Nuestros Verdaderos Amigos


Román Revueltas

Milenio. Mayo 4, 2009

El repudio al enfermo ha sido, desde siempre, un rasgo muy propio a todas las culturas.Hay, en ese rechazo, un oscuro instinto de protección pero se exhibe también la tosca intolerancia del ignorante y, sobre todo, la arrogante impiedad del egoísta. No creo que los chilenos que lanzaron vejatorias burlas a los jugadores de Chivas en un centro comercial de Viña del Mar se sintieran directamente amenazados por el virus de esa gripe porcina que ahora, rebautizada como mera influenza humana, ha dejado a los pobres cerdos fuera del asunto. Lo que ocurrió fue que la gente nunca pierde una oportunidad de denigrar al otro —al que es diferente por simple circunstancia o por propia naturaleza— y dejar así asentada su presunta condición de superioridad. Los más acomplejados y los más resentidos son los primerísimos en prorrumpir vilezas.

Pero, si un alcalde de Acapulco pidió a los naturales de Ciudad de México que volvieran a sus casas para no contagiar a los porteños, ¿qué se puede esperar de unos forasteros que no tiene por qué guardar simpatía alguna a los mexicanos cuando éstos, encima, vienen a birlarles el pase a los octavos de final de la Copa Libertadores?

La gran solidaridad latinoamericana, una de esas falacias inventadas por los politicastros del subcontinente, se resquebraja fatalmente por poco que el de junto comience a estornudar. Hasta ahí llega la amistad y ahí se terminan los alcances de tan artificiosa hermandad. Lo que vale son los intereses y, en este sentido, nuestros verdaderos amigos no son esos argentinos que prohíben los vuelos entre su impoluto territorio y nuestro país —ni mucho menos los cubanos avasallados por un sátrapa que, a ver cuándo lo entienden los aprendices de brujo de la Cancillería, nunca habrá de conceder beneficio alguno a México— sino, con el perdón de ustedes, los denostados yanquis, los ciudadanos y el gobierno de Estados Unidos (de América). El apoyo mayor que estamos recibiendo en estos momentos no nos llega ni de Quito ni de Lima. Viene de Washington. Pues eso.

Hermanos muy belicosos

Milenio. Mayo 11, 2009

Les digo, el mito de la “hermandad latinoamericana” no resiste siquiera un partido de futbol. Ya vieron ustedes cómo se atizaron las hinchadas de Honduras y El Salvador en los juegos clasificatorios para el Mundial de 1970: muertos y heridos en las tribunas y pavorosas algaradas en las calles. Luego, vendría una guerra debida a la brutal tosquedad de los generalotes gobernantes. Hoy día, Colombia y Ecuador han roto relaciones diplomáticas mientras que el vecino venezolano se arma hasta los dientes. Pero, ¿cómo es que los países del subcontinente dilapidan sus escasos recursos en la compra de armas? ¿Quién es el enemigo? Pues, por lo visto, el adversario es el país de al lado, ese Perú que comparte frontera y disputas con Chile, esa Bolivia que reclama los territorios que le birlaron los chilenos en 1879, esa República Argentina que estuvo a punto de liarse a cañonazos con la colindante nación chilena por el conflicto de las islas del canal Beagle. Lo más preocupante, sin embargo, es que, cualquier día, un gorila del pelaje de Hugo Chávez puede lanzarse en una cruenta aventura militar. Tiene todo el perfil, el hombre: ínfulas de caudillo, temple autoritario, populismo congénito y carencia de escrúpulos.

O sea, que si a México le cierran las puertas en Argentina, Cuba, Perú o Ecuador es por pura tradición y por ancestral obediencia a los usos y costumbres imperantes. No debemos escandalizarnos demasiado pero sí sería importante que comenzáramos a elegir con mucho cuidado a los amigos que invitamos a la mesa. De entrada les machaco yo a ustedes que, desde el punto de vista estrictamente sentimental, me reblandecen mucho más las imágenes de un Barack Obama celebrando el Cinco de Mayo en la mismísima Casa Blanca que la ausencia de festejo alguno en la Casa Rosada, por no hablar del estacazo que nos ha soltado doña Kirchner. Pero, decir esto, lo de que los presidentes yanquis son mucho más amistosos que sátrapas argentinos, es de tal incorrección política que no lo voy a decir. Nada más lo voy a pensar.