástico. Es como la sal. Por más que suba o baje el precio, la demanda de sal sigue siendo la misma porque la gente no va a ponerle más ni menos sal a los frijoles nomás porque el precio suba o baje. Así las drogas. La gente que las consume lo hace sin fijarse en el precio. Desde luego que sería mucho mejor si se les regalara, pero si el precio es alto no por eso van a dejar de consumir drogas.

Pues bien, imagínese usted que el gobierno manda a los policías y soldados a combatir la siembra de tomate y que la gente, por alguna razón no está dispuesta a dejar de consumirlo. Pues lo único que va a pasar es que el precio del tomate se vaya a las nubes y que los que lo siembran, trasladan y venden ganen cada vez más por cada kilogramo producido. Podría llegar a tener precio de oro y muchos estarían dispuestos a morir por las promesas de riqueza inmensa que el tomate ofrecería. Los reyes del tomate iban a ser gente muy poderosa que iban a contratar ejércitos privados de sicarios dispuestos a entrarle al tomatetráfico.

¿Cuál sería la única solución que haría que el tráfico de tomate no fuera atractivo? Pues muy sencillo: que haya tierra para sembrarlo y libertad para consumirlo. Nunca hubo en los Estados Unidos tanto consumo de alcohol como en los años de la prohibición, nunca se amasaron fortunas tan cuantiosas y tan ilegales (legalizadas por el lavado de dinero) como entonces.

Si mañana los gobiernos legalizaran la producción, el tráfico y el consumo de drogas, pasado mañana iba a ser una carga para los que ahora practican ese negocio. El precio iba a caer tanto y de manera tan pronunciada que los señores de la droga no tendrían ni con qué darle de comer a los sicarios. Y no se crea que los señores sicarios andan allí arriesgando el pellejo por pura caridad. Lo hacen por dinero y si no lo hay pues le ajustarán cuentas a su patrón porque contratar gatilleros no es como contratar peones para los tomatales.

Además, los gobiernos hicieran un padrón de adictos parra que se les regale la droga a cambio de someterse a programas de rehabilitación; si los miles y miles de millones de dólares que hoy se gastan en las campañas anticrimen se dedicaran a combatir el consumo, el precio de la droga iba a llegar prácticamente a cero. Sería más redituable sembrar maíz (que ya es decir mucho) que drogas. ¿Se imagina usted dos bandas de sicarios agarrándose a balazos por un costal de tomates?