Dios bendiga a los matrimonios homosexuales


Nos hemos pirateado de Milenio este artículo de Álvaro Cueva por dos motivos: primero, por la gran importancia que el tema ha adquirido en estos días en México y, segundo, porque nosotros somos un medio de comunicación que promueve el respeto y la tolerancia a lo diferente, la diversidad y la pluralidad. Además, porque Vícam siempre ha sido tolerante con las minorías de todo tipo. Queremos aportar a nuestros lectores puntos de vista que contribuyan a que cada quien forme libremente su propia opinión. 

¿Qué tiene de malo que se casen dos personas del mismo sexo?

Los señores del PAN y de la Iglesia católica deberían ir corriendo a darle gracias a Dios de que a estas alturas del siglo XXI todavía exista gente que se quiera casar, sean homosexuales o heterosexuales.

Si hay una institución a la que cada vez más personas le sacan la vuelta es a la del matrimonio. ¡Qué bueno que al menos los hombres que aman a los hombres y las mujeres que aman a las mujeres aspiren a él!

Qué bueno, porque ¿cuántas historias conoce usted de homosexuales de clóset que se casan con personas del sexo opuesto nomás para cumplir con el requisito social del matrimonio?

Ya no van a tener que engañar a nadie y se van a poder casar con la persona que realmente aman.

El matrimonio entre personas del mismo sexo no tiene que ser un motivo de división social.

Debe ser motivo de fiesta porque es algo que dignifica a un sector de la población que estaba condenado a vivir a medias y porque es uno de los pocos datos que colocan a México a la vanguardia internacional en materia de derechos humanos.

Si queremos pelearnos, vamos a pelearnos por los verdaderos problemas nacionales. No por esto.

A mí lo que más me impresiona de esta historia es la manera como las dos fuerzas que han participado en este debate hablan del tema de las adopciones para calentarle la cabeza a la opinión pública y jalar agua para sus molinos.

Los señores de la izquierda están felices porque las parejas homosexuales ya van a poder adoptar. Los de la derecha, no, y no se cansan de decir cosas como que esta decisión “discrimina a los niños”.

Perdónenme pero ambas partes están equivocadas. Adoptar niños en México, sea uno homosexual o heterosexual, es un infierno y eso no va a cambiar con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo.

De hecho, por ley, cualquier mexicano mayor de edad, sin importar si está soltero, casado, viudo o divorciado, si tiene 20, 40 o 60 años, o si le gustan los hombres o las mujeres, puede adoptar.

El problema es cuando se pasa de la teoría a la práctica.

A lo mejor usted no lo sabe, pero la mayor parte de las asociaciones civiles que impiden que las mujeres aborten y que se encargan de dar en adopción a sus niños, sólo se los entregan a parejas casadas por la Iglesia católica.

Si usted está soltero o divorciado, si es judío o cristiano, se amoló. No puede adoptar por esa vía.

¿Y quién se queja? ¿Quién denuncia a estos grupos? ¿Quién los acusa de estar “discriminando a los niños”? Nadie.

Luego, mientras uno escucha que los extranjeros hacen su agosto en México adoptando bebés o que muchos mexicanos se tienen que ir al extranjero para adoptar, están las instancias oficiales.

¿Usted ha ido al DIF a adoptar niños últimamente? Es terrible porque, después de pasar por entrevistas eternas cuyo único objetivo es desmotivar a las personas, a uno le dicen que no hay niños.

No hay niños, pero en las revistas del corazón todas las estrellas adoptan. No hay niños, pero los albergues están llenos de bebés que no tienen resuelta su situación legal por el pésimo estado de nuestras leyes.

Pero, ¡ah, no!, nadie cuestiona esto, nadie mueve un dedo por corregir esos artículos que obligan a un bebé recién nacido a permanecer encerrado en una institución más de siete años por falta de una firma.

No, la bronca no es eso, la bronca son los gays y las lesbianas, porque atentan contra la inocencia de las criaturas.

Ellos, no los padres heterosexuales golpeadores, no los sacerdotes pederastas ni las redes de prostitución infantil.

Ellos son los malos, los discriminadores, no las autoridades que canalizan bebés únicamente con matrimonios católicos, con extranjeros y con figuras públicas.

Por eso los homosexuales no merecen adoptar. Por eso no se deben de casar. Los demás, sí. Ellos sí son decentes.

¿Ahora entiende cuando le digo que hay que ir a dar gracias de que todavía haya gente que se quiera casar?

En semejante contexto era como para salir huyendo del matrimonio, y los homosexuales chilangos no, ellos, a pesar de todo, quieren correr hacia él, creen en él.

Qué Dios los bendiga por eso y, de paso, los agarre confesados, porque lo que les espera, al menos en el terreno de las adopciones, no va a ser nada fácil. De veras que no.

¡Atrévase a opinar!