Los Oropeles de la Unison


Unison

            “Cierto que huí de los fastos y los oropeles”. Luis Eduardo Aute daba inicio así a ese magnífico concierto organizado por la Universidad de Sonora en el marco de su 67 aniversario. Casi tres horas de música donde todos cantaron, el cantante y su coro, que eran todos los ahí presentes. En medio del campo del estadio universitario se instaló el templete desde donde Aute y su extraordinario grupo nos deleitaron.

            Todo hubiera sido maravilloso si alguien, algún cerebro gris de la burocracia universitaria, no tiene la peregrina idea de separar a algunos de los otros. Frente al templete se instaló una valla de acero protegiendo unos mil lugares asignados quién sabe con qué criterios. Fuera de la valla, el resto de la gente, la que sabía que no pertenecía a los “elegidos” de la burocracia universitaria.

            Se fueron tras el oropel. El problema no es la existencia de las élites y los privilegios que de ella se derivan, sino que, en el caso de la universidad, las élites deberían ser definidas por méritos académicos. Sin embargo, en lugar de los títulos y los doctorados, en lugar de las publicaciones y las investigaciones, en lugar de los aportes a la ciencia, no se les ocurrió otra cosa que una cerca de acero.

            No creemos que Heriberto, el rector, haya ordenado una cosa así, pero (para nuestra decepción) lo vimos encantado de la vida adentro de ese cerco que fue un atroz agravio a la comunidad universitaria y a la sociedad, a la que su supone que se debe la universidad. Lo peor, sin embargo, no fue el agravio en sí, sino que a los beneficiarios de la medida no les pasó jamás por la cabeza que estuvieran agraviando a alguien.

            Sin embargo, así fue. Muchos entre el público, gente que no conocíamos, nos transmitieron su inconformidad y la extrañeza que una medida tan innecesaria les causaba. Pero ¿cómo explicarles a unos padres de universitarios que ellos eran menos que los que estaban encerrados adelante y que se conformaran con que los hubieran dejado entrar al campus? No había modo.

            Hay mucha gente que le gusta ver los conciertos desde cierta distancia. Digamos que aunque no hubieran puesto la valla, muchos hubieran elegido los lugares alejados, quizá las gradas del estadio, e igual hubieran disfrutado lo que Aute nos regaló, pero, me pregunto: ¿No hubiera sido mejor dejar el espacio libre, con unas cuantas sillas al frente reservadas al Rector y su familia, y que la gente se acomodara como le diera la gana? ¿Porqué esas ganas de un lucimiento que muchos de los que estaban encerrados no podrían ostentar?

            Se mandó un mensaje muy malo para los padres de familia, para los ciudadanos que nos hicieron el favor de ir a celebrar con nosotros el aniversario de la universidad y para los mismos alumnos.

            Quizá la parte más emotiva del concierto fue cuando el cantor leyó una carta de los padres de los niños muertos en el incendio de la Guardería ABC. Por medio de su voz, pidieron justicia para ese crimen de omisión que cubrió de luto no sólo a la sociedad sonorense, sino a la de todo México y, quizá, al mundo entero.  

            Al final, Auté contó y cantó un cuento sobre los Giralunas (imagen fantástica casi antónima de los Girasoles para referirse a flores que deberían animarse de noche sólo para ser extraordinarias) y dijo que le fascinaban porque tenían tres características: la fe, la curiosidad y criterio propio. Yo creo que estaba diciendo, con esa manera propia de los poetas, cuáles eran las tres características que deberíamos inculcar en los estudiantes de la Universidad de Sonora.

            Pues ¡Muchas Felicidades a la máxima casa de estudios de todos los sonorenses!