Haití: tan lejos como unas lágrimas


Por Neftaly Ozuna Reyna

 

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“La historia de Haití es sin duda de una grandeza impresionante; como que está hecha con la sangre de un pueblo acostumbrado desde su nacimiento a luchar y morir por sus derechos”. Nicolás Guillen.

La tierra del trópico antillano de L`ile enchante (¡la Isla Encantada!) se quebró en sus adentros y rompió miles de vida por fuera. Ese jardín tropical, dorado por el sol, con platanares y palmeras como ornato natural, con un tranquilo mar vigilante donde las ceibas, caobas y flamboyanes retan a un cielo eternamente azul, se convirtió en una oscilatoria tumba para sus habitantes.

La patria del poeta Jacques Roumain y de Desalinees está sumida en el caos, los lamentos y el hambre. La antillana nación, que envió ayuda material a los griegos durante su lucha por la independencia, hoy ocupa de la mano divina y la humana. La divina opera por voluntad soberana; la nuestra debe ser el resorte humanitario que salve de su trágico destino a miles de haitianos que solo esperan la muerte.

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Roussan Camille lo dijo hace años: “Soy un viejo árbol sembrado en la tierra de mi patria”. El movimiento telúrico arranco decenas de miles de árboles humanos en esa raquítica isla y hoy por hoy ondea por su azul cielo un clamor de ayuda y socorro para no desaparecer de la faz de la tierra.

Puerto Príncipe ya no es puerto ni príncipe. Se convirtió en un valle de muerte donde las cruces son insuficientes para anunciar tanta destrucción y muerte. El miedo y la desesperación son telúricos y paralizantes, cadáveres de hermanos de Adán y Eva tapizan a ese tropical bastión de la pobreza. Las manos de un niño alzadas hacia el cielo parecen decirnos: “estamos vivos, no nos abandonen”.

Aparte de ser una nota mediática bastante explotable, la desgracia de ese país debe ser un generador de fraternidad que cubra al mundo. Cada ser humano, de acuerdo a su credo, debe implorar a su Dios para que Haití vuelva a la vida.

¿Cuánta destrucción es necesaria para activar una cruzada salvadora de todos los países poderosos del mundo?, ¿cuánta hambre deben tener miles de niños de piel oscura para solidarizarnos con sus famélicos vientres? Madres desesperadas que prefieren dar en adopción a sus hijos para que no mueran de inanición, padres que ven partir a sangre de su sangre para que puedan acceder a la vida, hermanos que nunca volverán a verse, hombres y mujeres que irán por el mundo con la etiqueta de ser sobrevivientes del cataclismo que devasto su cuna.

Haití, rincón antillano donde los indios Marabou tejieron su existencia en medio de una indigencia lastimosa, patria negra donde el soldado del pueblo reventaba cabezas del pueblo como castigo a las necesidades de un estomago imperioso que había robado un pedazo de ñame, un plátano o tal vez nada.

PREMIOS "UNICEF-FOTO DEL AÑO"

Haití, que pudo librarse de la bota francesa, hoy está herido de muerte. No debemos permitir que uno de los pueblos más enérgicos, viriles y trabajadores del continente americano, como lo conceptuó Nicolás Guillen, se extinga. Todos podemos ayudar, la Perla Antillana no está tan lejos, sólo distan unas lagrimas.